martes

Cerezo en flor










[Las familias japonesas salen al campo y a los jardines de las ciudades para ver a los cerezos florecer y beber sake debajo de estos árboles. La flor del cerezo es la vida simple y pura y el cerezo en flor es el símbolo del paso del tiempo y la floración es un instante feliz que representa el renacer de la vida].



De cerezas y avellanas dice el jabón que está compuesto
me lavo el cuerpo
y desde aquí puedo ver la noche
un agua más clara que corre
una casa de crepúsculo naranja
un cerezo serafín en el patio que florece tímido con los preludios de la primavera
una mano que me acaricia la piel y las ideas
con la minuciosidad del tiempo y la ternura
bien podría ver en el cerezo un árbol indeciso y modesto
floreciendo en su sequedad aparente
o decir que la ola polar estaba prevista para mí
y no tener un mango partido al medio
desde el día diez
bien podría yo pensar que el crepúsculo es cursi
y decir puta madre
y la mano, cualquier mano permutable, podría ser
la vida una mierda también
si me lo propongo
pero resulta que no

mientras el jabón de cerezas y avellanas me acaricia
y el agua me quema deliciosamente
lo veo todo muy claro
me quiero a mí así
sublimada de emoción
con el cerezo allá en el patio
floreciendo sin barullo
la compañía del té y el bizcochuelo
abrazando
hablando del amor
haciéndolo
acunándolo
mirando a los seres que quiero cerca de todas maneras
como un jabón de cerezas y avellanas, cerca
de la piel y las ideas, cerca.

viernes

Tengo murciélagos en el techo
Entre el cielo y yo hay decenas, qué digo, cientos de ellos
que chillan, se cortejan, se alimentan
Me colman la cama de pánico mudito
de insomnio
Camino de noche como cuando niña
En busca de consuelo, de un poco de agua
Me pregunto cuántas veces tendré que explicar
Todas las formas del amor que se me ocurren
Cuándo te veré y te contaré todo esto que me pasó y me pasa
Con los murciélagos, con los augurios, con mis libros
Con vos, con los otros
Cuándo sabrás que tuve que salir como rayo de ese lugar
En el que me resoplabas los restos de un deseo moribundo
que entraban en mí como nudo en el  plexo solar
 
                                                      entre el ombligo y el corazón

Los roedores que vuelan y no se callan
en la oscuridad me tienen sola y presa
quisiera ser otra, líquida, apropiada

                                                          acontecer, zarpar
 
despertarme rápido  y empezar el día
Resolviendo a la vez mi carrera y mis letras
Mis impuestos,  mis padres,  el wi fi
La cucharita de dulce de leche que me como de madrugada
Mirando cómo se aguanta esa ciudad de la ventana
Los sonidos agudos y penetrantes de estos vampiritos
Que se obstinan en intermediar con el cielo
Y golpean mi cielorraso con aleteos de comunidad movilizada
Ando de día con ojeras azules, con hambre en el pecho
Y con citas que postergo para nunca



Cuando no estén más
los murciélagos
tendré menos excusas
y empezaré a nombrarte.


sábado

Sr.

No me extraña a mí.
Quizá las letras, quizá la luna. Pero no a mí.
Busca el espejo que nos vio, la historia que supo decirnos. Quiere encontrar en la canción una armonía, una mixtura de notas que le cuente lo que tuvimos y que la piel reaccione llenándole de viento el corazón. Quiere hallar la figura que armó, que se parece a mí. Quiere desafiarme a no quererlo y que se lo justifique con el último tango del reproductor. Pregunta dónde quedó nuestro abrazo: no era a mí a quien abrazaba, si no al Mr. Hide que lo miraba desde el lado opuesto del sexo con el deseo de quien se desea a sí mismo. No me extraña a mí. Seremos errantes toda la vida. No nos encontraremos jamás, porque somos extremos de la misma serpiente. Acaso si alguna vez nos dimos una mirada que nos atravesó el espanto y que se pareció  al amor, apenas.

jueves

Subtítulos


There were always in me, two women at least,
one woman desperate and bewildered,
who felt she was drowning and another who
would leap into a scene, as upon a stage

