jueves

suspendida

mejor que no
-pero los aires suspendidos son así de espesos-
me preguntaré siempre a la vera de cualquier camino
por la verdad de tu piel
siempre llegará el rayo
el fulgor, la corriente
a decirme que olés a verde a mar
a cuentas de perlas que no conozco
a cuerpo ciego en medio de la noche inflamada
el suspenso vendrá siempre
a recordarme que más allá seguís
con los ojos habitados, llenos, negros
que no hubo esquinas 
que permitieran
guardar acaso
en la memoria de la sangre
una penumbra que no me dejaría ir
hacia una vida sin tu huella

martes

la suerte de las palabras



«¿Qué hago aquí al pie de una palabra / que no se deja decir? /
Inútil perseguirla, ella sabe / que su única casa es ella misma»
Juan Gelman, Mundar.



La muerte debe ser un lugar donde van a parar todas aquellas palabras que no decimos. “Quiero más”, “Andá vos, yo no voy”, “Tengo miedo”, “tu silencio me lastima”, “dejame sola” , “no puedo ayudarte hoy”. Me temo que las palabras encuentran su lugar en esa frontera entre lo que somos y deseamos ser, y si resulta que esa frontera queda en la muerte, allá las veremos, atadas unas a otras, imprudentes y emancipadas del flujo negro a la que las sometimos en vida.
“Hasta acá llego”, “me siento sola”, “eso no lo permito”, "hoy tengo ganas de verte": Esperan crudas las palabras en la muerte para que las tomemos cuando no hay nada que perder. Y así “te extraño” en la muerte, es un dolor de garganta en la vida, una angina que tardó días en curarse. “Me revienta que hagas como si no pasara nada” es un nudo en el estómago, una bala alojada en el centro del pecho, una explosión de llanto. “¿sabes? no me la aguanto, yo no subo ahí” es en la vida un estertor, una puntada en el corazón. “Te amo pero me lastimaste” es una espuma espesa en la boca, una náusea que sube, que se arquea dentro como mil demonios que parecen acomodarse cuando, en vez de darle voz, los soplamos para adentro. Así, un día, caminando por el gélido pasillo de lo definitivo, la encontraremos. Y hartas las palabras de pedir cauce, nos dejaran pasar a través. No nos pedirán nada. Solo sentiremos la inquietud y el sabor amargo y rancio de la saliva cuando rumiamos el lenguaje en silencio. Y sed, sentiremos mucha sed para siempre.

miércoles

circe



mi primera contraseña
de mi primer correo
de mi primera computadora
fue “Circe”
quizá no tenga que explicar por qué
¿o sí?
da igual ahora
que ya el viaje me atraviesa
y me da nombre:
semilla de samuhú
hija del aire
tubércula
arenera
amante
de los gerundios
en los que se permanece
alegremente
camino al mar

jueves

Buscando a Quiroga

Me acunará la siesta misionera, Horacio. Iré tras tus pasos de perfecto cuentista enloquecido. Buscaré tu casa en la espesura. Esa casa a la que el padre volvió solo, sin el hijo, que colgaba del alambrado ya muerto. Miraré tu machete, Horacio, con admiración. Te veneraré por trabajador de las palabras, por hachero del regodeo intelectual. Iré a la selva a buscarte, Horacio. Y me arrodillaré frente a tus letras concretas y agrestes, para agradecerte el camino que has abierto a fuerza y a delirio, en mí.





Decálogo del perfecto cuentista, Horacio Quiroga. 


I - Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II - Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III - Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV - Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V - No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI - Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.
Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII - No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII - Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX - No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X - No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


miércoles

"¿Cómo hacer que el mar entero quede en calma 
desde el mar? 

