jueves

suspendida

mejor que no
-pero los aires suspendidos son así de espesos-
me preguntaré siempre a la vera de cualquier camino
por la verdad de tu piel
siempre llegará el rayo
el fulgor, la corriente
a decirme que olés a verde a mar
a cuentas de perlas que no conozco
a cuerpo ciego en medio de la noche inflamada
el suspenso vendrá siempre
a recordarme que más allá seguís
con los ojos habitados, llenos, negros
que no hubo esquinas sincrónicas
que permitieran
guardar acaso
en la memoria de la sangre
una penumbra que no me dejaría ir
hacia una vida sin tu huella

lo que sé de mí hasta ahora

Yo estoy donde me quieren. Donde me eligen. Donde les bullen los dedos por tocarme. Yo estoy ahí donde me piensan–en la distancia, en la cercanía, donde sea- y se preguntan cómo estoy. Yo estoy donde me buscan. Donde me guardan, donde me cuidan. Yo estoy donde quieren que esté, donde desean de verdad, donde se mueven, donde se preguntan. Yo estoy donde me tienden la mano verdadera. Yo estoy donde me encuentran, donde me estiran una cama de amor para encontrarme. Yo estoy donde me aman con violencia y con ternura.  Yo estoy donde mis palabras hacen eco, resonancia, mareo. Yo estoy donde mis preguntas. Estoy donde los brazos se abren. Estoy donde caminan, donde suspiran. Estoy ahí donde la canción es viva y me la regalan. Estoy ahí donde reciben mis abrazos y mi sexo y mi regalo arrebatado. Estoy ahí donde mis palabras son puentes, puertas, puertos. Estoy donde quieren habitar mi cuerpo y mis silencios. Estoy donde vibran. Estoy donde sueñen, donde me lo pidan. Donde me esperen con ansiedad. Estoy donde reciban noticias mías con alegría. Estoy donde deciden, donde bailen y me busquen con la mano para arrimarse a mí. Estoy ahí, en donde haya alguien dispuesto. Estoy donde el miedo también: el miedo blanco y simple de saber que puedo no estar en cualquier momento. Estoy donde haya un interlocutor, un resonador, un otro inquieto por el deseo de que yo esté ahí. Estoy en casas habitadas donde pueda descansar. Estoy ahí donde el fragor de la cama me llene de flores y donde me esperen para llenarla de piernas calientes  mecedoras de sueños. Estoy ahí donde mi pecho sea un remanso y un terreno minado por surcar. Estoy donde me respetan. Estoy donde no da lo mismo. Estoy en lo chiquito, en lo simple, en lo humano. Estoy ahí donde mi presencia no es un peso, ni un peligro, ni una amenaza, sino una posibilidad siempre riesgosa  de seguir explorando el mundo, los cuerpos y el sol. Yo estoy donde me fogonean, donde me interpelan, donde me desnudan. Y si no, me apago lento. 

martes

la suerte de las palabras



«¿Qué hago aquí al pie de una palabra / que no se deja decir? /
Inútil perseguirla, ella sabe / que su única casa es ella misma»
Juan Gelman, Mundar.



La muerte debe ser un lugar donde van a parar todas aquellas palabras que no decimos. “Quiero más”, “Andá vos, yo no voy”, “Tengo miedo”, “tu silencio me lastima”, “dejame sola” , “no puedo ayudarte hoy”. Me temo que las palabras encuentran su lugar en esa frontera entre lo que somos y deseamos ser, y si resulta que esa frontera queda en la muerte, allá las veremos, atadas unas a otras, imprudentes y emancipadas del flujo negro a la que las sometimos en vida.
“Hasta acá llego”, “me siento sola”, “eso no lo permito”, "hoy tengo ganas de verte": Esperan crudas las palabras en la muerte para que las tomemos cuando no hay nada que perder. Y así “te extraño” en la muerte, es un dolor de garganta en la vida, una angina que tardó días en curarse. “Me revienta que hagas como si no pasara nada” es un nudo en el estómago, una bala alojada en el centro del pecho, una explosión de llanto. “¿sabes? no me la aguanto, yo no subo ahí” es en la vida un estertor, una puntada en el corazón. “Te amo pero me lastimaste” es una espuma espesa en la boca, una náusea que sube, que se arquea dentro como mil demonios que parecen acomodarse cuando, en vez de darle voz, los soplamos para adentro. Así, un día, caminando por el gélido pasillo de lo definitivo, la encontraremos. Y hartas las palabras de pedir cauce, nos dejaran pasar a través. No nos pedirán nada. Solo sentiremos la inquietud y el sabor amargo y rancio de la saliva cuando rumiamos el lenguaje en silencio. Y sed, sentiremos mucha sed para siempre.

