sábado

“Para un dibujo de Quint Buchholz,
que muestra por qué es tan importante
que las niñas pequeñas tengan libros”
Elke Heidenreich




—Ahí está el río
entre mi dedo que señala y el agua que viaja hay una distancia dilatada, triste.
Los protocolos terrenales la hacen extensa. Miro el agua desde lejos.
—Cuando terminemos de rendir vamos al río
El agua está en el horizonte de esta vista de ciudad. Sólo puedo acariciarlo con mi dedo desde este balcón.
Los espejos, los remansos, esos salientes verdes que de cerca se llaman barrancas, la isla de enfrente y sus habitantes misteriosos. Todos ellos son un cuadro de Quint Buchholz. Una ventana. Un libro que mi padre me regaló. Unas ganas de estar allí.

Ahí está el río. Inmaterial. Obstinado. Mi dedo dibuja sus imperfecciones.
En estos tiempos me toca esperar que una brisa con aires marinos invada el balcón algunas tardes.
Para llegar hay que cerrar los libros y las puertas. Hay que colgar los relojes y quemar el calendario. Y la cuenta de la luz.
Para llegar hay que bajar la calle con pasos largos. Escuchar los pies que pisan, que se empeñan en enmudecer el cuchicheo de una ciudad que sólo existe si volteamos.

jueves

Una noche, María Elena se quedó sin sombra



“Mirá... ésta es la última vez, sombra desgraciada. Garabato de mí sin permiso. No voy a seguir buscándote. Me cansé... Ah, los zapatos te los podés dejar, sombrita sin importancia. Después de todo, no me hacés falta: mi lugar en la cama se ha ampliado enormemente y el café me dura más. No me interesa que el ascensor no me reconozca, he redescubierto las escaleras y puedo darme el lujo de subir los escalones pisando sólo los impares, sin tener que verte a vos jadeando de cansancio.
Me he acostumbrado, crepusculito nimio, a la liviandad.
Te habrás enamorado de algún caminante falto de nube negra. No me importa.

Que te garúe finito.
María Elena”

Le dejé la nota en la parada del colectivo. Esa esquina guardaba despedidas y cigarrillos sin terminar. El papel estuvo allí por dos días, luego desapareció. La vida sin mi sombra era incompleta, (pero dada su condición femenina, decidí parecer inquebrantable, como hacen los hombres sin alma a las mujeres en busca de). A los varios días, el portero de mi casa, luego de su habitual comentario acerca de mi delgadez con ojeras, me entregó una carta que alguien había dejado para mí en el buzón equivocado.


Una vez que salen de uno, los personajes se van como las sombras a pasear quién sabe por qué mundos.
A veces regresan, dispuestos a que continuemos con el cuento y a que sigamos garabateando formas de apresarlo.
A veces se van, como María Elena.

Estamos condenados a esperarlos.

miércoles



Respirando lo que la ciudad ofrece como aire.
Revolviendo esquinas que doblan tan rápido.
(y se me va la calle pensando qué decir...)


"Le comenté: -Me entusiasman tus ojos.

Y ella dijo:-¿Te gustan solos o con rimel?

-Grandes, respondí sin dudar.

Y también sin dudar me los dejó en un plato y se fue a tientas.

Angel González".


A veces puede la ciudad del malamor sorprenderme.
El papel habita el bolsillo izquierdo. Todavía.

domingo

Lógica del tiempo




El trató de retenerla. El nudo en la panza de los primeros cafés había regresado, ahora para calarle la ausencia.

Ella no estaría para detener sus impulsos de salir corriendo

No estaría abriendo las ventanas, ni frascos de mermelada

—El peine que nunca usa, lo tiro...
los espejos, los libros, la plantita de pensamientos—.

El la sacó de su vida. Ella se dejó salir.

La pensaba, algunas tardes, con la pesadumbre de hombre solo
y descalzo.

El último regalo es absurdo. No lo necesita

Ella ha escrito su cuento en mareas lejos, donde él no la puede leer.

—Así es— se dice —mis zapatos y yo no podemos alcanzarla.

Ella habló de desamor hace dos tardes. Hace una, se fue.

El mar la esperaba.

martes

La mudanza, de Claudia Masin


Hay un amor al extravío en todas las personas extraviadas,
a la larga uno levanta su casa donde resulta que ha caído: arena, agua, barro, tierra firme.

¿Pero y si resultara posible la mudanza,
si el movimiento no fuera una explosión
que de improviso transporta las moléculas de un cuerpo, de un lugar,
si el movimiento fuera desprenderse como se desprende
una gota de una rama si fuera algo así de lento, así de irreversible?

jueves


Y me fui a ver qué pasaba


Asomé mi nariz despacito


Encontré una calle. Tres pasos


Dos boletos de colectivo


Un mar que soplaba las espaldas del vidrio



***


¿todavía espera (usted) a alguien con un martillo en la mano


y su reloj en la otra?

domingo

Uno de Pizarnik

(En vez de enojarme con la musaraña por no haber venido, me dediqué a escuchar.
La escuché a ella, después de muchas telarañas y libros mutilados.
A veces la musarañita se va por otro lados. Y otros dicen mejor que yo).

Presencia

tu voz
en este no poder salirse las cosas
de mi mirada
ellas me desposeen
hacen de mí un barco sobre un río de piedras
si no es tu voz
lluvia sola en mi silencio de fiebres
tú me desatas los ojos
y por favor
que me hables
siempre


Alejandra Pizarnik

martes

De cómo contarlo






Hay una brisa que no entiendo –me dije y continué.

cuánta cosa alrededor

tanta mirada curiosa, tanto ruido de noche

lunas de centímetros cúbicos que brillaban

humo cristalizado en las pupilas

otros idiomas

oídos con nuevas noticias

agosto

feliz cumpleaños, Oliverio


(Debajo de los pies yacía el mundo

de esa manera disimulábamos el vuelo)


domingo

Confesiones de un recién llegado

Recién llegado por definición es: aquella diferente persona notada en seguida por todos, que llegado recién a un país de la clase de los diferentes, tiene el aire digno de un hombre que no sabe si se ha puesto los pantalones al revés, o el sombrero derecho en la cabeza izquierda, y no se decide a cerciorarse del desperfecto en público, sino que se concentra en una meditación sobre eclipses, ceguera de los transeúntes, huelga de los repartidores de luz, invisibilidad de los átomos y del dinero de papá, y así logra no ser visto.

Papeles de Recienvenido. Macedonio Fernández