Viento de un verano eterno 
enredando el hilo blanco 

Ciego resplandor de enero 
tejiendo de nuevo el manto 

Vengo a ser la sal, las piedras, 
a nacer de oleaje y algas 

¡Vengo a amanecer! 
A despertar el día 
lento..."




sábado

Mirando el verano desde el invierno





Quiero ser el verano. Quiero transformar la escarcha en médanos y perderme en el sol. Acariciar la trama de un vestido liviano y violeta. Quiero caminar descalza sobre una arena que me copie y hacer chirriar los dedos contra esa espesura brillosa y marina. Quiero que el agua que viene de arriba sea un alivio, que haya tormenta corta, refrescante, auspiciosa. Quiero ser un cielo primero y abierto, donde solo haya una línea donde bajen los barcos y nos recuerden lo redondo del mundo. Quiero sentarme y que el tiempo pase como el viento enfrente mío; que el paisaje sea todo lo que tenga al alcance. Quiero respirar profundo el aire tibio que deja el sol de las seis de la tarde. Quiero el cobre, el azul, el dorado de la piel caliente. Quiero la música del verano. Quiero a mis ojotas como único calzado posible. Quiero tocar una pared caliente y pasar mi mano hasta que se termine en una enredadera rugosa y verde. Quiero madrugada de verano, cielo negro salpicado por esas concreciones que son las estrellas y una corriente que venga de algún punto de la casa, para decirme que el viento nocturno es la canción de cuna del amor y de los niños desvelados. Quiero que me pique la nariz en un bostezo de citronella, que allá a lo lejos hayan prendido un fuego que me llegue en forma de apetito por el balcón. Quiero levantarme otro día, respirar profundo, que todo sea verano afuera. Que me posea el verano, que haga de mí lo que quiera, que me transforme en cuerpo cetrino y liviano. Quiero que mi alma sea cobre. 
Quiero decir enero con todas sus letras. Enero. Quiero tomar enero, servirme enero, respirar enero, jadear enero. Quiero ser el verano, quiero ser ahí donde los caminos son más cortos, las palabras son más llenas y los cuerpos son más exactos. Quiero ser la sal: eso que es anterior a mí y que me sobrevivirá como elemento sagrado. 

Mi cuerpo concebido en el verano me llama. Me promete tereré, me espanta el resfrío, me cura de los silencios del invierno que son, como los silencios de Perséfone, los silencios de la tierra infértil y sin sol.



martes

diario

Odio mi calefón
lo odio tanto 
como odio la vez siete que se apaga
como odio el piso frío
como odio la gota que baja del omóplato hasta la espalda
en segundos ralentizados
por aquello de la relatividad del tiempo
como odio los dientes de mi gata
cuando odio
como odio su afilada manera de hacerme saber
como odio las esperas
como odio las colas
como odio mis cordones
los verbos mal conjugados

odio los murciélagos como amo los libros nuevos
tanto como amo los puntos cardinales
como amo los vestidos
como el café con leche, amo
como amo el crepitar de cualquier fuego
como amo el sol
y su olor, el sol
como amo la espuma
del mate
como amo los horizontes de las ventanas
como amo las aromáticas
de cualquier camino
como amo los bordes
de las ciudades
como amo 
las hamacas
como amo las excepciones
de todas las reglas

miércoles

201

“A esta Paraná de poca monta le sobran cielos” dije.

Y es que son siglos de ceibos que no caben donde me voy. A vos que te prendés del pelo, te sigo con la mirada, Paraná castaña. Sos un mundo minúsculo de calles que terminan en jacarandaes suicidas que cortan caminos de cara al río. No puedo sacarte de mi cabello, te dije, Paraná verdusca y malhablada. Si te desbordan azules, ciudad absurda, y mi bicicleta los guarda en cajitas de ombú que aún conservo.
Me llevo tu llanto de sauce, tu guarida de media tarde. Tu recuerdo de mar. Me llevo tu deriva en esta valija llena de esquinas que suelo ser cuando me voy.
Cuando pregunten no podré hablar de vos. Y un nudo en la garganta me trenzará la palabra. Diré apenas que sos un camino sinuoso y azul.
 Y que llorás agudo, para no morir.