miércoles

circe



mi primera contraseña
de mi primer correo
de mi primera computadora
fue “Circe”
quizá no tenga que explicar por qué
¿o sí?
da igual ahora
que ya el viaje me atraviesa
y me da nombre:
semilla de samuhú
hija del aire
tubércula
arenera
amante
de los gerundios
en los que se permanece
alegremente
camino al mar

jueves

Buscando a Quiroga

Me acunará la siesta misionera, Horacio. Iré tras tus pasos de perfecto cuentista enloquecido. Buscaré tu casa en la espesura. Esa casa a la que el padre volvió solo, sin el hijo, que colgaba del alambrado ya muerto. Miraré tu machete, Horacio, con admiración. Te veneraré por trabajador de las palabras, por hachero del regodeo intelectual. Iré a la selva a buscarte, Horacio. Y me arrodillaré frente a tus letras concretas y agrestes, para agradecerte el camino que has abierto a fuerza y a delirio, en mí.





Decálogo del perfecto cuentista, Horacio Quiroga. 


I - Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II - Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III - Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV - Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V - No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI - Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.
Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII - No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII - Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX - No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X - No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


miércoles

"¿Cómo hacer que el mar entero quede en calma 
desde el mar? 

Viento de un verano eterno 
enredando el hilo blanco 

Ciego resplandor de enero 
tejiendo de nuevo el manto 

Vengo a ser la sal, las piedras, 
a nacer de oleaje y algas 

¡Vengo a amanecer! 
A despertar el día 
lento..."




sábado

Del sentimiento de no estar del todo - Julio Cortázar

Siempre seré como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que desde el comienzo llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camin se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo.

Esto puede entenderse metafóricamente pero apunta en todo caso a un temperamento que no ha renunciado a la visión pueril como precio de la visión adulta, y esa yuxtaposición que hace al poeta y quizá al criminal, y también al cronopio y al humorista (cuestión de dosis diferentes, de acentuación aguda o esdrújula, de elecciones: ahora juego, ahora mato) se manifiesta en el sentimiento de no estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida y en las que somos a la vez araña y mosca.

Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme.

Esta especie de constante lúdica explica, sino justifica, mucho de lo que he escrito o he vivido. Se reprocha a mis novelas -ese juego al borde del balcón, ese fósforo al lado de la botella de nafta, ese revólver cargado en la mesa de luz- una búsqueda intelectual de la novela misma, que sería así como un continuo comentario de la acción y muchas veces la acción de un comentario. Me aburre argumentar a posteriori que a lo largo de esa dialéctica mágica un hombre-niño está luchando por rematar el juego de su vida: que sí, que no, que en ésta está. Porque un juego, bien mirado, ¿no es un proceso que parte de una descolocación para llegar a una colocación, a un emplazamiento -golf, jaque mate, piedra libre? ¿No es el cumplimiento de una ceremonia que marcha hacia la fijación final de la corona?

El hombre de nuestro tiempo cree fácilmente que su información filosófica e histórica lo salva del realismo ingenuo. En conferencias universitarias y en charlas de café llega a admitir que la realidad no es lo que parece, y está siempre dispuesto a reconocer que sus sentidos lo engañan y que su inteligencia le fabrica una visión tolerable pero incompleta del mundo. Cada vez que piensa metafísicamente se siente "más triste y más sabio", pero su admisión es momentánea y excepcional mientras que el continuo de la vida lo instala de lleno en la apariencia, la concreta en torno de él, la viste de definiciones, funciones y valores. Ese hombre es un ingenuo realista más que un realista ingenuo. Basta observar su comportamiento frente a lo excepcional, lo insólito; o lo reduce a fenómeno estético o poético ("era algo realmente surrealista, te juro") o renuncia en seguida a indagar en la entrevisión que han podido darle un sueño, un acto fallido, una asociación verbal o causal fuera de lo común, una coincidencia turbadora, cualquiera de las instantáneas fracturas del continuo. Si se lo interroga, dirá que no cree del todo en la realidad cotidiana y que sólo la acepta pragmáticamente. Pero vaya si cree, es en lo único que cree. Su sentido de la vida se parece al mecanismo de su mirada. A veces tiene una efímera conciencia de que cada tantos segundos los párpados interrumpen la visión que su conciencia ha decidido entender como permanente y continua; pero casi de inmediato el pestañeo vuelve a ser inconsciente, el libro o la manzana se fijan en su obstinada apariencia. Hay como un acuerdo de caballeros entre la circunstancia y los circunstanciados: tú no me sacas de mis costumbres, y yo no te ando escarbando con un palito. Pero ahora pasa que el hombre-niño no es un caballero sino un cronopio que no entiende bien el sistema de líneas de fuga gracias a las cuales se crea una perspectiva satisfactoria de esa circunstancia, o bien, como sucede en los collages mal resueltos, se siente en una escala diferente con respecto a la de la circunstancia, una hormiga que no cabe en un palacio o un número cuatro en el que no caben más que tres o cinco unidades. A mí esto me ocurre palpablemente, a veces soy más grande que el caballo que monto, y otros días me caigo en uno de mis zapatos y me doy un golpe terrible, sin contar el trabajo para salir, las escalas fabricadas nudo a nudo con los cordones y el terrible descubrimiento, ya en el borde, de que alguien ha guardado el zapato en un ropero y que estoy peor que Edmundo Dantés en el castillo de If porque ni siquiera hay un abate a tiro en los roperos de mi casa.

Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me dividía de mis amigos y a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad; la única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego que no era fácil; pero pronto descubrí los gatos, en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros donde la encontraba de lleno. En esos años hubiera podido decirme los versos quizá apócrifos de Poe:

From childhood's hour I have not been
As others were; I have not seen
As others saw; I could not bring
My passions from a common spring-

Pero lo que para el virginiano era un estigma (luciferino, pero por ello mismo montruoso) que lo aislaba y condenaba,

And all I loved, I loved alone

no me divorció de aquellos cuyo redondo universo sólo tangencialmente compartía. Hipócrita sutil, aptitud para todos los mimetismos, ternura que rebasaba los límites y me los disimulaba; las sorpresas y las aflicciones de la primera edad se teñían de ironía amable. Me acuerdo: a los once años presté a un camarada El secreto de Wilhelm Storitz,donde Julio Verne me proponía como siempre un comienzo natural y entrañable con una realidad nada desemejante a la cotidiana. Mi amigo me devolvió el libro: "No lo terminé, es demasiado fantástico." Jamás renunciaré a la sorpresa escandalizada de ese minuto. ¿Fantástica, la invisibilidad de un hombre? Entonces, ¿sólo en el fútbol, en el café con leche, en las primeras coincidencias sexuales podíamos encontrarnos?

Adolescente, creí como tantos, que mi continuo extrañamiento era el signo anunciador del poeta, y escribí los poemas que se escriben entonces y que siempre son más fáciles de escribir que la prosa a esa altura de la vida que repite en el individuo las fases de la literatura. Con los años descubrí que si todo poeta es un extrañado, no todo extrañado es poeta en la acepción genérica del término. Entro aquí en terreno polémico, recoja el guante quien quiera. Si por poeta entendemos funcionalmente al que escribe poemas, la razón de que los escriba (no se discute la calidad) nace de que su extrañamiento como persona suscita siempre un mecanismo de challenge and response; así cada vez que el poeta es sensible a su lateralidad, a situación extrínseca en una realidad aparentemente intrínseca, reacciona poéticamente (casi diría profesionalmente, sobre todo a partir de su madurez técnica); dicho de otra manera, escribe poemas que son como petrificaciones de ese extrañamiento, lo que el poeta ve o siente en lugar de, o al lado de, o por debajo de, o en contra de, remitiendo este de a lo que los demás ven tal como creen que es, sin desplazamiento ni crítica interna. Dudo de que exista un solo gran poema que no haya nacido de esa extrañeza o que no la traduzca; más aún, que no la active y la potencie al sospechar que es precisamente la zona intersticial por donde cabeacceder. También el filósofo se extraña y se descoloca deliberadamente para descubrir las fisuras de lo aparencial, y su búsqueda nace igualmente de un challenge and response; en ambos casos, aunque los fines sean diferentes, hay una respuesta instrumental, una actitud técnica frente a un objeto definido.

