domingo

la escritura urgente





Supe leer y escribir antes de saber atarme los cordones. No tiene origen, no lo recuerdo. Con los años he abordado a la conclusión maravillosa de que todo aquello que yo pueda escribir me habla de una que existe más allá de mí. Y entonces hay momentos en donde las palabras parecen haberse rebelado. No salen o se agolpan, parecen feas e impropias y a una le da la sensación de que no es capaz de decir nada bellamente. Se sienta una, mira la pantalla, convoca a los de siempre. Y nada. Una sabe que hay algo allí viviendo tímidamente dentro y entonces insiste. Una palabra, dos, tres. Una oración, quizá. Completita. Y nada. No hay nada allí. Abandona una la tarea, que es dolorosa, la infertilidad nos frustra, todas las veces que sucede.

De repente un movimiento en la cortina, una frase del noticiero o un rostro en una foto vieja, hacen la magia. Como un rayo se corta el tiempo y empieza otro, en el que un aluvión de mensajes  se abre paso hacia un texto, a veces amorfo, a veces perfecto, pero siempre incontrolable. Y parecen lava las palabras. Son masa ardiente que estaba en movimiento dentro de nosotros y que anidaba allí sin tener sentido aparente que le correspondiera.  
Así el texto es una urgencia, una comezón que hay que atender porque así se curan los dolores. Bastan esos movimientos milimétricos del mundo para que suceda, y nos deje, al fin, con la liviandad y el estupor que viene siempre después del amor.

La sal

[Tendrá información de los orígenes
me llevará a un tiempo en el que fui un pescador irlandés
o una hija de marinero, que espera en el muelle
algo que nunca llega

La piel recibe a la sal como parte de ella
como elemento nativo
me abro a la sal y al viento como mujer enamorada
ahí estoy
siendo 
presente, aquí
ahora, el mar
que me devuelve a la vida
a la que soy debajo de mí]


Conversación previa al eclipse




 —No existimos...

—¿Ah, no? ¿Y qué es esto? ¿Qué es? ¿Te estoy imaginado acaso? Todo esto que pasamos... todo... para mí será muy bueno, siempre me voy a acordar de vos, de esto...

—No, no puedo pensar en eso, no existimos.

—Vos te estás volviendo loca...

—Puede ser...  [Mientras, en el  mismo lugar, pero adentro]: ...Cada tanto me pongo a pensar en los puentes que tendemos, en lo bien que suspendemos el riesgo en una cama llena de significados. También a veces pienso que soy tu espejo, y que no estoy enamorada de vos (un poco porque no lo estoy verdaderamente, y otro poco por autoconservación). Nunca te he dicho, asumo que a este punto ya lo sabés, que nada de esto será cierto, nunca. Nunca. Nadie hablará de nosotros, querido.  No nos resignificarán parientes, ni nos darán sentido los amigos en una mesa de fin de año. Nunca me esperarás en un café un día de lluvia ni yo llegaré con un paraguas violeta y agua en las botas a decirte que te quiero. Tampoco hablaremos de asuntos del futuro, ni nos pensaremos juntos en otras latitudes. No comeremos chocolate mientras afuera haga frío. No seremos vos y yo para nadie, ni una maleta, ni un chop suey qué rico te sale, ni una foto. Mis zapatos estarán acá, debajo de mi cama, que dormirán horizontales a media hora de distancia de la tuya, siempre.