Anaïs Nin



Donde dije nada debí decir que aún percibo la transformación que me dejaste, que se me hace evidente ahora en el tiempo, en la perspectiva, en la voz que se me quiebra cuando quiero hablarte de esto. No me sale decir que el amor esquivó sus propias formas concretas y me dejó con el camino abierto hacia otras ciudades necesarias. Que supiste andar por mis lados oscuros siendo Henry Miller vulnerando mi versión de las cosas y que nos miramos en los mismos espejos, siendo a la vez aliados y contrincantes que se odiaban con todas las frutas del amor. Si la vida viniera con subtítulos, cuando dije adiós, que andes bien, quise decir que serás siempre una zamba que tiene pena y vuelve todas las noches en todas las lunas en todas las guitarras. Quise decir que todos los recuerdos tuyos tienen reminiscencias marinas que no puedo dejar ir. Y que en el mundo hay menos poesía.



lunes

a lágrima viva

A veces lloro de noche, me invade algo mudo, se me sube el mundo a la boca y lloro. Se me llena de miedos la cama, lloro por las ausencias, por mis abuelos, por mi casa. Me tapo la cara con las manos y lloro un llanto que me hace doler los dientes, que tiene nombres, que tiene fechas, que tiene fotos. Lloro algo que se parece al amor que tuvimos y que no puedo darte. Lloro mi tristeza de mujer adulta, de los muchos cuerpos que soy. Lloro por el futuro, por un futuro, por ese futuro. Por todas las cosas que no pude decir, por mi mamá y los abrazos que no le doy. Lloro a veces porque me siento sola.  Porque es el revés de esta vida bella, que tiene algunos agujeros por donde pasa el frío y el tiempo. Es un llanto que no se queja. Me exorcizo y lo saco y se me moja la almohada de mares viejos. Cierro los ojos de llanto, me permito la tristeza, puedo decir que la felicidad tiene su trabajo crudo que es éste, el de patear la noche con jadeos cortitos y tragarse las lágrimas que vienen. A veces lloro estirando la madrugada y me levanto porque no doy más y escribo esto.

martes

ciudades



San Telmo nocturno

“Feliz de ella que estaba dentro de la pieza, que tenía derecho de ciudad en todo lo que tocaba y convivía, pez río abajo, hoja en el árbol, nube en el cielo, imagen en el poema”.

  Capítulo 3 - Rayuela




¿de qué otra manera se puede
andar por una ciudad si no es dejándose mezclar con sus olores complejos y sus vueltas imprevistas, si al paso no le damos el peso suficiente de nuestros pies en el suelo, que buscan hacerse lugar en este pedazo de mundo del sur? ¿cómo se camina una ciudad si no es levantando la cara para que el sol nos amenace dulcemente para llenar de sombra las ventanas que viven todas a su ritmo, con sus macetas, con sus inquilinos de tristezas diferentes? ¿cómo es eso de no hacer consciente el lugar de los encuentros, los bares viejos llenos de café, la parada del colectivo en las memorias de nuestros años, cómo es aquello de mirar de costado el río y no dejarse ir cuando la postal es una barranca que tiene marcas que dicen que el mar antes estuvo allí? ¿cómo leer en la pared que Lucas le dice a Ana que la extraña y no preguntarse si se habrán vuelto a encontrar en la ciudad paisaje? No concibo otro modo de andar por la ciudad. Otro que no sea ser vulnerable, arriesgarse a decir que uno estuvo aquí. Que el cuerpo lo diga, que lo digan los pies. Que andar sea, también, además, y por sobre todas las cosas, dejarse atravesar por el otoño bello que nos hiere de muerte, para volver a vivir y a morir cuantas veces sea necesario.

miércoles

abrir

Todo se parece más a la libertad y a los pájaros cuando le damos la vuelta al miedo y lo miramos de cerca y le decimos chau.

jueves

la casa de mi abuela




Mi abuela venderá su casa. Hay un cartel en el frente que la ofrece al que haga la mejor oferta. El cartel tiene un teléfono y es el teléfono de mi abuela. Me quedo pensando en qué significa esa casa y probablemente ese lugar no sea geográfico ni pueda ubicarse por el Google Earth. En esa casa estrené uno de mis primeros llantos, cuando apenas tenía días de llegada. Mi madre me confió en esos brazos, en esos abuelos felices y enrarecidos conmigo.

Recuerdo que, cuando mis viejos se separaron, esa casa era, además, el encuentro con mi papá. Aún si él no estaba, estaban sus cosas: una habitación, una pandereta, un vaso de Boca, un certificado que decía “facultad de ciencias de la educación”, su perfume de adolescente solitario.