Pero ya se ha visto que no todos los extrañados son poetas o filósofos profesionales. Casi siempre empiezan por serlo o por querer serlo, pero llega el día en que se dan cuenta de que no pueden o que no están obligados a esa response casi fatal que es el poema o la filosofía frente al challenge del extrañamiento. Su actitud se vuelve defensiva, egoísta si se quiere puesto que se trata de preservar por sobre todo la lucidez, resistir a la solapada deformación que la cotidianeidad codificada va montando en la conciencia con la activa participación de la inteligencia razonante, los medios de información, el hedonismo, la arterioesclerosis y el matrimonio inter alia. Los humoristas, algunos anarquistas, no pocos criminales y cantidad de cuentistas y novelistas se sitúan en este sector poco definible en el que la condición de extrañado no acarrea necesariamente una respuesta de orden poético. Estos poetas no profesionales sobrellevan su desplazamiento con mayor naturalidad y menor brillo, y hasta podría decirse que su noción del extrañamiento es lúdica por comparación con la respuesta lírica o trágica del poeta. Mientras éste libra siempre un combate, los extrañados a secas se integran en la excentricidad hasta un punto en que lo excepcional de esa condición, que suscita el challenge para el poeta o el filósofo, tiende a volverse condición natural del sujeto extrañado, que así lo ha querido y que por eso ha ajustado su conducta a esa aceptación paulatina. Pienso en Jarry, en un lento comercio a base de humor, de ironía, de familiaridad, que termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso cotidiano, sin response concreta porque ya no haychallenge, a un plano que a falta de mejor nombre seguiremos llamando realidad pero sin que sea ya un flatus vocis o un peor es nada.







Cortázar, Julio; La vuelta al día en ochenta mundos, México, Siglo Veintiuno Editores, 1984 (Tomo I)

Mirando el verano desde el invierno





Quiero ser el verano. Quiero transformar la escarcha en médanos y perderme en el sol. Acariciar la trama de un vestido liviano y violeta. Quiero caminar descalza sobre una arena que me copie y hacer chirriar los dedos contra esa espesura brillosa y marina. Quiero que el agua que viene de arriba sea un alivio, que haya tormenta corta, refrescante, auspiciosa. Quiero ser un cielo primero y abierto, donde solo haya una línea donde bajen los barcos y nos recuerden lo redondo del mundo. Quiero sentarme y que el tiempo pase como el viento enfrente mío; que el paisaje sea todo lo que tenga al alcance. Quiero respirar profundo el aire tibio que deja el sol de las seis de la tarde. Quiero el cobre, el azul, el dorado de la piel caliente. Quiero la música del verano. Quiero a mis ojotas como único calzado posible. Quiero tocar una pared caliente y pasar mi mano hasta que se termine en una enredadera rugosa y verde. Quiero madrugada de verano, cielo negro salpicado por esas concreciones que son las estrellas y una corriente que venga de algún punto de la casa, para decirme que el viento nocturno es la canción de cuna del amor y de los niños desvelados. Quiero que me pique la nariz en un bostezo de citronella, que allá a lo lejos hayan prendido un fuego que me llegue en forma de apetito por el balcón. Quiero levantarme otro día, respirar profundo, que todo sea verano afuera. Que me posea el verano, que haga de mí lo que quiera, que me transforme en cuerpo cetrino y liviano. Quiero que mi alma sea cobre. 
Quiero decir enero con todas sus letras. Enero. Quiero tomar enero, servirme enero, respirar enero, jadear enero. Quiero ser el verano, quiero ser ahí donde los caminos son más cortos, las palabras son más llenas y los cuerpos son más exactos. Quiero ser la sal: eso que es anterior a mí y que me sobrevivirá como elemento sagrado. 

Mi cuerpo concebido en el verano me llama. Me promete tereré, me espanta el resfrío, me cura de los silencios del invierno que son, como los silencios de Perséfone, los silencios de la tierra infértil y sin sol.



martes

diario

Odio mi calefón
lo odio tanto 
como odio la vez siete que se apaga
como odio el piso frío
como odio la gota que baja del omóplato hasta la espalda
en segundos ralentizados
por aquello de la relatividad del tiempo
como odio los dientes de mi gata
cuando odio
como odio su afilada manera de hacerme saber
como odio las esperas
como odio las colas
como odio mis cordones
los verbos mal conjugados

odio los murciélagos como amo los libros nuevos
tanto como amo los puntos cardinales
como amo los vestidos
como el café con leche, amo
como amo el crepitar de cualquier fuego
como amo el sol
y su olor, el sol
como amo la espuma
del mate
como amo los horizontes de las ventanas
como amo las aromáticas
de cualquier camino
como amo los bordes
de las ciudades
como amo 
las hamacas
como amo las excepciones
de todas las reglas

miércoles

201

“A esta Paraná de poca monta le sobran cielos” dije.

Y es que son siglos de ceibos que no caben donde me voy. A vos que te prendés del pelo, te sigo con la mirada, Paraná castaña. Sos un mundo minúsculo de calles que terminan en jacarandaes suicidas que cortan caminos de cara al río. No puedo sacarte de mi cabello, te dije, Paraná verdusca y malhablada. Si te desbordan azules, ciudad absurda, y mi bicicleta los guarda en cajitas de ombú que aún conservo.
Me llevo tu llanto de sauce, tu guarida de media tarde. Tu recuerdo de mar. Me llevo tu deriva en esta valija llena de esquinas que suelo ser cuando me voy.
Cuando pregunten no podré hablar de vos. Y un nudo en la garganta me trenzará la palabra. Diré apenas que sos un camino sinuoso y azul.
 Y que llorás agudo, para no morir.