miércoles

el mar




Es un misterio. Sospecho que lo que siento por el mar no tiene correlato alguno con algún tipo de palabra que alguna vez se haya inventado. Sólo se explica por el silencio. Y ese silencio que deja abiertas tantas explicaciones como sean posibles, a veces se puede llenar con un poco de “ah... hhhh...” “zzzzzzzz” “fffffffffffff”o simplemente “mjm”. No tiene sentido, en absoluto. Y tampoco tiene sentido todo lo que yo pueda escribir aquí sobre el mar. El intento de hacerlo está movido porque no he podido dejar de soñar con paisajes marinos desde hace mucho tiempo. Es el sueño que tengo casi todas las noches, de manera recurrente, insistente pero no molesta. A veces estoy caminando en la orilla y la marea es tranquila. Otras tantas me enfrento al infinito del agua con olas monstruosas e intimidantes. El mar suele ser oscuro, con un montón de secretos adentro en lo profundo, con un montón de cosas que no sé y con la certeza de que nunca las podré ver. Porque ese mundo en movimiento que es el mar está más allá de mí, colocado justamente en esa inmensidad soberbia que no me quiere revelar, y yo no se lo exijo, porque está bien, porque soy esta que está acá, sin ese poder abrumador de arrastrar cosas. Porque puede él como nadie moverse con la luna y entenderla. Y yo apenas lo miro acercarse y alejarse en sincronía con el cielo. Yo, tan mínima y curiosa. 
Pero en los sueños, en la mayoría de ellos, siempre estoy yendo hacia el mar. Es un ir feliz y ansioso. Lleno de ganas por verlo y concretar esa quietud y ese vendaval de emociones que significa la contemplación. Me estoy preparando para ir al mar siempre, con mis ojos ávidos de él, con la necesidad de sentir el aire áspero y violento de las costas. Y de que mi cuerpo cambie y la piel se vuelva amigable y salina. Y mi pelo se llene de nudos imposibles que se revuelven a su antojo. 
Y el caso es que en los veranos, cuando la ida al mar es concreta, mi cuerpo explota de felicidad y la calma viene de a poco a medida que pasan los días y yo puedo mirarlo y reconocerlo una vez más. Porque me subyuga su poder y lo veo rugir frente a mí inalcanzable y resuelto. Y querer seducirlo es tan imposible que lo hago una y otra vez, y siempre con el placer de lo peligroso. “Soñé todo el año con vos” y voy a seguir soñando cuando me vuelva a la ciudad. Y regreso siempre con la sensación de no haberme podido despedir. No sé qué se hace en realidad. Si es ridículo o razonable. No sé cómo administrar estas ganas que después voy a tener, cómo guardarme hasta el último aire marino en la mochila. (Porque después de todo sé que los recuerdos que tengo del mar durante el año no son del todo lúcidos, no siento su olor, ni su sonido). Y el año lleno de obligaciones, cafés y papeles no es más que un letargo, una espera, hasta que regrese a él y vuelva a ser esa que tanto me gusta. 
Sé que todo esto no describió en absoluto lo que siento por el mar. Dudo que algún día pueda hacerlo. Tal vez sean sólo sonidos ininteligibles los que pueda emitir, o tal vez sólo silencio. Quizá hasta estas palabras tengan otro sentido cuando ponga el punto final de este texto. El mar es eso.