Esa casa tiene un living, como todas las casas, pero en ese hay luz, una luz distinta, con una imagen de mí despatarrada mirando telemúsica y ranking 26 mientras que un vaguito (que después terminó cantando en una publicidad de jabón en polvo) anunciaba el puesto número uno y decía que era só pra contrariar.

Hay una vereda también, que debe guardar las marcas de mi bicicleta y algunas pintitas de mi sangre.

Siguiendo hacia adentro, la casa tiene un comedor que fue testigo de mis personajes ridículos, como “la china” o “la embarazada payaso”. En ese comedor me descontrolé jugando al Mario Bros y escribí mi primer diario íntimo cuando cumplí nueve.

En la cocina, que le sigue al comedor, tomé sopa caliente con pancitos adentro. Y le cociné la última comida a mi abuelo, antes de que se me fuera. Hay un grabador en esa cocina, un poco más moderno ahora, con el que escuchábamos Rodrigo a todo volumen cuando se murió y bailamos con mi hermana y la abuela a los saltos y a los gritos, como exorcizándonos de la muerte y provocándola por obscena y mala.

Uno de los lugares más importantes de la casa es el patio, sin dudas. Hay una pared de jazmines que será por los años de los años el recuerdo sensorial más fuerte que tendré. Todos los objetos que habitan ese patio tienen la mano de mi abuelo como marca indeleble: los canteros, la churrasquera techada, la hamaca del galpón que en días hábiles dormía atada sobre un clavito en la pared y una estatuilla de un Jesucristo manco.

Todo ese patio se proyecta hoy en mí como escenario principal de la niñez. En el verano había una pileta anaranjada que era para nosotras el paraíso, el punto de llegada de un año de escuela, lo merecido. En el cielo de ese patio se veían más estrellas a la noche que en mi casa. Y el recuerdo que tengo de esa imagen está atravesado por un alambre lleno de brochecitos para la ropa. Eran parte del cielo, porque nunca dejaban de estar allí.

En ese patio había almuerzos, un fuentón lleno de agua para chapalear y dibujitos pintados con témpera o bolitas de plastilina. Había una hamaca paraguaya, improvisada por abuelo, que la ataba a dos columnas con nuditos irreplicables.

Aún puedo sentir el sabor de los maníes tostados que abuela hacía para nosotras, mientras nos ayudaba a armar una carpita de frazadas y sillas para guarecernos de la siesta fría. Ahí: la abuela, mi hermana y yo arropadas y riendo. Nada malo podía pasar.

Había un lugar en la casa que se denominó espontáneamente “el costado”. Es una especie de salón de usos múltiples (ahora existen palabras con onda para nombrarlo) con un tablón largísimo, un tocadiscos, un par de sillones y todos mis cassettes. Ahí abuelo me enseñaba matemáticas y yo no aprendía.

Abajo del tablón me escondí a los cuatro años, una siesta de mayo, a tocar una guitarrita que me habían regalado con el cuento de que la hermanita me la había traído de la panza. Como mi madre estaba ocupada con la nueva, yo lloré mi pena rasgando la guitarrita durante horas, hasta que me salió sangre del pulgar.

El costado fue fondo de foto de todos los cumpleaños de la familia, de varias navidades y de muchos años nuevos. Ahí festejé el cumpleaños al que no fue nadie y yo lloré toda la tarde, mirando la decoración con globos largos y una muñeca en la torta, que compartimos con mi hermana y mi papá mientras mi abuela servía chocolate.

Me cuesta pensar que ese espacio no estará más para nosotros. Para mí. Habrá otros lugares, sin dudas, que ocuparé y celebraré, pero esa casa me tiene a mí ahí dentro. Me sentiré desarraigada de infancia, de juventud. Sentiré que ahí queda mi abuelo, mi origen, el sol del patio. Ahí se quedará mi hermana cuando era pequeña, las rebeldías, la creación. El amor de mi abuela a la mañana y el olor a incienso de las cosas de mi papá.

Lo dejaré ir, como se dejan ir los amores. Será otra cosa ese espacio, lo transformarán, como yo me transformo todos los días. Sería injusto pedirle otra cosa.

lunes

imprevisto

Qué se yo qué fue eso. Si un soplo del dios que no conozco ni me conoce, si un verso de juanele hecho río o un paisaje de la ventana que da a una plaza con niños y perros. No sé si tendré que guardarlo en el anecdotario o si lo llamaré misterio a secas. Lo cierto es que la semana subió como montaña rusa, me dio los crujientes alegres del otoño y me guardó para después todos los chocolates que quiero en un cajón. El devenir tuvo por fin un pedacito de empiria que huele a café y a ropa que se seca al sol.