Con la boca cerrada, bajo el agua,
viene el túnel hundido cual lampalagua
cuando salga a la orilla paranaense,
entraremos al pulso de la corriente.
(y en el colmo del colmo su geometría.
asomada a los techos la lejanía).

voces de agua



ciudades dentro de ciudades dentro de ciudades 
cuencas, arroyos, bordes, grietas 
saltos de agua

Tuyucuá
hilos, tajamares, lagunas
peces
paraná, biguá, mba'erâ

sauces, cursos, jangadas 
maderas troncos deriva
ciudades fuera de ciudades
esperan
el agua
que viene de arriba pero no del cielo
del arriba que barre
del arriba
que se lleva puesto
todo a su paso
peces, aves, silencios
maderas troncos deriva
golondrina vientre remanso
canción
gurí
y todo
agua marrón
que busca el mar

y un cauce

viernes

lo que sí

ensayo
mi movimiento
la pereza
el sexo
el signo
el arrebato
lo que sí
palpita
en mis cortinas recién lavadas
chupo
la naranja 
dejando que el jugo vaya
a donde quiera
que el ácido corroa 
y limpie
y termine
en esta boca
que es mía
que es de ciudad 
de peces
que respiran
la certeza
del cuerpo
lo que sí
vive
y ve
lo que la sombra alumbra
en un cuerpo nuevo como noticia

jueves

Lo que queda del amor

Lo que queda del amor es una estufa rota. Un libro a medio dedicar. Una taza sin nombre y  sin asas. Una canción doliente. Ya todas las poesías y todas las músicas del mundo hablan de lo que queda del amor, pero yo necesito hablar de lo que quedó del nuestro. Porque es un hueco acá en medio de mi pecho, que antes era puente. Ya no te amo, es cierto. Pero alguna vez fuiste mi brazo, mi mano, mi pie, mi amor de adulta. Y te lo dije mientras te dejaba  y tu dolor me robaba todas las palabras.
Pero mi dolor no fue. Era, pero no fue. No podía ser dolor, no podía ser llanto. No podía andar como vos, por la calle y a los gritos diciendo que me dolía el amor. Que el amor me tajeaba la cara como el frío. Mi dolor no valía. Mi dolor fue de domingo. De agujero a las siete de la tarde. Mi dolor fue mudo y solo. Como correspondía. Como dicen que corresponde.
Hoy que junto tus cosas para que alguien te las lleve por mí, pienso en todo. En la obsolescencia de estos objetos. En estos libros secos, en estas dedicatorias extintas.  
En esta bolsa no caben muchas cosas. Los amigos ya optaron por ser tuyos y lo acepté con una obediencia mansa y silenciosa.  A mi silencio lo llenaron de hijaputez, porque así dicen que es el silencio: otorgador de cosas y de sentidos. Lo que queda del amor es algo seco, innecesario. En la bolsa meto esquirlas de una colisión, un dolor injusto, de una tristeza larga que no me suelta.
Y meto rabia.
Miro la bolsa como una elipsis. Meto un mensaje de silencio que dice que esperaba recuerdos tibios que hablaran de quiénes fuimos. Que hablaran de los verdaderos, de los dos que sanaron, de los que aprendieron y amaron y multiplicaron y construyeron y que ahora habitan en otros amores, diferentes y hermosos. Pero no hay nada en este dolor arrinconado que hable de nosotros. Pienso y lloro y me despido llorando un llanto viejo y tarde. Me abrazo a la Mariana que te quiso tanto y lloro. Pienso que es injusto y mezquino para el amor del mundo que lo que quede de ese amor sea esto.
Yo lo suelto sin odio y con la ilusión de que Lavoisier tenga razón. Y este amor se transforme en pan o en libros, o en una canción de cuna para los niños solos.





domingo

el sentido circular

Encuentro un papel en el fondo de un bolso viejo. Está amarillo y parece lejano, como todo lo amarillo.

