martes



[Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto]








miércoles

make up II



“gira inexorable el otro engranaje,
la noria invisible de las transgresiones”


la que saca chispas a la pista
el que compra sonrisas intestinas
el que relojea
la que se descalza en la copa rota
la que arrima migas
en la mesa de los cadáveres de la cena
y los hace montoncitos

(porque quiere y no puede
y los montoncitos de miga con los dedos
salvan del temblor de bailar con él,
del riesgo sísmico de la cumbia)

el que relojea
la hermosa de siempre y sus periféricos
las pudorosas de 50
los poderosos de 50
el que aprieta el vaso
y mastica hielo

(porque ella no mira, baila y no mira)

el que anuncia que no sabe
la que serpentea en las inmediaciones del disc jockey

(porque quiere y no puede
y las convulsiones del reggaeton
marean al decoro y al marido bobo)

el misterio de él, que no se sabe si
la vieja que hace mímica
no la dejes ir, no la dejes ir
¿por qué? te lo digo yo
¿quién es? violeta
que se lleva mi corazón

en el baño, yo ya sabía,
después del espasmo de caderas
el labial le dio una mano
a la poesía
al caos subterráneo de la vida

al baile implícito de la pista

que se sembró obsceno en el papel
y vibró solito
al compás de la cumbia

Make up

*
*
¿Y qué tiene de malo escribir poesía con el denileador de ojos?

es que iba a explotar
un pelele contaba chistes de suegras
y la señora del fondo se reía, morada
y el mozo le servía una porción más grande a la del pantalón blanco
y a la jefa de sección le cabeceaba el de tesorería
invitándola a bailar el bombón asesino
y ahí el marido
impávido
tosiendo el vermú

tanta poesía
iba a explotar

en qué momento la forma de las cosas obliga a correr

el olor a pucho del salón
el perfume del contador
la del pantalón blanco que escribe cartas al mozo
una servilleta que abolla y muere
se me llenó la cabeza, mirá
tuve que ir al baño y hacerlo

no avisa la poesía

cuando encuentre una birome lo paso

ya está vivo, mientras tanto

lunes

indecible


"(...)o sea que las leyes podrían ceder terreno a las excepciones, 
azares o improbabilidades, y ahí te quiero ver"
J.C.

Es una sensación, una tibieza en el plexo solar, un montón de gorriones. No sé. 
Sé que no la podré aferrar a este soporte. Sé que no me pertenece. Sé que no está en ningún lado y sin embargo vive en toda la que soy. Aceptar lo indecible fue sólo el comienzo. Es una tarea más difícil que lo imaginado. Todo muy lindo pero yo la quiero escribir, eh.
Resulta que vuelve y canta con firmeza. Vive donde no llegan mis caminos mentales. Es cálido, abrumador, lindo. Está cerca del Paraná y abraza. Es una foto. Es el horizonte lleno de isla. Es una calle imprevista. Es a lo poco que me puedo acercar por ahora. Lo siente mi cuerpo y quizá baste. 


martes





Se me va la palabra y la veo irse con certeza soberbia. Viene el río, viene la hermosa elipsis de los besos tibios, el rayo que ilumina mis zonas inhóspitas. Se me van las formas y quedo a merced del tiempo alterado de las profundidades, ese que se parece a nada. Que se traza y se desboca según un viento denso y desconocido que me deja vibrando. Se me va la palabra y no me inquieta. 


Me queda un silencio lleno de partes lumínicas que se empeñan en permanecer. Me quedan restos de cumbres frenéticas en las que identifico una felicidad que cabe en una mochila o en una maceta de mi balcón. Se me va la palabra y no la persigo. Viene con buenos augurios y quietud sobre el río de noche. Viene en forma de ardor en los dedos. Viene brillando sin nombre desde las profundidades del océano. Allí donde todo puede ser, aún sin ser nombrado. Y resplandece.

lunes

cuerpo despabilado
hecho cuerpo
burbujeante espacio por donde entra el viento
y las voces penetran como canciones nuevas
cuerpo que se vuelve cocina ruidosa
cuerpo en la costa
en la isla
cuerpo mío que no termina en el empeine
y sigue invisible en una danza de serpentinas infinitas
cuerpo mi escuela que rueda en la cama y ríe
y anhela el mar
y cruza caminos


mi cuerpo árbol que se mece nocturno en la luz de una casa lejana
canal que ofrezco al mundo
para que los pájaros tracen su ruta
y me atraviesen de lejanías nuevas
mientras juntan su azabache en una bandada liviana
cuerpo cauce del amor 
que se afecta y se estremece
barranca nueva que no busca el misterio

 que lo anida 
es
y lo comparte
como naturaleza exultante

viernes

metáfora

Como el huracán de Deleuze que avanza alegremente
como el atardecer siempre distinto de mi balcón
como la música, quizá como la música
como el viento que nos vuelve viaje
como el mar que nos revuelca
y nos deja de cara al mundo
de un momento a otro
derivando

sábado

aprendiéndome

 “Se tiene el corazón que se trae por defecto, 
así como Aquiles por su talón es Aquiles”



