miércoles

La Maga



"¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico".

Rayuela, Capítulo1.

Hola!
Un día llegó. Una gatita nueva, a estrenar. Con un lunar en la pata y una nariz rosa como los cachetes de los niños. La Maga es. Se lame mientras me mira desde el azul profundo de sus ojitos. Se acurruca y cabe en una de mis zapatillas. La Maga proyecto, la Maga sueño de una casa que se transforma, que espera el verano para salir al sol. Ella es nueva, nuevita. Tiene treinta días en el mundo y una tarde en casa. Tiene en sus patitas buenos augurios; en su salto, ritmo del sur y evocaciones del mar en sus ojos. Ella es la Maga, enlazadora de mundos. Viene a transformar el mío y el de la Concu. Viene a mostrarnos algo, a enseñarnos cómo es esto del amor y de la mano abierta que recibe la abundancia del universo. En el ronroneo de la Maga habrá algo que descubriremos y nos hará mamás de todo lo que vive.

Un texto que me debía


Los adioses son los que me empuñan la letra, ya lo sé. Los finales son siempre los parte-aguas que me obligan a revisar los pasos y a sentarme a escribir. Un moño, una cerradura, una llave. Un hasta acá. Mi tendencia conservadora se estira y se amolda a niveles absurdos. No puedo con los finales: los tengo que remontar como barriletes de barro. Un poco pesados, un poco desbordados. Los finales son cada vez algo nuevo. Un nunca haber estado allí, un dolor seco en medio del corazón. Un no más. Un rechinar en las articulaciones, una falta de aire.
Los finales son un frontón sobre el que me estrello. Y me quedo allí un tiempo, me crecen malezas, duermo incómoda. Hasta que salto a través, como hoy. A fuerza del mundo que se me impone con las decisiones que yo no tomo. Me cuestan los finales y corto mis raíces como bonsái. No crezco, me quedo hasta que una tormenta me voltea.
Luego amanece y al fin entiendo. Aprendo que nunca podré definir eso que dicen “dejar fluir”. No sé hacerlo. Me perdono. Me siento a ver cómo se vacía mi corazón, lo disfruto. Me quedo escuchando el soplido de un vacío que me aturde pero que dice, en el fondo del viento, que es comienzo. Me perdono, me doy cuenta, me entrego. Dejo ir.