“Cuando no estás mirando, son ondas de posibilidad.
Cuando estás mirando, son partículas de experiencia” 
Dice.
Y es mi letra.  Lo tomo en mis manos e intento recordar el momento en que lo escribí. Eso no es mío. “De algún lado lo copié” me digo. Estaba en un bolso de viaje que no uso desde hace un año y medio. Ese bolso me llevó a trabajar a los lugares más inhóspitos, en soledad y acompañada. Quizá miraba la ruta cuando lo anoté, quizá fuera la frase de una película, o de una tarjeta de navidad. Tal vez lo saqué de una revista. No recuerdo el momento de haberlo guardado. Ni por qué tenía sentido en ese momento.
Dándole lugar al asombro, me guardo el papel confiando en aquello que no sé ni sabré nunca. “…Son partículas de experiencia” digo en voz alta, en el esfuerzo de entender un poco más. Comprendo que ese papel viene a decirme algo. Lo conservo. Quizá no tenga sentido todavía. O ya lo haya perdido.

O quizá un día, sin más, lo vea escrito en una pared desconocida que me sostiene el pelo, mientras amo.  Y entienda todo allí, mirando, maravillada de experiencia.

sábado

La latencia de la acción




La latencia de la acción. Aquello que todavía no sucede, pero está allí, como río de fondo, corriendo. La latencia. Aquello para lo que he nacido y escribo. La luna negra de la latencia. El bajofondo de la vida. La certeza más allá de esta palabra. “El silencio desde donde la música es posible”. Lo que late, lo que nutre como hiedra que viste a mi espalda. El hidden track que me nombra despacio. Un sinfín de posibilidades cuánticas que ya están sucediendo en otra casa, igual a la mía. El suelo dorado que pisás. Las concurrencias. Lo que todavía no sé pero conozco. Los ojos llenos de gente.



La latencia por la que escribo. Lo latente. Ese minuto antes de una tormenta, o de una nueva vida, o de una explosión. Ese instante en el que sobreviene el olor hermoso de las lluvias y los alvéolos se llenan de verde aire. En el que las ciudades se paran con sus taxis llenos de gente a medio ir. En el que se ensordece todo y el suspenso te duele en la piel como duele el frío o el amor. Lo latente me convoca con la fuerza de los mares, de las norias y los barcos a escribir y a enviar lo que escribo en un mensaje de silencio, por si algún día lo escuchás al otro lado de la música.

martes




Eras una noche de noviembre en el futuro
un rumor solo
que existe adelante, en ese confín negro
donde las cosas aún no suceden
eras una cita siempre tarde
un cuadro memorable
un puñado de granos de pimienta
negra
verde
en el sueño de las mujeres enfurecidas
eras misterio de las rutas del sur
desolación de la mañana eras
nostalgia
canción pringosa del pop
un abrazo de la intemperie
nuevo
eras un nombre en la mesa
eras un recuerdo de olor salino
en la memoria
eras el día después
del amor
eso que no se aprende nunca

pero nunca
jamás
y sin embargo
ocurre


miércoles

Encontrarlo a Cortázar


“Queremos encontrarlo a Cortázar” dijo la chica que estaba adelante mío en la librería. Era una peruana y se llevó todos los libros de que pudo. Buenos Aires estaba más gótica que nunca y todos huían hacia los cafés y las librerías del centro. Yo también huía, pero de mi crisis creativa. Era yo entonces un papel en blanco asustado y cansado. Me hubiera gustado decirle a la chica que lo encontraría en los libros, sí, pero también en la ciudad doliente y en la congoja del domingo a las siete. El librero no le dijo nada, pero de Cortázar, estoy segura, todos hubiéramos sido amigos. Creo que a todos nos tendría que haber abrazado Cortázar alguna vez. Con sus brazos de orangután y su olor a naftalina. Yo deseé un abrazo de él toda la vida. Hundir mi nariz en su camisa, como se hunden las narices en las camisas de los padres, y sentirme escondida en su dimensión de árbol añoso. No compartí el mundo terrenal con él nunca, ni lo cruzaré en la Rue de Vaugirard jamás. Siempre sentiré soledad de Cortázar, aunque lo lea, lo relea y lo llore como se llora a los amigos o a la orfandad. Porque debajo de su mandala, bien al fondo de su escritura, está la certeza de que todavía tiene cosas para decirnos. Y yo lo espero siempre en la ciudad en la que él desee aparecer.

domingo

la escritura urgente





Supe leer y escribir antes de saber atarme los cordones. No tiene origen, no lo recuerdo. Con los años he abordado a la conclusión maravillosa de que todo aquello que yo pueda escribir me habla de una que existe más allá de mí. Y entonces hay momentos en donde las palabras parecen haberse rebelado. No salen o se agolpan, parecen feas e impropias y a una le da la sensación de que no es capaz de decir nada bellamente. Se sienta una, mira la pantalla, convoca a los de siempre. Y nada. Una sabe que hay algo allí viviendo tímidamente dentro y entonces insiste. Una palabra, dos, tres. Una oración, quizá. Completita. Y nada. No hay nada allí. Abandona una la tarea, que es dolorosa, la infertilidad nos frustra, todas las veces que sucede.