Se me junta el mundo. Todas las que soy o pretendo ser, se me junta el agua en el corazón, en el cuerpo. Corren por mí filas de pequeños seres que me piden salir, que no quieren esperar. Y ahí está, mar de antaño, agua salada que por años se detuvo.  Lo dejo salir. Lloro. La angustia se transforma en nuevas flores y me vuelvo nueva.  Miedos y dolores viejos tomaron mi extremidades y me instaron a dejar de disimular. 
No soy la misma luego del llanto.
Sí, tengo miedo. El miedo más fiero. El miedo de todos. Ese miedo atávico, crudo. El mismo miedo que siente un niño pequeño cuando se lo olvidan en la escuela.
Soy una mujer.  Soy vulnerable, le temo a muchas cosas. A veces necesito compañía. A veces llamo a mi mamá a la madrugada. A veces quiero a mi papá cerca. Sí. Creo que estoy a tiempo de decirlo.
El llanto es silencio ahora, es juntar las manos y reverdecer. Es la decisión de no dejar nunca más pasar la noria sutil de la tristeza como si nada sucediera. Es no acopiar duelos ni guardarse los besos para después.

Timing is the answer.


jueves

al fin y al cabo

Él resultó ser un libro de autoayuda. Barato, de tapas blandas. Un recuerdo vago de los amores púberes, un catálogo de productos de limpieza. A él se le vuelven baba la palabra y las formas, se hunde en su propio miedo, él es su propio atentado, su músculo atrofiado.
Ni sospecha, ni imaginación, ni cuentos. Se deshace como cubitos en el vaso. Con esa rapidez, con ese anonimato. Se esconde detrás de sus recetas para vivir mejor y morirse menos. Su control lo vuelve un perro, una garita de colectivo, una casa abandonada.
Su mejor reflejo es el de sí mismo, hablándose. Su cuerpo es de otro, inmanejable y vigilado.
Por suerte las expectativas se van corriendo, se quitan de encima de él. Ya nadie espera que se apasione. Ya no espero que se vuelva otro. Medito un largo rato y parto, como siempre, como tantas veces, hacia el mundo de los seres arrebatados. Hacia donde los hombres danzan y se acuestan con sus propias pasiones y las comparten con mujeres como yo.

lunes

Los viajes que trajeron a otros



Hubo un año que empezó en el mar. Que se acunó con la intermitencia de un faro que vigilaba las olas desde las alturas. Nosotras fuimos buscando al mundo que existe al otro lado del río, viajamos a confirmar nuestras sospechas, a dinamitar nuestras cegueras, sin imaginar que volveríamos siendo otras.

Nuestros nombres se ablandaron con la brisa y los dejamos caer sin importar si los recuperaríamos algún día. Una ceremonia con velas, una carne a la parrilla, un encuentro con Ana Prada, un perro llamado Tirifilo y dos canarias nos tendieron el mate en el momento justo en que empezamos a notar que no estábamos solas, que eramos paisanas escribiendo las mismas historias. Que el mundo es chico si uno lo mira mejor y que los encuentros están listos a ser descubiertos si uno se deja.
Anduvimos por la costa acompañando el vaivén de las aguas y las ganas de nuestros cuerpos. La música marcó el pulso del camino y llegamos al Cabo estupefactas. El paisaje nos murmuró algo que ya sabíamos y nos hizo temblar los recuerdos que guardamos desde una infancia inventada. En las retinas quedó para siempre el Cabo en crepúsculo y en compañía.
Bajo la vigilia del faro de Santa María aprendimos a bailar el 2 y 1 y creímos en la fugacidad del amor de los anfitriones, que nos tendieron la mano para caminar sobre una rambla desconocida al amanecer, nos dieron besos nuevos como peces tibios y quedaron en el nunca siempre de nuestros cuerpos.
Curamos las penas con la marea alta de la noche, con el fuego, con la arena. Tuvimos el viaje en las venas, fuimos Ulises, las sirenas, Penélope y los cíclopes de a uno a la vez y todas las veces. De la espuma salieron nuestros nombres olvidados, nos curó la piel con manos de sal y nos dejó ir hasta la próxima.
Como tormentas en suspenso volvimos a Montevideo. Supimos del marco de agua que es el río a un lado y a otro de la calle, del art decó del palacio Salvo y sus habitantes presuntos. [En la playa de Pocitos dejé un poco de mi piel quemada y accidentada e inauguré nuevas sensaciones que el dolor y el amor aún no habían puesto sobre mí].
Fuimos pasajeras, permanentes, exultantes. Entendimos de qué venía la vida. La llevamos hacia los terrenos de la fe, el viento y los abrazos nuevos. Aceptamos el devenir porque ya éramos otras, esas, las de la mochila al hombro y el cuerpo listo.