domingo

Lazy Sunday



Abrir el archivo que dice “Tesis 4”. Observar alrededor. Mirar hacia el sur a través de la ventana. Preguntarme qué estarán por construir allí, donde una mole de hormigón se levanta a ritmos acelerados los días de semana. Ver la quietud del edificio desplumado un domingo como hoy, sin obreros y sin vida. Preparar el mate. Tener miles de segundos el ojo congelado en la espuma que deja el primer chorro de agua. Regresar al a computadora. Buscar una receta de pasta frola. Recordar que hay harina integral.  
Encontrar como un tesoro brillando al fondo de la red, un texto de una mujer hermosa, esposa de Eloy Martinez. Dice que el periodismo narrativo tiene su propio origen, sin herencias norteamericanas, y que hay un libro que se llama “De la invención de la crónica”, que promete ser maravilloso. Darme cuenta que me arden los dedos por seguir escribiendo, citarla, ponerlo en la tesis.
Seguir con la receta de la pasta frola. Dos huevos, aceite en vez de manteca, porque no hay. Dulce de membrillo con un poquito de licor. La masa es como una pasta. La acaricio, la moldeo, pienso en la vida, en su metáfora. En lo poco que me gustaba cocinar últimamente. En lo mucho que me vuelve a gustar ahora. En lo que significa la comida, en mi madre.
Seguir escribiendo, mientras todo queda en suspenso en la cocina. Mirar a la gata. Poner en una playlist que se llama “Lazy Sunday”. Sonreír. Darme cuenta que acabo de inventar un verbo. Ebullicionar. Lo  escribí con la seguridad de los mejores. Ebullicionar. Para decir qué la puse. Si no existe habrá que inventarlo, es muy bueno.
Minimizar el archivo “Tesis 4”. Abrir el mail de la directora, donde me dice que no puedo poner a García Márquez a la altura de Leila Guerriero. Por las edades, supongo.
Ver en la bandeja de entrada que marcado como “no leído” hay un mail de Rosa Montero donde me dice que si no consigo el libro suyo que ando buscando, ella me lo manda por correo. Sonreír nerviosa. Tengo ganas de contarle que ayer leí un capitulo de “La loca de la casa” que ya había leído antes, pero no había entendido, porque era muy joven y porque el amor todavía era cosa simple y sujeta.
Seguir con la pastafrola, darme cuenta que la harina integral es más oscura de lo que pensaba. Recordar los “panes negros” que cuenta mi abuela cuando habla del peronismo y su aversión por ello y a las masitas que compró la Tata en la esquina donde vio pasar. Evita y su amor por ello.  Escuchar el silencio que dejó la playlist y disfrutar. El silencio. Qué lindo. La soledad. Qué linda cuando es linda.
Meter todo en el horno y regresar a la computadora. Incluir una cita que no tiene nada que ver, pero que me gusta. Querer escribirle un mail a mi directora diciéndole emocionada que encontré el quid de la cuestión. Que creo que lo tengo. Abrir un documento nuevo. Ponerle “Lazy Sunday”, y comenzar escribiendo: Abrir el archivo que dice “Tesis 4”.

Me estoy felizmente desacostumbrando de mí -diario de angustia-



“Encontrar a la madre que hay dentro tuyo” 
me dijo la terapeuta, con una sonrisa clara y con la conformidad de haberme dicho  la frase más acabada de la historia. De mi historia. Y era cierto. A partir de ese día busqué en mí, a la madre. ¿a qué madre? A la que yo deseaba ser para algún hijo futuro o a la que tengo, mi madre? ¿a la madre que hubiera deseado tener?  De a poco esa frase fue decantando. ¿Debía crear algo nuevo? ¿Debía tener hijos? ¿comprar una planta y que no se me secara? ¿quedarme más con la gata? ¿volver a cocinar, como antes?

 Lo nuevo. Eso pulsaba en mí como una necesidad. ¿era afuera? ¿era adentro mío lo nuevo?  Estaba en crisis, eso era seguro. Lo sigo estando. Será que todos en algún momento lo estamos. La edad, los trabajos, los tiempos. En mi caso era la existencia. ¿quién soy? ¿puedo hacerme cargo de mi vida? ¿puedo hacerme cargo de mi casa?¿dónde tengo ganas de estar?


“Nada más egocéntrico que un deprimido”  
dice una canción. Y bueno. Sí. Al principio me lo cuestioné. Y la culpa no ayuda, eh. Te hunde la cabeza como un hermano mayor en una pileta llena de agua. Y se ríe. Entonces no. Cambié el rumbo, di vuelta la culpa como una media y la puse a trabajar. Si está, que sirva para algo. Entendí con mucho esfuerzo que necesitaba más que nunca mirarme. Pero mirar para adentro, ese adentro que nadie quiere mirar. Ese adentro al que meditadores, yoguis y religiosos varios se animan a llegar. Ese adentro donde todo ES. Al que no le podés escapar porque simplemente ese adentro sos vos. Y había tanto ruido…


“Uno descubre partes de su cerebro que no conocía” 
me dijo una amiga, muy atinada, luego de haber padecido ataques de pánico.  Una vez que llegué a ese adentro estaba toda cagada. Estaba sola. La ansiedad, el pánico, la angustia te vuelven a foja cero, quieras o no. Hubo un antes, que había comenzado a idealizar. El abrazo de la angustia te envuelve por completo, estás solo. Ahí no queda más que bracear. Porque te come. 