Sea lo que sea que haya sido: si la vida se abre así, inesperada y llena de pájaros, si la vida es, de un momento a otro, la fugacidad de un abrazo cálido y una noche con ínfulas de crepúsculo en mi pieza, yo me quiero quedar en ella.

A por ello

Lucía y el sexo- Julio Medem
Será que no me puedo contentar. Será que me duele el mundo y tengo que hacer estos viajes intergalácticos hacia el fondo de la música para raspar un poco de magia, para amar lo que queda. El cuerpo mío que no para de pedir arrebato y rebelión contra la muerte y me transformo a cada rato para recibir estímulos sonoros y fraseos que subliman, yo sé que subliman.
Leo poesía, la escucho en bocas distintas. Me provocan y me enamoro de todas.
Traspolo los deseos en esta proyección que me activa quién sabe qué cosa. Sueño, sueño todo el tiempo que estoy ahí, que son ciertas mis ganas, que todo sucede. 
¿Qué quiero?
Estoy empezando a pensar que es más fácil concretarlo que saberlo.
A por ello, entonces.

Que la fuerza esté contigo

Ya está, ya está. Si yo le dije que no nos viéramos más, que no me escribiera. Ya está, listo. Dejo el celular en la mesa y me olvido, me olvido.

Aunque sea un “estoypensando” o “estoypensando en vos...” no, no. Encima con puntos suspensivos, no. No seas kamikaze.

Un “hola”.
Qué te pasa, nena, un hola se parece más a un llamado de auxilio que a una frase resuelta. Y si es eso, un hola, nada más, estoy pensando en vos (ahí va de nuevo) y nada. Sólo tengo ganas de volver a tener la posibilidad de escribirte y que esa posibilidad incluya a la vez la sopresa de que me podés escribir vos en el momento menos pensado. Qué lindo eso.

No, tampoco.

Pero un miércoles, por ejemplo, dejaba de ser tedioso y en medio del ruido ese de la ciudad a las seis me llegaba un “hola” que, aunque ajustado, me suspendía el tiempo y me empujaba hacia otro, más frenético pero agradable, que me hacía olvidar de que todos nos íbamos a morir en algunos años y de que tenía que pagar la luz. Despues volvía, sí, como si nada. Seguía en mi condición de mortal, urbana y sudaca a lavar los platos y escribir noticias.

Entonces “Hola. Escribime para sacudirme un poco esta grela que es la vida diurna. Para contarme que estás deviniendo otra cosa y que te abruma lo mismo que a mí”.

No, eso es muy explícito. Y no acostumbro.

Dejo el teléfono ahora en el escritorio. Ya es de noche. Listo, un día más manejando la voluntad. Ya va a pasar.

Me acuesto pensando en todo lo que quiero decir. Me quedo con la pica. Qué feo es quedarse con la pica. Porque pica. Me pregunto cómo hacen los que toman decisiones y las sostienen. Cómo hacen las monjas, los que se casan, los que deciden escalar el aconcagua, los testigos de jehová que tienen que predicar el mismo verso todos los días de su vida. Me duele el cuerpo de pensarlo.

Juego con el teléfono mientras pongo veintiocho alarmas para el día siguiente. Mientras escribo, para acordarme: “mi gran problema es la fuerza de voluntad”. El dedo reacciona solo, apreta “enviar”. Y antes de volver a la realidad y poder fijarme a quién carajos le fue mi exabrupto, me llega un mensaje de “mamá cel” que dice “ya lo sé, hija, hasta mañana".