miércoles

Dora Inés

No me animo a escribir sobre la muerte porque no tengo palabra alguna que le corresponda, que la pueda asir, acercarse, rodearla.
Me animo a escribir hoy sobre la mujer de los pilares de mi familia, la Tata. Se llama Dora Inés. Tan terrible y tan fantástica la Dora Inés. Se está yendo de mi vida de a poquito, se apaga, se me va. No la puedo retener, se desarma como el agua, se convierte en otra cosa pronto.
(Mientras escribo esto voy sintiendo cómo las palabras tan pocas se convierten en nada, son perritos, garabatos, burlas frente al mundo Tata, frente a ella misma. Las palabras son injustas con ella porque no la pueden describir, me faltan y son un vacío negro, anudado en el fondo más hondo del corazón).
Siempre tuvo sus recovecos la Tata.  Su soltería fue para ella un apostolado, un modo de ser, una bandera. Nunca silenciosa la Tata, siempre ahí, nutriendo, fogoneando, brindándose como estribo seguro a todos los que la rodeábamos. Todos sus críos. Todos salidos del calor de su mano.
Mi madre, mi tía, mis primos, mi hermana fuimos cuidadosamente sostenidos y creados por ese ser infinito que es la Tata. Esa mezcla de madre tierra con ejército de guerreros. Esa mujer rebalsada de buenos augurios y aroma a café. En todos los tangos la nombran y ella lo supo siempre, porque los cantaba encrespada como un gato y lloraba.
Esa mujer apasionada es mi Tata. Y en estas líneas hago el intento de revivirla porque no la quiero dejar ir. Un manto de silencio hay sobre ella ahora, que está en una cama con millones de porquerías que nunca hubiera soportado. Déjenla porque esa no es la Tata, carajo. Ella se quiere ir o se quiere quedar, pero esa no es ella.
Mi Tata peronista. La Tata obrera. Puso el pecho la Tata. Me marcó el camino. Me honra ser su cría y tener un poquito de su sangre escorpiona en esta tierra. 
Todavía su nombre no puede vaciarse. Es un dolor intenso, primitivo el que tenemos todos los que quedamos aquí. Todo su nombre lleva estrellas, lleva regalos, lleva amor.
Entiendo que tarde en irse la Tata. Ella es la casa, ella es el barrio, mi cama de niña. Ella es el patio, los relojes, las rosas. Ella es el olor de la cocina, el bon o bon, el agua corriendo. Si se va ella se nos va el escenario de esa vida. Inventaremos otro de a poquito, pero ese es tan bello, carajo. 


No te vayas Tata, convertite en lo que quieras. Usá tus cosas, escuchá tu radio, hablanos Tata. Peleame, haceme el café. No te vayas. No te voy a decir más cosas feas. Quiero ser chiquita, Tata. Llevanos a la escuela. Voy a tomar toda la sopa. Quiero oírte, no te vayas. Cuidame de nuevo, acompañame. Quiero devolverte algo. Soy tan pequeña. Todos somos pequeños, Tata.
Quiero que te transformes. Quiero llevarte un poco de menta y un vaso de leche con pan para agradecerte. Ojalá seas el mar cuando lo mire, ojalá alguna de las golondrinas que llevan palitos y que pasan por mi balcón al atardecer. 

Quiero saber dónde vas a estar para mirame de nuevo en vos, mujer fundación de mi vida. Quiero ser ahí donde estés.


Insistencia de los espejos



"En los minutos de la arena creo 
sentir el tiempo cósmico: la historia
que encierra en sus espejos la memoria"
Jorge Luis Borges


Quizá como encontrarme a mí misma
Y hablar hasta sentir que bajo hasta el comienzo del discurso
Donde no quedan pieles que esconder
Me preguntan por qué voy a elegir quedarme ahí
No lo sé con exactitud


¿por qué elegimos ciertos ellos? 
¿Por qué decidimos permanecer cuando todas las advertencias apuntan hacia el crepúsculo? 
La inevitable sensación de estar en el comienzo de un éxodo hacia mí misma
y es por inevitable, por necesaria, por viva
Que es un regreso
Hacia los miedos que mutaron 
Hacia el relato de mi pasado
Que puede revertirse y ser de nuevo otra cosa
Un reverdecer etimológico
-nada más y nada menos-
Un nuevo curso
Un año nuevo dentro de otro año