“Es el precio por estar torciendo el destino de la historia de tu familia. Disfrutalo. Aprendé.”   
Y eso cómo costó. Cuando uno de los síntomas de la ansiedad es la irrealidad, tenés ganas de matar al que te dice eso. ¿cómo que el precio por estar escribiendo tu propio destino es la ansiedad? ¿cómo que la irrealidad aparece cuando uno se afirma como adulto? ¿y encima soy diferente? Me costó tanto dejarlo ser. Aprender de eso. Pero me estaba diciendo algo. Cuando pude hacer silencio y me animé a escuchar entendí el mensaje. Estaba torciendo algo. Eso duele. Duele en el cuerpo, en todos lados. Estaba creando a una mujer nueva. A una mujer libre. Con necesidades, con libido, con trabajos como desafíos, con viajes por delante. Todo lo que las mujeres de mi familia no fueron. Estaba creando una mujer luz, no una mujer sombra de alguien más. Una mujer adulta, no una mujer niña, bajo el ala de algún hombre, padre, madre o casa. “Claro, y esa no puede ser tu realidad, estás traicionando a la familia ¿no?”. Me decía la terapeuta,  con los ojos afilados.

Y entendí. A duras penas pero sin arrepentimientos, que la madre soy yo. Que lo nuevo soy yo. Que hace falta volver a la zona cero. Allá donde todo se destruye y parece no erigirse nunca más. Allí está todo. Se puede armar algo con una forma nueva con todo eso. En esto estoy. Otra. Nueva, en tránsito.

fresco

es tu amor en la tierra, mi amor

son los pájaros
estoy nueva toda yo
esperando las flores que me trae tu cuerpo
las promesas
el sol
la rueda
la carne
los leños
la raíz
 
estoy acá aprendiendo el devenir
de este viaje
de este hogar
que existe en algún lugar
donde es posible lo nuevo 

miércoles

Sin editar

Hoy lloré sentada en la falda de mi mamá. Y ella lloró desgarrándose el corazón. Las mujeres de mi familia estamos en crisis. Destrabar los nudos fundantes que nos trajeron hasta aquí no será fácil. Le digo a mi madre que todo va a estar bien, que las ausencias irán poco a poco transformándose en fuentes de agua clara que le insuflarán vida. Que yo seré su sostén si lo necesita. Me pide perdón y la perdono. La abrazo más fuerte y le digo que ahora estamos acá, que yo estoy, que ella está. Que podremos hacer algo con eso y que allá adelante hay algo mejor. Ya no sé si hacer a un lado mi angustia para ayudarla porque ahora mi angustia y la suya son una. La uso para abrazarla desde ese hueco negro que siento. Estoy desgarrada y lo uso para llegar hasta su cara que se aprieta ahora sobre mi pecho. Todavía no puedo ver nada claro allá adelante. Todavía soy una madeja, como ella. Dejo que me atraviese el dolor y confío en él. Llegaremos a algún lado. Por ahora somos una sola cosa de tristeza cruda. Cosas nuevas vendrán para todas. Mañana.

