lunes


Que a veces siento que no soy yo
que googleo mi estado de ánimo
que estoy flaquita
y me dan miedo los espejos
que leo horóscopos 
y tomo tecitos 
que se me llena el cuerpo de laberintos y llantos
que tengo pesadillas
que me siento cruz, mandala, misterio
que quisiera saber rezar 
de nuevo




[y que anido en el amor algunos días/ me dejo abismar /y reaparezco en el medio de un abrazo/ que es paisaje, círculo, oleaje/ taza de chocolate caliente en las manos/ siesta de otoño/ mudra perfecto que valdrá la pena inventar/ todas las veces que esté ahí, brillando/ y a mí me queden canciones de Drexler por oír]

viernes

crepúsculo

[La luz es difundida en todas direcciones por las moléculas del aire, llegando al observador e iluminando todo su entorno]

Siempre pienso que en los minutos que dura un atardecer, dios o esa fuerza que se llama dios a veces, nos abre las puertas de algo. En esa puerta o ventana que se llama crepúsculo, alguien nos deja ver qué hay más allá. Un ratito. Y las nubes son a veces una costa con mar y gaviotas, una bahía amarilla de arena, un paul klee sobre una pared azul, un puñadito de frutillas recién lavadas, unos copos de azúcar iluminados por la siesta en la mano de una niña que juega.
Esta tarde, por ejemplo, tiene un barco encallado en una playa. Y el sol ilumina los bañados hasta convertirlos en espejos que alguien olvidó sobre la arena. 
Hay cosas de este mundo que no me quiero perder. El crepúsculo breve que aparece en mi casa es una. Aunque breve, es una puerta. Y ya sabemos qué funciones cumplen las puertas en las casas, en los besos, en los juegos.