La obstinación de permanecer
Es la insistencia de los espejos
Que nos obliga a mirar cuando pasamos a su frente
Todas las veces

lunes

Sospecha

“y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua
y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas
y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras
simplemente cansado del cansancio
del harto tenso extenso entrenamiento
al engusanamiento
y al silencio”
Oliverio Girondo

“Ese fue el día en que ella encontró nuevos sonidos y retuvo para sí imágenes de un concierto iniciático, recortó todas las plumas, se fue con todos los peces, eliminó archivos en desuso y dijo acción”


Ahí voy de nuevo
Yo de nuevo en el cauce de la poesía
En la solitaria tarea de percibir el pinchazo
En el estómago
de la repregunta del amor en todos sus casos
en todas sus camas
estupefacta por la sensación
de haber vivido aquello
sin solución de continuidad
como si una laguna
o acequia
o abismo
mediaran entre un comienzo aquel
y hoy

miro el río y viajo
en las brillantinas temblorosas que la luna
le deja hasta perderse en la isla
me veo acodada
sobre las penas diarias
y otra vez el pinchazo
y ahí voy
la mayor de las certezas
el pronóstico con creces
por el tiempo
por la falta
por la ausencia de todas esas gentes
que nos resuenan
por todos lados

a mis espaldas ahora el río
murmura lo que ya sé
y se mueve en el aire
una brisa que parece
una inauguración

me lleno de miedo toda
quién sabe lo que hay
allá del otro lado del portal
del año del conejo

y si tendremos preguntas contemporáneas
y el mismo desasosiego
ahí voy de nuevo
más cansada
con sospechas
de que ya estuve ahí
ay.

martes

A la mierda con lo que deba ser
Con lo que dicen si fuera
Con lo que otros esperan
Con las decisiones que se toman por cobardía
Por las que se omiten y se repiten
Disfrazadas de inevitables
A la mierda con tu juicio
Con tu expectativa, nunca voy a ser esa
Porque soy ésta
A la que le rechinan los dientes cuando escribe
A la que se le pone la piel de gallina cuando ama
Que toma caminos porque los siente
adentro en el centro
Que viaja kilómetros porque sí
A la mierda con las gentes nubes negras
Que tragan, bostezan, gimen
Con la energía que otros pierden

A la recontra mierda con el relato del dios
Que nos cagó la vida a medio mundo
Que nos llenó de nudos en la espalda
Y de pésames sombríos

Soy feliz de esta manera particular
Me tomo el tiempo de explicarte
Tengo un cuerpo que me habla
Y que escucho
Un “Ello” intenso y enfático
Un modo de caminar convencido de sus contradicciones
Y a la mierda con la hipocresía
Con la ilusión de la coherencia
Con los “ya deberías”
Con los “yo a tu edad”
Con el estoicismo obsceno
De sostener situaciones porque somos héroes
A la mierda con hacernos los boludos
Con no nombrar lo que pasa adentro
Con pedirle al mundo clemencia
Con sentir que la vida está afuera
y nos caga de vez en cuando
a la mierda con tu violencia
que es sutil y encubierta
a la mierda con los que piensan que las palabras no son dagas
o caricias
o madreselvas
que sanan o destruyen
a la mierda con tu inercia,

yo me voy al mar.

Sincronía

Ah, si la vieras 
la ciudad se sincroniza con Chopin 
y en el momento del forte 
cuando todo parece estallar en un infinito de trinos 
la lluvia cae en Paraná 
colérica
la golpea con perlas enfurecidas
la tarde se vuelve nácar promediando el nocturno

y el mundo es un piano que llama al cielo

domingo

voces de la lluvia

Epifanía

Escribir
como si el puño fuera asido por otra mano
que toca y resbala
corta en tiempo
urgente y furiosa

Escribir
como si los brazos dolieran hasta que salen
raudas y necesarias
las palabras
que dicen
que te fundan
como a una ciudad
hasta el último
de los segundos
desvanecidos
ya
siempre
en que yo te abrazo
 

Lluvia

En rincones donde el día no entra
Me desencuentro con la lluvia de afuera
que cae sin saber si es París, Zagreb
o Buenos Aires
Devengo luna
con total prescindencia de mí
con absoluta consciencia del mar
con certeza de lo que vendrá
cuando salga de acá
y la ciudad sea copia 
limpia
triste
de los tiempos radiantes

viernes

Qué poca cosa ahora el español
Es moneda corriente, gastada
Las palabras son de todos
Las palabras
¿O soy yo la de las formas vacías?
Qué trabajo dar con lo que quiero decir
Más honesto es hablar en otro idioma a veces
Que en la propia lengua
Habla sola
Dice por mí
Aprendió a hablar, antes que yo.

Julieta Lerman

Me turba la idea que algo pueda ser por fuera de las palabras.
Quiero darle forma, hacerlo transcurrir por el vasto campo del idioma.
Asirlo, darle lugar, ponerlo a prueba.
Hay algo de placebo en las palabras, hay un mar calmo, hay un espanto dicho, sonoramente vivo.