viernes

el amor

Mientras escribo vos estás bañandote. Y cambio las sábanas por unas nuevas, de algodón, frescas y limpias para que te sientas suave mientras dormís. Y relojeo el calefón para que no se te apague, porque hace frío y a mi calefón le ha dado por rebelarse cuando empezó el otoño. Y pienso en decirte "gracias" cuando salgas. "Gracias por quedarte conmigo en estos días en que la muerte nos rodea, gracias por dormir conmigo y hacerme sentir que todo estará bien si me quedo en ese abrazo nutriente". Escucho que terminás de bañarte y me apuro a preparar una comida con lo que tengo, con lo que puedo. Quiero que nunca te pase nada malo. Quiero guardarte del odio de los hombres, ser mejor, cuidarte de una tormenta. Si alguna vez pensé en el amor, pensé en vos sin saberlo.

sábado

Una ciudad de anaqueles

Foto de Seba Arcoba
Entro a la biblioteca buscando un libro. No me acuerdo del nombre, ni del autor. Sólo recuerdo que tenía un cuento que hablaba de un sueño y de una puerta. Y una mujer que salía de su habitación y entraba en el sueño de un tipo. Y viceversa. Creo que era de Asimov, o de Bradbury, pero hablaba de una puerta, seguro. De otras dimensiones. La señorita que atiende me suelta una sonrisa mientras espero que la memoria no me falle de nuevo. Dice que me espera, que piense tranquila, que tengo todos esos anaqueles alrededor para recorrer y encontrar mi libro.

Adentrarse en una biblioteca suele ser algo mágico para los que sentimos cierto afecto por los libros y las historias. Uno siente un poco del frío propio de los edificios públicos, la brisa incesante pero inidentificable de las iglesias. Aunque esto es diferente: quizá por la madera que prevalece o por los libros que la habitan, la biblioteca es anfitriona y sugerente.

Lo primero es el silencio. El sonido es dejado atrás a medida que se avanza por el paisaje cercado por mesas extensas que huelen a cuero o a ropa nueva. Entonces uno se percata de que atravesar las puertas de la biblioteca significa también cambiar de estado: las voces son susurros, los movimientos del cuerpo, laxos y el tiempo se altera acompañando el ritmo de los que leen.
Los volúmenes varían de texturas y colores todo alrededor formando un paisaje multicromático que bien podría ser un crepúsculo. A esta sensación de estar en una ciudad dentro de otra se le suma el aroma a papel, a libro nuevo, a libro viejo por descubrir.
Todos aquí lucen como en suspenso. Pienso en las formas diversas y casi inmediatas que hoy tenemos de acceder a todo lo que está escrito. Me asombro de lo simultáneo, del autor desconocido que “googleo” instantáneamente, de lo hipertextual que es mi vida desde que Internet me acompaña, mientras la muchacha que atiende, en su afán de orientar mi búsqueda y advirtiendo mi gesto irresuelto, me dice “de acá para allá tenés las novelas de autores argentinos, acá las latinoamericanas y todo ese anaquel que ves a la derecha es de biografías”. Recorro visualmente el espacio y me detengo en cada vitrina. Sigo con mi dedo cada lomo numerado advirtiendo la linealidad de este universo donde los libros se dejan clasificar. Uno a uno los anaqueles agrupan y presentan todos los modos de entender el mundo: aquí las novelas febriles, allá los cuentos, la poesía minúscula y la ambiciosa, la ciencia ficción hacia el fondo y los ensayos en el rincón.
Dije antes que el tiempo es otro aquí dentro. Quizá esa inmensidad de libros que rodean es la prueba del infinito. Y del temor a él. Todos esos volúmenes etiquetados y ordenados no son más que la vana pero válida intención de querer guardar el tiempo, de acumularlo y dominarlo de una vez aunque más no sea en nuestras humildes imaginaciones.

Mientras redondeo miles de hipótesis que probablemente no lleguen siquiera a refutarse, el mundo de la biblioteca sigue sucediendo a mi alrededor a su ritmo particular e insólito. Detengo mi atención en la señora de seño fruncido que acaba de entrar y de entablar un diálogo fugaz con la empleada. Parece que no tiene apuro, porque una vez concluida la conversación camina despacio con las manos detrás mientras acusa con la mirada cada uno de los lomos de la vitrina donde los libros de Cortázar se aprietan con los de Céline.

