domingo

La sal

[Tendrá información de los orígenes
me llevará a un tiempo en el que fui un pescador irlandés
o una hija de marinero, que espera en el muelle
algo que nunca llega

La piel recibe a la sal como parte de ella
como elemento nativo
me abro a la sal y al viento como mujer enamorada
ahí estoy
siendo 
presente, aquí
ahora, el mar
que me devuelve a la vida
a la que soy debajo de mí]


Conversación previa al eclipse




 —No existimos...

—¿Ah, no? ¿Y qué es esto? ¿Qué es? ¿Te estoy imaginado acaso? Todo esto que pasamos... todo... para mí será muy bueno, siempre me voy a acordar de vos, de esto...

—No, no puedo pensar en eso, no existimos.

—Vos te estás volviendo loca...

—Puede ser...  [Mientras, en el  mismo lugar, pero adentro]: ...Cada tanto me pongo a pensar en los puentes que tendemos, en lo bien que suspendemos el riesgo en una cama llena de significados. También a veces pienso que soy tu espejo, y que no estoy enamorada de vos (un poco porque no lo estoy verdaderamente, y otro poco por autoconservación). Nunca te he dicho, asumo que a este punto ya lo sabés, que nada de esto será cierto, nunca. Nunca. Nadie hablará de nosotros, querido.  No nos resignificarán parientes, ni nos darán sentido los amigos en una mesa de fin de año. Nunca me esperarás en un café un día de lluvia ni yo llegaré con un paraguas violeta y agua en las botas a decirte que te quiero. Tampoco hablaremos de asuntos del futuro, ni nos pensaremos juntos en otras latitudes. No comeremos chocolate mientras afuera haga frío. No seremos vos y yo para nadie, ni una maleta, ni un chop suey qué rico te sale, ni una foto. Mis zapatos estarán acá, debajo de mi cama, que dormirán horizontales a media hora de distancia de la tuya, siempre.

miércoles

el mar




Es un misterio. Sospecho que lo que siento por el mar no tiene correlato alguno con algún tipo de palabra que alguna vez se haya inventado. Sólo se explica por el silencio. Y ese silencio que deja abiertas tantas explicaciones como sean posibles, a veces se puede llenar con un poco de “ah... hhhh...” “zzzzzzzz” “fffffffffffff”o simplemente “mjm”. No tiene sentido, en absoluto. Y tampoco tiene sentido todo lo que yo pueda escribir aquí sobre el mar. El intento de hacerlo está movido porque no he podido dejar de soñar con paisajes marinos desde hace mucho tiempo. Es el sueño que tengo casi todas las noches, de manera recurrente, insistente pero no molesta. A veces estoy caminando en la orilla y la marea es tranquila. Otras tantas me enfrento al infinito del agua con olas monstruosas e intimidantes. El mar suele ser oscuro, con un montón de secretos adentro en lo profundo, con un montón de cosas que no sé y con la certeza de que nunca las podré ver. Porque ese mundo en movimiento que es el mar está más allá de mí, colocado justamente en esa inmensidad soberbia que no me quiere revelar, y yo no se lo exijo, porque está bien, porque soy esta que está acá, sin ese poder abrumador de arrastrar cosas. Porque puede él como nadie moverse con la luna y entenderla. Y yo apenas lo miro acercarse y alejarse en sincronía con el cielo. Yo, tan mínima y curiosa. 
Pero en los sueños, en la mayoría de ellos, siempre estoy yendo hacia el mar. Es un ir feliz y ansioso. Lleno de ganas por verlo y concretar esa quietud y ese vendaval de emociones que significa la contemplación. Me estoy preparando para ir al mar siempre, con mis ojos ávidos de él, con la necesidad de sentir el aire áspero y violento de las costas. Y de que mi cuerpo cambie y la piel se vuelva amigable y salina. Y mi pelo se llene de nudos imposibles que se revuelven a su antojo. 
Y el caso es que en los veranos, cuando la ida al mar es concreta, mi cuerpo explota de felicidad y la calma viene de a poco a medida que pasan los días y yo puedo mirarlo y reconocerlo una vez más. Porque me subyuga su poder y lo veo rugir frente a mí inalcanzable y resuelto. Y querer seducirlo es tan imposible que lo hago una y otra vez, y siempre con el placer de lo peligroso. “Soñé todo el año con vos” y voy a seguir soñando cuando me vuelva a la ciudad. Y regreso siempre con la sensación de no haberme podido despedir. No sé qué se hace en realidad. Si es ridículo o razonable. No sé cómo administrar estas ganas que después voy a tener, cómo guardarme hasta el último aire marino en la mochila. (Porque después de todo sé que los recuerdos que tengo del mar durante el año no son del todo lúcidos, no siento su olor, ni su sonido). Y el año lleno de obligaciones, cafés y papeles no es más que un letargo, una espera, hasta que regrese a él y vuelva a ser esa que tanto me gusta. 
Sé que todo esto no describió en absoluto lo que siento por el mar. Dudo que algún día pueda hacerlo. Tal vez sean sólo sonidos ininteligibles los que pueda emitir, o tal vez sólo silencio. Quizá hasta estas palabras tengan otro sentido cuando ponga el punto final de este texto. El mar es eso.