Es por eso que me quedo con la bruma, no la puedo tocar, la siento a pesar de mí y es dinámica, insurgente, temblorosa.
Es mercurio en las manos.

Pienso hasta cuándo seré presa,
hasta cuándo será misterio
que vibra insolente
por los campos donde el lenguaje no llega

la sangre me fluye sin nombre, sin color
el cuerpo es la respuesta
más inmediata

recurro a los idiomas
me deslizo por palabras que otros usaron para decir otras cosas
lo creo muerto

pero cuando está ahí
ahí
vuelvo a sentirlo
me ocupa el cuerpo
me estaquea como un rayo
se actualiza

podrían ser pájaros
podría ser la música
podría ser el amor,

en el peor de los casos.

jueves


Y sí,
es que de a ratos me encuentro anquilosada
fundando mi silencio en cuentas que cuento sólo cuando hay vino en sangre
Y miro entonces el techo mientras acabo de amar
Preguntándome si de veras se me ha olvidado cómo es enamorarse
y sentir la tormenta adentro  -como el cólera de Florentino Ariza en el Caribe
mientras una fiebre le comía el cuerpo y empuñaba la letra de la carta que no mandaba-.

En el techo veo pasar la noria de la vida
momentos precisos en donde decía
Con una certeza soberbia que eso era amor

Oigo las canciones
Donde antes residía el amor
En una estepa de voces roncas
Y una combinación de sonidos y palabras me hacía temblar
Cómo hoja en borrasca

Digo tantas veces que no
Me encuentro más veces explicando por qué
Por qué no
Por qué no así
Por qué no ahora
Y siento que perdí la manera de negociar
Ya no ganamos todos
Ya hay quien resigna algo
Ya hay alguien que calla
Y al final todos dolemos

Miro el techo sucederse mudo frente a las preguntas
Quedan estupefactos los que me piden un poco más de amor
Un poco de otra cosa
Y a mí me duele el misterio
De no saber
Si es que perdí el modo, la mano
si es que debo retirarme
a tiempo
y dedicarme a sembrar lavanda
para infusiones de mujeres con tristeza
en un pueblito de traslasierra

martes

Cerezo en flor










[Las familias japonesas salen al campo y a los jardines de las ciudades para ver a los cerezos florecer y beber sake debajo de estos árboles. La flor del cerezo es la vida simple y pura y el cerezo en flor es el símbolo del paso del tiempo y la floración es un instante feliz que representa el renacer de la vida].



De cerezas y avellanas dice el jabón que está compuesto
me lavo el cuerpo
y desde aquí puedo ver la noche
un agua más clara que corre
una casa de crepúsculo naranja
un cerezo serafín en el patio que florece tímido con los preludios de la primavera
una mano que me acaricia la piel y las ideas
con la minuciosidad del tiempo y la ternura
bien podría ver en el cerezo un árbol indeciso y modesto
floreciendo en su sequedad aparente
o decir que la ola polar estaba prevista para mí
y no tener un mango partido al medio
desde el día diez
bien podría yo pensar que el crepúsculo es cursi
y decir puta madre
y la mano, cualquier mano permutable, podría ser
la vida una mierda también
si me lo propongo
pero resulta que no

mientras el jabón de cerezas y avellanas me acaricia
y el agua me quema deliciosamente
lo veo todo muy claro
me quiero a mí así
sublimada de emoción
con el cerezo allá en el patio
floreciendo sin barullo
la compañía del té y el bizcochuelo
abrazando
hablando del amor
haciéndolo
acunándolo
mirando a los seres que quiero cerca de todas maneras
como un jabón de cerezas y avellanas, cerca
de la piel y las ideas, cerca.

viernes

Tengo murciélagos en el techo
Entre el cielo y yo hay decenas, qué digo, cientos de ellos
que chillan, se cortejan, se alimentan
Me colman la cama de pánico mudito
de insomnio
Camino de noche como cuando niña
En busca de consuelo, de un poco de agua
Me pregunto cuántas veces tendré que explicar
Todas las formas del amor que se me ocurren
Cuándo te veré y te contaré todo esto que me pasó y me pasa
Con los murciélagos, con los augurios, con mis libros
Con vos, con los otros
Cuándo sabrás que tuve que salir como rayo de ese lugar
En el que me resoplabas los restos de un deseo moribundo
que entraban en mí como nudo en el  plexo solar
 
                                                      entre el ombligo y el corazón

Los roedores que vuelan y no se callan
en la oscuridad me tienen sola y presa
quisiera ser otra, líquida, apropiada

                                                          acontecer, zarpar
 
despertarme rápido  y empezar el día
Resolviendo a la vez mi carrera y mis letras
Mis impuestos,  mis padres,  el wi fi
La cucharita de dulce de leche que me como de madrugada
Mirando cómo se aguanta esa ciudad de la ventana
Los sonidos agudos y penetrantes de estos vampiritos
Que se obstinan en intermediar con el cielo
Y golpean mi cielorraso con aleteos de comunidad movilizada
Ando de día con ojeras azules, con hambre en el pecho
Y con citas que postergo para nunca



Cuando no estén más
los murciélagos
tendré menos excusas
y empezaré a nombrarte.


sábado

Sr.