jueves

el gerundio más difícil

Yéndose si querer. Sin querer irse. Alejándose por el camino ya andado y descubriéndose distinta. Yéndose a paso lento, por las dudas y por las sorpresas.
Bajando las escaleras, sacando un saquito de té de la caja recién pintada y ordenando emociones mientras se calienta el agua en la soledad que tienen todas las cocinas a las dos de la mañana. Apurando el paso porque aparecen más palabras que decir en ese texto. Muchas más palabras que decir, aún después de pensar que las había dicho a todas y que había explotado los márgenes del lenguaje en una supuesta guerra de posibilidades y derrotas.
Continuar alejándose buscando una canción en el reproductor y dando con Herbie Hancock en un piano sutil y una damita que dice It was the hexagram of the heavens, It was the strings of my guitar. Alejándose del modo que se puede, escuchando la conversación entrecortada de los que están abajo de la ventana ah, no sé, yo ya te dije, gil. ¿ahora qué vas a hacer? No sé, no sé, quedó en llamarme, pero ya son las dos y media. Quitándose con gusto los restos del día, una crema, un pijama, un libro, un reloj. Y buscando el sueño para irse mejor por un rato. Yéndose de nuevo, al otro día, descubriendo que sigue en blanco y negro la vida y nada la cambia por ahora. Dándose cuenta de que no hay feeling con el muchacho que acaba de conocer. Que ni siquiera la malicia lo salva y hace preguntas bobas, que no la llevan a donde ella quiere ir. Y que la conversación lo deja inerte, blandito, aunque ella insista con furia a que sí, a que sí.

(a—¿sos romanticona?

b—no, no soy romántica, preferiría hablar de otra cosa...

a—¿preferís hacer el amor o tener sexo?... ¡qué pregunta, eh!

b—prefiero que te vayas

a—¿a qué te referís?

b—te llamo un taxi)

Alejándose de la manera que no conoce aún, yéndose con todos los recuerdos ahí, en el hipotálamo, golpeando cada surco por donde la piel se escama. Amaestrando a los perfumes que vienen a complicarle la noche y a todas las imágenes de todos los cuartos. Yéndose como puede, como debe ser: con toda la sangre en contradicción y la sensación siempre falsa de morir.

domingo

Esperando el cambio de paradigma

-El rato en que el equinoccio de otoño le juntó las manos y supo escribir así-

Que no se me haga tan difícil esto de decir mi nombre. No buscar ser anónima en la calle. No querer pasar desapercibida. No ponerme más esa remera negra. Cortarme el pelo. Teñirme de color rojo. Prender la luz. Abrir la ventana. Dejar de pensar un seudónimo. Poner mi nombre en un libro que acabo de comprarme. O dedicar un libro que acabo de regalar. Firmar un correo. Sentirme libre. Tomar el tiempo que quiere el sexo tomarse. Quedarme en silencio. Que ahí diga que soy yo. Salir de la metáfora: los mates metafóricos, las camas metafóricas, los cuerpos metafóricos, esto tan metafórico, el tiempo metafórico. Quiero ser literal. Llamarle a esto angustia. Y que te vayas por esa puerta hacia el ocaso del signo.

martes

El silencio desde donde la música es posible

Silencio este que grita cada vez más fuerte. Hijo del deseo silencio morboso. Silencio maricón que le cuenta a los cuatro vientos del litoral que no se las aguanta. Silencio este por donde todas las posibilidades son ciertas. Por donde las palabras hacen lo que quieren y significan. Y este cursor titilante que me exprime la cabeza. Que me llena la lengua de personajes miserables. Estos sujetopredicados cagones que no se dejan enviar y me llenan la casilla de borradores.


domingo

Metamorfosis

Hace un tiempo escribía sobre la metamorfosis. Sobre la necesidad de dejar de ser crisálida y de subirme de una vez a mis ganas ciertas de vivir. La transformación se hizo: Soy mujer asombrada. Tengo la conciencia absoluta de los momentos. Me toca el otoño y se me eriza la piel. Tengo la risa, la increíble risa. La música me violenta y de la garganta salen sonidos amigables y necesarios. Tengo la pluma que quiero: las palabras se dejan ver con la simpleza y la complejidad de un espejo. Ahí está la soledad, esperandome, amiga, por las noches para imaginar miles de escenarios exagerados y florecidos. A la luna mirándome, a mis libros abrigando la vigilia y a los que escriben, que se empeñan en apalabrar a estos paisajes. Y tengo el llanto, el antiguo llanto que me salva. Y este espanto que me quita el sueño.