—Ese no sale, señora. Ese es para leer acá.

Y la mujer toma un Rayuela añejo con sus dos manos y se aleja. Lo revisa, lo abre y deja pasar las hojas con rapidez desde el pulgar de su mano. Parece que huele lo que sale del libro mientras se le vuela el flequillo. Aspira mientras el soplo del libro sale. La cara se transforma lentamente en un rostro manso, en sincronía con las hojas que deja pasar una y otra vez. Cierra los ojos y pasan velozmente el capítulo 73, el 1, el 2, el 116, el 3, como si de allí saliera París, el Pont des Arts, La Maga, Oliveira, un hotel de la rue Valette, Four o´clock drag. La señora cierra el libro, acaricia el lomo como se acaricia un pequeño gato, vuelve a colocarlo en su lugar y se va.

El tiempo es, además, circular en este salón. Las personas llegan, recorren, se marean. Luego algunos se sientan sin intenciones de permanecer a hojear el libro que han venido a buscar o el que les sorprendió haber encontrado, pasan por el mostrador y hacen una firma impaciente para luego salir por la puerta principal libro en mano dándole lugar a los otros que vienen a completar el mismo círculo de búsqueda y placer. Porque es eso: placer. Una especie de impaciencia mística la que genera tomar el libro con las manos una vez que hemos seguido esa línea imaginaria entre los estantes y nos adelantamos leyendo en su contratapa un bocado de la historia, un resumen que alguien decidió poner allí para nuestra expectativa. Y después el prólogo, la brevísima biografía del autor en la solapa, la dedicatoria y luego la primera frase de la historia. No sé si todos echaremos mano del mismo método, pero un libro que comienza con las palabras “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” será, probablemente y cuando menos, un libro inolvidable.

A estas alturas yo pienso que no encontraré la historia que estoy buscando. Que me subyugará este salón, esta ciudad de libros que yo creía obsoleta y moribunda y que sin embargo está repleta de gente en constante movimiento. Que tendré que quedarme con la idea de que lo que busco es en realidad una sensación, un estado que me provocó alguna vez una historia que ni sé si existe. Quizá todos los que estamos en este lugar busquemos algo parecido. A mi alrededor hay seres inmiscuidos en vaya a saber qué aventuras o mundos. De brazos cruzados, de mentón en la mesa, de libro cerrado y suspiro. Hay quienes continúan buscando, como yo, algo que no sabemos siquiera si está allí o si alguien lo escribió alguna vez.
Cada tanto el silencio es interrumpido por el sonido de una puerta que se abre hacia afuera, por los pasos de un niño que apenas llega se arrodilla como una rana en la sección infantiles. Por la voz frágil de una señora que pide el diario de hoy para leer mientras le recuerda a la empleada que vive sola, a pocas cuadras y que dejó el perro atado en la puerta.

— ¿Y? ¿Te gustó? —le dice la empleada a cada lector que devuelve su libro en el mostrador.

Algunos regresan con emociones resueltas -se los ve caminar a tranco largo con el ejemplar en alto como muestra de su buena elección- otros los devuelven incómodos, desencajados, preguntándose por qué el atrevimiento de llevarse a casa un Nietzsche o un Freud.
Detengo finalmente mi recorrido eligiendo una novela uruguaya. Me voy pensando en la sorpresa de este lugar fuera del tiempo. Aquí viene la gente cuando está en la ciudad de afuera, acá en este sinfín de compendios numerados abrigados por la madera. Aquí se busca uno, se detiene, se abruma por la cantidad de palabras escritas que de algún modo han intentado explicar la vida o de embellecerla. “La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma” repito en mi cabeza, como si Borges estuviera allí, asintiendo.

viernes

recuerdo

"En los pliegues del aire hay un camino que nadie ve"