No me extraña a mí.
Quizá las letras, quizá la luna. Pero no a mí.
Busca el espejo que nos vio, la historia que supo decirnos. Quiere encontrar en la canción una armonía, una mixtura de notas que le cuente lo que tuvimos y que la piel reaccione llenándole de viento el corazón. Quiere hallar la figura que armó, que se parece a mí. Quiere desafiarme a no quererlo y que se lo justifique con el último tango del reproductor. Pregunta dónde quedó nuestro abrazo: no era a mí a quien abrazaba, si no al Mr. Hide que lo miraba desde el lado opuesto del sexo con el deseo de quien se desea a sí mismo. No me extraña a mí. Seremos errantes toda la vida. No nos encontraremos jamás, porque somos extremos de la misma serpiente. Acaso si alguna vez nos dimos una mirada que nos atravesó el espanto y que se pareció  al amor, apenas.

jueves

Subtítulos


There were always in me, two women at least,
one woman desperate and bewildered,
who felt she was drowning and another who
would leap into a scene, as upon a stage

Anaïs Nin



Donde dije nada debí decir que aún percibo la transformación que me dejaste, que se me hace evidente ahora en el tiempo, en la perspectiva, en la voz que se me quiebra cuando quiero hablarte de esto. No me sale decir que el amor esquivó sus propias formas concretas y me dejó con el camino abierto hacia otras ciudades necesarias. Que supiste andar por mis lados oscuros siendo Henry Miller vulnerando mi versión de las cosas y que nos miramos en los mismos espejos, siendo a la vez aliados y contrincantes que se odiaban con todas las frutas del amor. Si la vida viniera con subtítulos, cuando dije adiós, que andes bien, quise decir que serás siempre una zamba que tiene pena y vuelve todas las noches en todas las lunas en todas las guitarras. Quise decir que todos los recuerdos tuyos tienen reminiscencias marinas que no puedo dejar ir. Y que en el mundo hay menos poesía.



lunes

a lágrima viva

A veces lloro de noche, me invade algo mudo, se me sube el mundo a la boca y lloro. Se me llena de miedos la cama, lloro por las ausencias, por mis abuelos, por mi casa. Me tapo la cara con las manos y lloro un llanto que me hace doler los dientes, que tiene nombres, que tiene fechas, que tiene fotos. Lloro algo que se parece al amor que tuvimos y que no puedo darte. Lloro mi tristeza de mujer adulta, de los muchos cuerpos que soy. Lloro por el futuro, por un futuro, por ese futuro. Por todas las cosas que no pude decir, por mi mamá y los abrazos que no le doy. Lloro a veces porque me siento sola.  Porque es el revés de esta vida bella, que tiene algunos agujeros por donde pasa el frío y el tiempo. Es un llanto que no se queja. Me exorcizo y lo saco y se me moja la almohada de mares viejos. Cierro los ojos de llanto, me permito la tristeza, puedo decir que la felicidad tiene su trabajo crudo que es éste, el de patear la noche con jadeos cortitos y tragarse las lágrimas que vienen. A veces lloro estirando la madrugada y me levanto porque no doy más y escribo esto.

martes

ciudades



San Telmo nocturno

“Feliz de ella que estaba dentro de la pieza, que tenía derecho de ciudad en todo lo que tocaba y convivía, pez río abajo, hoja en el árbol, nube en el cielo, imagen en el poema”.

  Capítulo 3 - Rayuela




¿de qué otra manera se puede
andar por una ciudad si no es dejándose mezclar con sus olores complejos y sus vueltas imprevistas, si al paso no le damos el peso suficiente de nuestros pies en el suelo, que buscan hacerse lugar en este pedazo de mundo del sur? ¿cómo se camina una ciudad si no es levantando la cara para que el sol nos amenace dulcemente para llenar de sombra las ventanas que viven todas a su ritmo, con sus macetas, con sus inquilinos de tristezas diferentes? ¿cómo es eso de no hacer consciente el lugar de los encuentros, los bares viejos llenos de café, la parada del colectivo en las memorias de nuestros años, cómo es aquello de mirar de costado el río y no dejarse ir cuando la postal es una barranca que tiene marcas que dicen que el mar antes estuvo allí? ¿cómo leer en la pared que Lucas le dice a Ana que la extraña y no preguntarse si se habrán vuelto a encontrar en la ciudad paisaje? No concibo otro modo de andar por la ciudad. Otro que no sea ser vulnerable, arriesgarse a decir que uno estuvo aquí. Que el cuerpo lo diga, que lo digan los pies. Que andar sea, también, además, y por sobre todas las cosas, dejarse atravesar por el otoño bello que nos hiere de muerte, para volver a vivir y a morir cuantas veces sea necesario.