Con la boca cerrada, bajo el agua,
viene el túnel hundido cual lampalagua
cuando salga a la orilla paranaense,
entraremos al pulso de la corriente.
(y en el colmo del colmo su geometría.
asomada a los techos la lejanía).

voces de agua



ciudades dentro de ciudades dentro de ciudades 
cuencas, arroyos, bordes, grietas 
saltos de agua

Tuyucuá
hilos, tajamares, lagunas
peces
paraná, biguá, mba'erâ

sauces, cursos, jangadas 
maderas troncos deriva
ciudades fuera de ciudades
esperan
el agua
que viene de arriba pero no del cielo
del arriba que barre
del arriba
que se lleva puesto
todo a su paso
peces, aves, silencios
maderas troncos deriva
golondrina vientre remanso
canción
gurí
y todo
agua marrón
que busca el mar

y un cauce

viernes

lo que sí

ensayo
mi movimiento
la pereza
el sexo
el signo
el arrebato
lo que sí
palpita
en mis cortinas recién lavadas
chupo
la naranja 
dejando que el jugo vaya
a donde quiera
que el ácido corroa 
y limpie
y termine
en esta boca
que es mía
que es de ciudad 
de peces
que respiran
la certeza
del cuerpo
lo que sí
vive
y ve
lo que la sombra alumbra
en un cuerpo nuevo como noticia

jueves

Lo que queda del amor

Lo que queda del amor es una estufa rota. Un libro a medio dedicar. Una taza sin nombre y  sin asas. Una canción doliente. Ya todas las poesías y todas las músicas del mundo hablan de lo que queda del amor, pero yo necesito hablar de lo que quedó del nuestro. Porque es un hueco acá en medio de mi pecho, que antes era puente. Ya no te amo, es cierto. Pero alguna vez fuiste mi brazo, mi mano, mi pie, mi amor de adulta. Y te lo dije mientras te dejaba  y tu dolor me robaba todas las palabras.
Pero mi dolor no fue. Era, pero no fue. No podía ser dolor, no podía ser llanto. No podía andar como vos, por la calle y a los gritos diciendo que me dolía el amor. Que el amor me tajeaba la cara como el frío. Mi dolor no valía. Mi dolor fue de domingo. De agujero a las siete de la tarde. Mi dolor fue mudo y solo. Como correspondía. Como dicen que corresponde.
Hoy que junto tus cosas para que alguien te las lleve por mí, pienso en todo. En la obsolescencia de estos objetos. En estos libros secos, en estas dedicatorias extintas.  
En esta bolsa no caben muchas cosas. Los amigos ya optaron por ser tuyos y lo acepté con una obediencia mansa y silenciosa.  A mi silencio lo llenaron de hijaputez, porque así dicen que es el silencio: otorgador de cosas y de sentidos. Lo que queda del amor es algo seco, innecesario. En la bolsa meto esquirlas de una colisión, un dolor injusto, de una tristeza larga que no me suelta.
Y meto rabia.
Miro la bolsa como una elipsis. Meto un mensaje de silencio que dice que esperaba recuerdos tibios que hablaran de quiénes fuimos. Que hablaran de los verdaderos, de los dos que sanaron, de los que aprendieron y amaron y multiplicaron y construyeron y que ahora habitan en otros amores, diferentes y hermosos. Pero no hay nada en este dolor arrinconado que hable de nosotros. Pienso y lloro y me despido llorando un llanto viejo y tarde. Me abrazo a la Mariana que te quiso tanto y lloro. Pienso que es injusto y mezquino para el amor del mundo que lo que quede de ese amor sea esto.
Yo lo suelto sin odio y con la ilusión de que Lavoisier tenga razón. Y este amor se transforme en pan o en libros, o en una canción de cuna para los niños solos.





domingo

el sentido circular

Encuentro un papel en el fondo de un bolso viejo. Está amarillo y parece lejano, como todo lo amarillo.