Escribir ahora es invocarte. Tengo esa certeza hace días dando vueltas. Sin embargo, una fuerza me veja el cuerpo y siento haber escrito todo lo que pude ya. Te inventé, pude acercarme apenas con la palabra y armar sólo una ficción de quien eras. De quiénes éramos. Una mezcla de bruma, zamba y azul que apenas pude nombrar alguna vez. Y me enoja no poder llamarte aquí, en esta hoja viva que busca salvarme. Hay una ciudad, una lluvia, unas manos. De eso estoy segura.  Pero no encuentro nada más: todo este silencio está repleto de vos y no puede llenarse de otra cosa. Araño la música, sólo a veces apareces en la brevedad de un acorde. Y ahí me quedo, en el hueco donde resonás, sola y estupefacta. Llego a vos por vías particulares, intransferibles. Y vos recibís el recado de mi cuerpo. Y me lo hacés saber en un breve temblor de otros mundos posibles que recibo por intuición nebulosa. Quizá no sepa ya quién sos. Ni me entere de los puentes que llegan ahora hasta tu cuerpo para estremecerlo de música e ideas. Probablemente no vuelva a saberlo nunca. Tal vez alguna zamba, en algún rincón del país, suene y nos reviva mientras dure y una china baile y él la mire, fascinado, lo que dure la noche.



miércoles

correr

"No te corro ni al colectivo" le dije a Emma, convencida de mi incapacidad de levantar velocidad con mis piernas. Estuve por muchos años convencida de que correr no era para mí. Que mi cuerpo rechazaba "naturalmente" ese estado en movimiento. "Puedo bailar, andar en bici, hacer piruetas en el piso, lo que quieras, pero correr, no". Pasé casi toda mi vida haciendo de esa afirmación una parte constitutiva de mí. Nunca lo había intentado.
Una noche, cuando los síntomas de la ansiedad me reducían a permanecer en mi casa, decidí salir a caminar. Me daba miedo marearme, estar sola, cualquier cosa. Hice una vuelta, dos, tres. Mi cabeza era un laberinto (o un caracol, así lo explico mejor, un caracol que se retorcía hasta llevarme al punto ciego de la angustia) y mi cuerpo sólo lo acompañaba, por costumbre. Levanté la vista, éramos pocos los caminantes. Respiré hondo y casi sin pensar (cosa poco frecuente en esa época, porque todo pasaba por mi mente turbia y tramposa) puse un pie delante, luego el otro, levanté velocidad. Recordé los consejos de alguna profesora lejana "cuidar el impacto en el piso, mirar hacia adelante" y cuando quise recobrar el raciocinio, estaba corriendo. Corriendo, sí. Corriendo. El movimiento era constante, mis latidos se acompasaban al ritmo de mi cuerpo sobre la vereda. Y todo empezó, repentina y sorpresivamente, a ponerse en su lugar. Recordé a Murakami, a Forrest Gump, a Lola. Mis piernas se conectaron directamente con mi alma, todavía rota, y yo sentía que le insuflaban vida. Levanté la velocidad y vi la angustia quedarse detrás. Vi el miedo desvanecerse y me sentía como el viento sur, desarmando nubes al paso. Corriendo podía hacer cualquier cosa, una sensación de omnipotencia me invadió: no había nada que no pudiera transformar o dejar atrás si yo corría. Mi mente se sorprendió, mi cuerpo no. Mi cuerpo me decía que podía romper la inercia y traspasar el velo viscoso de la tristeza, de la muerte (que de a poco nos va oprimiendo el pecho y nos empuja hacia atrás con su mano pesada. O lo que es peor: nos detiene).
Corrí y mi sangre fluyó. Mi cuerpo entero se sincronizó con los árboles, con el aire que tomaba en cada respiración, con la tierra, con el latir imperceptible de un mundo que me había empezado a doler. Corrí rápido, me exorcicé. Y entendí el rompecabezas: un caracol que empezaba a tomar el camino inverso para encontrarse con la arena.