miércoles

abrir

Todo se parece más a la libertad y a los pájaros cuando le damos la vuelta al miedo y lo miramos de cerca y le decimos chau.

jueves

la casa de mi abuela




Mi abuela venderá su casa. Hay un cartel en el frente que la ofrece al que haga la mejor oferta. El cartel tiene un teléfono y es el teléfono de mi abuela. Me quedo pensando en qué significa esa casa y probablemente ese lugar no sea geográfico ni pueda ubicarse por el Google Earth. En esa casa estrené uno de mis primeros llantos, cuando apenas tenía días de llegada. Mi madre me confió en esos brazos, en esos abuelos felices y enrarecidos conmigo.

Recuerdo que, cuando mis viejos se separaron, esa casa era, además, el encuentro con mi papá. Aún si él no estaba, estaban sus cosas: una habitación, una pandereta, un vaso de Boca, un certificado que decía “facultad de ciencias de la educación”, su perfume de adolescente solitario.

Esa casa tiene un living, como todas las casas, pero en ese hay luz, una luz distinta, con una imagen de mí despatarrada mirando telemúsica y ranking 26 mientras que un vaguito (que después terminó cantando en una publicidad de jabón en polvo) anunciaba el puesto número uno y decía que era só pra contrariar.

Hay una vereda también, que debe guardar las marcas de mi bicicleta y algunas pintitas de mi sangre.

Siguiendo hacia adentro, la casa tiene un comedor que fue testigo de mis personajes ridículos, como “la china” o “la embarazada payaso”. En ese comedor me descontrolé jugando al Mario Bros y escribí mi primer diario íntimo cuando cumplí nueve.

En la cocina, que le sigue al comedor, tomé sopa caliente con pancitos adentro. Y le cociné la última comida a mi abuelo, antes de que se me fuera. Hay un grabador en esa cocina, un poco más moderno ahora, con el que escuchábamos Rodrigo a todo volumen cuando se murió y bailamos con mi hermana y la abuela a los saltos y a los gritos, como exorcizándonos de la muerte y provocándola por obscena y mala.

Uno de los lugares más importantes de la casa es el patio, sin dudas. Hay una pared de jazmines que será por los años de los años el recuerdo sensorial más fuerte que tendré. Todos los objetos que habitan ese patio tienen la mano de mi abuelo como marca indeleble: los canteros, la churrasquera techada, la hamaca del galpón que en días hábiles dormía atada sobre un clavito en la pared y una estatuilla de un Jesucristo manco.

Todo ese patio se proyecta hoy en mí como escenario principal de la niñez. En el verano había una pileta anaranjada que era para nosotras el paraíso, el punto de llegada de un año de escuela, lo merecido. En el cielo de ese patio se veían más estrellas a la noche que en mi casa. Y el recuerdo que tengo de esa imagen está atravesado por un alambre lleno de brochecitos para la ropa. Eran parte del cielo, porque nunca dejaban de estar allí.

En ese patio había almuerzos, un fuentón lleno de agua para chapalear y dibujitos pintados con témpera o bolitas de plastilina. Había una hamaca paraguaya, improvisada por abuelo, que la ataba a dos columnas con nuditos irreplicables.

Aún puedo sentir el sabor de los maníes tostados que abuela hacía para nosotras, mientras nos ayudaba a armar una carpita de frazadas y sillas para guarecernos de la siesta fría. Ahí: la abuela, mi hermana y yo arropadas y riendo. Nada malo podía pasar.

Había un lugar en la casa que se denominó espontáneamente “el costado”. Es una especie de salón de usos múltiples (ahora existen palabras con onda para nombrarlo) con un tablón largísimo, un tocadiscos, un par de sillones y todos mis cassettes. Ahí abuelo me enseñaba matemáticas y yo no aprendía.

Abajo del tablón me escondí a los cuatro años, una siesta de mayo, a tocar una guitarrita que me habían regalado con el cuento de que la hermanita me la había traído de la panza. Como mi madre estaba ocupada con la nueva, yo lloré mi pena rasgando la guitarrita durante horas, hasta que me salió sangre del pulgar.

El costado fue fondo de foto de todos los cumpleaños de la familia, de varias navidades y de muchos años nuevos. Ahí festejé el cumpleaños al que no fue nadie y yo lloré toda la tarde, mirando la decoración con globos largos y una muñeca en la torta, que compartimos con mi hermana y mi papá mientras mi abuela servía chocolate.