“Cuando no estás mirando, son ondas de posibilidad.
Cuando estás mirando, son partículas de experiencia” 
Dice.
Y es mi letra.  Lo tomo en mis manos e intento recordar el momento en que lo escribí. Eso no es mío. “De algún lado lo copié” me digo. Estaba en un bolso de viaje que no uso desde hace un año y medio. Ese bolso me llevó a trabajar a los lugares más inhóspitos, en soledad y acompañada. Quizá miraba la ruta cuando lo anoté, quizá fuera la frase de una película, o de una tarjeta de navidad. Tal vez lo saqué de una revista. No recuerdo el momento de haberlo guardado. Ni por qué tenía sentido en ese momento.
Dándole lugar al asombro, me guardo el papel confiando en aquello que no sé ni sabré nunca. “…Son partículas de experiencia” digo en voz alta, en el esfuerzo de entender un poco más. Comprendo que ese papel viene a decirme algo. Lo conservo. Quizá no tenga sentido todavía. O ya lo haya perdido.

O quizá un día, sin más, lo vea escrito en una pared desconocida que me sostiene el pelo, mientras amo.  Y entienda todo allí, mirando, maravillada de experiencia.

sábado

La latencia de la acción




La latencia de la acción. Aquello que todavía no sucede, pero está allí, como río de fondo, corriendo. La latencia. Aquello para lo que he nacido y escribo. La luna negra de la latencia. El bajofondo de la vida. La certeza más allá de esta palabra. “El silencio desde donde la música es posible”. Lo que late, lo que nutre como hiedra que viste a mi espalda. El hidden track que me nombra despacio. Un sinfín de posibilidades cuánticas que ya están sucediendo en otra casa, igual a la mía. El suelo que pisás. Las concurrencias. Lo que todavía no sé pero conozco. Tus ojos llenos de gente.



La latencia por la que escribo, que se parece al minuto antes de una tormenta, o de una nueva vida, o de una explosión. El instante en el que sobreviene el olor hermoso de las lluvias y los alvéolos se llenan de verde aire. Ese segundo en el que las ciudades se paran con sus taxis llenos de gente a medio ir. En el que se ensordece todo y el suspenso te duele en la piel como duele el frío o el amor. Lo latente me convoca con la fuerza de los mares, de las norias y los barcos a escribir y a enviar lo que escribo en un mensaje de silencio, por si algún día lo escuchás al otro lado de la música.

martes




Eras una noche de noviembre en el futuro
un rumor solo
que existe adelante, en ese confín negro
donde las cosas aún no suceden
eras una cita siempre tarde
un cuadro memorable
un puñado de granos de pimienta
negra
verde
en el sueño de las mujeres enfurecidas
eras misterio de las rutas del sur
desolación de la mañana eras
nostalgia
canción pringosa del pop
un abrazo en la intemperie
eras un nombre en la mesa
eras un recuerdo de olor salino
en la memoria
eras el día después
del amor
eso que no se aprende nunca

pero nunca
jamás
y sin embargo
ocurre


miércoles

Encontrarlo a Cortázar


“Queremos encontrarlo a Cortázar” dijo la chica que estaba adelante mío en la librería. Era una peruana y se llevó todos los libros de que pudo. Buenos Aires estaba más gótica que nunca y todos huían hacia los cafés y las librerías del centro. Yo también huía, pero de mi crisis creativa. Era yo entonces un papel en blanco asustado y cansado. Me hubiera gustado decirle a la chica que lo encontraría en los libros, sí, pero también en la ciudad doliente y en la congoja del domingo a las siete. El librero no le dijo nada, pero de Cortázar, estoy segura, todos hubiéramos sido amigos. Creo que a todos nos tendría que haber abrazado Cortázar alguna vez. Con sus brazos de orangután y su olor a naftalina. Yo deseé un abrazo de él toda la vida. Hundir mi nariz en su camisa, como se hunden las narices en las camisas de los padres, y sentirme escondida en su dimensión de árbol añoso. No compartí el mundo terrenal con él nunca, ni lo cruzaré en la Rue de Vaugirard jamás. Siempre sentiré soledad de Cortázar, aunque lo lea, lo relea y lo llore como se llora a los amigos o a la orfandad. Porque debajo de su mandala, bien al fondo de su escritura, está la certeza de que todavía tiene cosas para decirnos. Y yo lo espero siempre en la ciudad en la que él desee aparecer.