De repente un movimiento en la cortina, una frase del noticiero o un rostro en una foto vieja, hacen la magia. Como un rayo se corta el tiempo y empieza otro, en el que un aluvión de mensajes  se abre paso hacia un texto, a veces amorfo, a veces perfecto, pero siempre incontrolable. Y parecen lava las palabras. Son masa ardiente que estaba en movimiento dentro de nosotros y que anidaba allí sin tener sentido aparente que le correspondiera.  
Así el texto es una urgencia, una comezón que hay que atender porque así se curan los amores. Bastan esos movimientos milimétricos del mundo para que suceda, y nos deje, al fin, con la liviandad y el estupor que viene siempre después del amor.

La sal

[Tendrá información de los orígenes
me llevará a un tiempo en el que fui un pescador irlandés
o una hija de marinero, que espera en el muelle
algo que nunca llega

La piel recibe a la sal como parte de ella
como elemento nativo
me abro a la sal y al viento como mujer enamorada
ahí estoy
siendo 
presente, aquí
ahora, el mar
que me devuelve a la vida
a la que soy debajo de mí]


Conversación previa al eclipse




 —No existimos...

—¿Ah, no? ¿Y qué es esto? ¿Qué es? ¿Te estoy imaginado acaso? Todo esto que pasamos... todo... para mí será muy bueno, siempre me voy a acordar de vos, de esto...

—No, no puedo pensar en eso, no existimos.

—Vos te estás volviendo loca...

—Puede ser...  [Mientras, en el  mismo lugar, pero adentro]: ...Cada tanto me pongo a pensar en los puentes que tendemos, en lo bien que suspendemos el riesgo en una cama llena de significados. También a veces pienso que soy tu espejo, y que no estoy enamorada de vos (un poco porque no lo estoy verdaderamente, y otro poco por autoconservación). Nunca te he dicho, asumo que a este punto ya lo sabés, que nada de esto será cierto, nunca. Nunca. Nadie hablará de nosotros, querido.  No nos resignificarán parientes, ni nos darán sentido los amigos en una mesa de fin de año. Nunca me esperarás en un café un día de lluvia ni yo llegaré con un paraguas violeta y agua en las botas a decirte que te quiero. Tampoco hablaremos de asuntos del futuro, ni nos pensaremos juntos en otras latitudes. No comeremos chocolate mientras afuera haga frío. No seremos vos y yo para nadie, ni una maleta, ni un chop suey qué rico te sale, ni una foto. Mis zapatos estarán acá, debajo de mi cama, que dormirán horizontales a media hora de distancia de la tuya, siempre.

miércoles

el mar




Es un misterio. Sospecho que lo que siento por el mar no tiene correlato alguno con algún tipo de palabra que alguna vez se haya inventado. Sólo se explica por el silencio. Y ese silencio que deja abiertas tantas explicaciones como sean posibles, a veces se puede llenar con un poco de “ah... hhhh...” “zzzzzzzz” “fffffffffffff”o simplemente “mjm”. No tiene sentido, en absoluto. Y tampoco tiene sentido todo lo que yo pueda escribir aquí sobre el mar. El intento de hacerlo está movido porque no he podido dejar de soñar con paisajes marinos desde hace mucho tiempo. Es el sueño que tengo casi todas las noches, de manera recurrente, insistente pero no molesta. A veces estoy caminando en la orilla y la marea es tranquila. Otras tantas me enfrento al infinito del agua con olas monstruosas e intimidantes. El mar suele ser oscuro, con un montón de secretos adentro en lo profundo, con un montón de cosas que no sé y con la certeza de que nunca las podré ver. Porque ese mundo en movimiento que es el mar está más allá de mí, colocado justamente en esa inmensidad soberbia que no me quiere revelar, y yo no se lo exijo, porque está bien, porque soy esta que está acá, sin ese poder abrumador de arrastrar cosas. Porque puede él como nadie moverse con la luna y entenderla. Y yo apenas lo miro acercarse y alejarse en sincronía con el cielo. Yo, tan mínima y curiosa. 
Pero en los sueños, en la mayoría de ellos, siempre estoy yendo hacia el mar. Es un ir feliz y ansioso. Lleno de ganas por verlo y concretar esa quietud y ese vendaval de emociones que significa la contemplación. Me estoy preparando para ir al mar siempre, con mis ojos ávidos de él, con la necesidad de sentir el aire áspero y violento de las costas. Y de que mi cuerpo cambie y la piel se vuelva amigable y salina. Y mi pelo se llene de nudos imposibles que se revuelven a su antojo. 
Y el caso es que en los veranos, cuando la ida al mar es concreta, mi cuerpo explota de felicidad y la calma viene de a poco a medida que pasan los días y yo puedo mirarlo y reconocerlo una vez más. Porque me subyuga su poder y lo veo rugir frente a mí inalcanzable y resuelto. Y querer seducirlo es tan imposible que lo hago una y otra vez, y siempre con el placer de lo peligroso. “Soñé todo el año con vos” y voy a seguir soñando cuando me vuelva a la ciudad. Y regreso siempre con la sensación de no haberme podido despedir. No sé qué se hace en realidad. Si es ridículo o razonable. No sé cómo administrar estas ganas que después voy a tener, cómo guardarme hasta el último aire marino en la mochila. (Porque después de todo sé que los recuerdos que tengo del mar durante el año no son del todo lúcidos, no siento su olor, ni su sonido). Y el año lleno de obligaciones, cafés y papeles no es más que un letargo, una espera, hasta que regrese a él y vuelva a ser esa que tanto me gusta. 
Sé que todo esto no describió en absoluto lo que siento por el mar. Dudo que algún día pueda hacerlo. Tal vez sean sólo sonidos ininteligibles los que pueda emitir, o tal vez sólo silencio. Quizá hasta estas palabras tengan otro sentido cuando ponga el punto final de este texto. El mar es eso.