Me cuesta pensar que ese espacio no estará más para nosotros. Para mí. Habrá otros lugares, sin dudas, que ocuparé y celebraré, pero esa casa me tiene a mí ahí dentro. Me sentiré desarraigada de infancia, de juventud. Sentiré que ahí queda mi abuelo, mi origen, el sol del patio. Ahí se quedará mi hermana cuando era pequeña, las rebeldías, la creación. El amor de mi abuela a la mañana y el olor a incienso de las cosas de mi papá.

Lo dejaré ir, como se dejan ir los amores. Será otra cosa ese espacio, lo transformarán, como yo me transformo todos los días. Sería injusto pedirle otra cosa.

lunes

imprevisto

Qué se yo qué fue eso. Si un soplo del dios que no conozco ni me conoce, si un verso de juanele hecho río o un paisaje de la ventana que da a una plaza con niños y perros. No sé si tendré que guardarlo en el anecdotario o si lo llamaré misterio a secas. Lo cierto es que la semana subió como montaña rusa, me dio los crujientes alegres del otoño y me guardó para después todos los chocolates que quiero en un cajón. El devenir tuvo por fin un pedacito de empiria que huele a café y a ropa que se seca al sol.




Sea lo que sea que haya sido: si la vida se abre así, inesperada y llena de pájaros, si la vida es, de un momento a otro, la fugacidad de un abrazo cálido y una noche con ínfulas de crepúsculo en mi pieza, yo me quiero quedar en ella.

A por ello

Lucía y el sexo- Julio Medem
Será que no me puedo contentar. Será que me duele el mundo y tengo que hacer estos viajes intergalácticos hacia el fondo de la música para raspar un poco de magia, para amar lo que queda. El cuerpo mío que no para de pedir arrebato y rebelión contra la muerte y me transformo a cada rato para recibir estímulos sonoros y fraseos que subliman, yo sé que subliman.
Leo poesía, la escucho en bocas distintas. Me provocan y me enamoro de todas.
Traspolo los deseos en esta proyección que me activa quién sabe qué cosa. Sueño, sueño todo el tiempo que estoy ahí, que son ciertas mis ganas, que todo sucede. 
¿Qué quiero?
Estoy empezando a pensar que es más fácil concretarlo que saberlo.
A por ello, entonces.

Que la fuerza esté contigo

Ya está, ya está. Si yo le dije que no nos viéramos más, que no me escribiera. Ya está, listo. Dejo el celular en la mesa y me olvido, me olvido.

Aunque sea un “estoypensando” o “estoypensando en vos...” no, no. Encima con puntos suspensivos, no. No seas kamikaze.

Un “hola”.
Qué te pasa, nena, un hola se parece más a un llamado de auxilio que a una frase resuelta. Y si es eso, un hola, nada más, estoy pensando en vos (ahí va de nuevo) y nada. Sólo tengo ganas de volver a tener la posibilidad de escribirte y que esa posibilidad incluya a la vez la sopresa de que me podés escribir vos en el momento menos pensado. Qué lindo eso.

No, tampoco.

Pero un miércoles, por ejemplo, dejaba de ser tedioso y en medio del ruido ese de la ciudad a las seis me llegaba un “hola” que, aunque ajustado, me suspendía el tiempo y me empujaba hacia otro, más frenético pero agradable, que me hacía olvidar de que todos nos íbamos a morir en algunos años y de que tenía que pagar la luz. Despues volvía, sí, como si nada. Seguía en mi condición de mortal, urbana y sudaca a lavar los platos y escribir noticias.

Entonces “Hola. Escribime para sacudirme un poco esta grela que es la vida diurna. Para contarme que estás deviniendo otra cosa y que te abruma lo mismo que a mí”.

No, eso es muy explícito. Y no acostumbro.

Dejo el teléfono ahora en el escritorio. Ya es de noche. Listo, un día más manejando la voluntad. Ya va a pasar.

Me acuesto pensando en todo lo que quiero decir. Me quedo con la pica. Qué feo es quedarse con la pica. Porque pica. Me pregunto cómo hacen los que toman decisiones y las sostienen. Cómo hacen las monjas, los que se casan, los que deciden escalar el aconcagua, los testigos de jehová que tienen que predicar el mismo verso todos los días de su vida. Me duele el cuerpo de pensarlo.

Juego con el teléfono mientras pongo veintiocho alarmas para el día siguiente. Mientras escribo, para acordarme: “mi gran problema es la fuerza de voluntad”. El dedo reacciona solo, apreta “enviar”. Y antes de volver a la realidad y poder fijarme a quién carajos le fue mi exabrupto, me llega un mensaje de “mamá cel” que dice “ya lo sé, hija, hasta mañana".