domingo

Lazy Sunday



Abrir el archivo que dice “Tesis 4”. Observar alrededor. Mirar hacia el sur a través de la ventana. Preguntarme qué estarán por construir allí, donde una mole de hormigón se levanta a ritmos acelerados los días de semana. Ver la quietud del edificio desplumado un domingo como hoy, sin obreros y sin vida. Preparar el mate. Tener miles de segundos el ojo congelado en la espuma que deja el primer chorro de agua. Regresar al a pc. Buscar una receta de pasta frola. Recordar que hay harina integral.  
Encontrar como un tesoro brillando al fondo de la red, un texto de una mujer hermosa, esposa de Eloy Martinez. Dice que el periodismo narrativo tiene su propio origen, sin herencias norteamericanas, y que hay un libro que se llama “De la invención de la crónica”, que promete ser maravilloso. Darme cuenta que me arden los dedos por seguir escribiendo, citarla, ponerlo en la tesis.
Seguir con la receta de la pasta frola. Dos huevos, aceite en vez de manteca, porque no hay. Dulce de membrillo con un poquito de licor. La masa es como una pasta. La acaricio, la moldeo, pienso en la vida, en su metáfora. En lo poco que me gustaba cocinar últimamente. En lo mucho que me vuelve a gustar ahora. En lo que significa la comida, en mi madre.
Seguir escribiendo, mientras todo queda en suspenso en la cocina. Mirar a la gata. Poner en grooveshark una playlist que se llama “Lazy Sunday”. Sonreír. Darme cuenta que acabo de inventar un verbo. Ebullicionar. Lo  escribí con la seguridad de los mejores. Ebullicionar. Para decir qué la puse. Si no existe habrá que inventarlo, es muy bueno.
Minimizar el archivo “Tesis 4”. Abrir el mail de la directora, donde me dice que no puedo poner a García Márquez a la altura de Leila Guerriero. Por las edades, supongo.
Ver en la bandeja de entrada que marcado como “no leído” hay un mail de Rosa Montero donde me dice que si no consigo el libro suyo que ando buscando, ella me lo manda por correo. Sonreír nerviosa. Tengo ganas de contarle que ayer leí un capitulo de “La loca de la casa” que ya había leído antes, pero no había entendido, porque era muy joven y porque el amor todavía era cosa simple y sujeta.
Seguir con la pastafrola, darme cuenta que la harina integral es más oscura de lo que pensaba. Recordar los “panes negros” que cuenta mi abuela cuando habla del peronismo. Escuchar el silencio que dejó la playlist y disfrutar. El silencio. Qué lindo. La soledad. Qué linda cuando es linda.
Meter todo en el horno y regresar a la pc. Incluir una cita que no tiene nada que ver, pero que me gusta. Querer escribirle un mail a mi directora diciéndole emocionada que encontré el quid de la cuestión. Que creo que lo tengo. Abrir un documento nuevo. Ponerle “Lazy Sunday”, y comenzar escribiendo: Abrir el archivo que dice “Tesis 4”.