El mareo ahora es el signo del movimiento. No me asusta. La metamorfosis termina y empieza otra cuando me veo las primeras alas, que me deja en otro lado, recomenzando, siempre. Y qué lindo: Nunca llego a ser mariposa.

martes

Lejanas


"Explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome"
Alejandra Pizarnik



Espejo


Cómo es esto, la vida pasa y el derrumbe  
los años los nombres  los autos  
y sigo al pie de la palabra  
como la primera vez

-Ana-

 
***

Fade out


Desvaneciéndote. Así como la arena. Desvaneciéndote de a poco entre paisajes y canciones. Y ahora entiendo un poco qué hacía yo ahí, en los pliegues de tu discurso, obligándome a escabullirme entre el sonido y la teoría. Te apagas ahora como una luz que puedo ver cada vez menos y me alejo y el campo es verde, ondulado y verde y no te veo, casi no te veo, amor. Y si esa luz era intensa y me retaba a quererte ya no importa. Se desvanece y queda pobre, sonsa, tan nimia la luz que me da pena mirarla. Y en la oscuridad, sobre un auto que va hacia el sur, me rindo, un poco ajena, un poco contenta de que quedes ahí tan lejos, como siempre y que no importe.

-Raquel-

***


Fast forward


Y entonces el espasmo
lleno de sal me reduce
a una simple suelta de demonios
empeño el ritmo sin aliento
ubico mis huesos alrededor
del mar tibio y sanguíneo
que baila
baila
al compás de los dientes
la saliva ocupando
el espacio vivo que respira debajo mío
que me sigue
mientras agonizo
por la lentitud de vocales
en el cuerpo dejando astillas
es austero y las caricias
son serpientes mudas
como en el comienzo



-Elena-

***

El insomnio de Inés en Buenos Aires la noche previa a su casamiento en Madrid



mail 1: la metáfora

Quizá busque 
entre los papeles  
en la delgada línea  
que sigue a mi lapicera
y me detenga frente a un garabato
que bien podría ser tu nombre  
o el del personaje secundario  
el plot point  
el cambio de rumbo  
de mi historia en esta ciudad

mail 2: la amenaza 
No te atrevas. no quieras ser más que eso
O te mato en un invierno crudo de nueva york cuando escriba el capítulo siete.
  
mail 3: la despedida
No sé cómo voy a hacer
pero yo te voy a sacar de acá
de mis sueños
de los textos
de mi esponja azul

voy a cortar despacio
una por una
todas tus caras en el espejo
y tendré que llorar
por la dudas
y las prevenciones
no sé cómo voy a hacer
pero te voy a sacar
del bosillo de mi cartera
de las cosas que me olvido -o que pienso que me olvido- en todos lados
del teléfono
te voy a sacar hasta de tu propio nombre
en la tinta de mi lapicera
y voy a preferir olvidar
aunque sea lo último que haga.
 
-Inés-

sábado

Make up III



Debajo de la silla el flujo de gusanos
debajo el odio y las muecas
palabras al oído que tiran el protocolo
palabras como saliva espesa
resoplidos y tensos
los músculos
asesores legales
farsas abajo
debajo de la silla de patas cortas
río de mierda que corre
sudor tibio por encima
y las ventanas empañadas
de aliento
de mentiras
minuto de silencio
y restos de mundo dejado afuera
lectura del acta
persecuta del que me mira escribiendo
y boquea
pedazo de estúpido que mira
que mira

poesía es
date cuenta

lectura del balance
y el mirón se acerca
con los ojos llenos de agua sucia
y me sopla en la espalda
algo que no puedo escuchar
pero que me empuja
con la fuerza de la lluvia
hacia afuera
y me libera
*
*
*
*
*

la hamaca

rodillas peladas, hamaca improvisada de abuelo, tiempo, verano y niñez.


jueves

hoy es siempre todavía

Hoy es siempre todavía,
toda la vida es ahora

(Antonio Machado)


Este blog no tendría nada para decir, o mejor dicho, yo no tendría nada para decir si no me hubiera dado cuenta (a fuerza de muerte, a fuerza de ausencia) que la historia es hoy, en el mismísimo momento en que velan a un ex presidente y junto con él, a un engranaje de decisiones, o a un modo de acción que hicieron visibles las cosas que sólo existían discursivamente en nuestras charlas íntimas y con pares. Y que yo quiero estar presente con toda mi sangre en esa historia. Porque la muerte sacude, mueve fichas y me recuerda qué tan viva estoy, mientras tanto.

martes

No sólo Montaner es feliz

Sí, claro, que no es permanente. Que la felicidad es un montoncito, una actitud, un segundo, un momento. Que esa paparruchada de “ser feliz para siempre” no sólo no es cierta, sino que nos opaca aquello que realmente existe o sucede. Pequeños fragmentos del día, de la noche (o de la vida, según la escala) que nos arrullan el estómago y nos dejan plenos, como una tarde al sol. Y para no olvidarme, me encuentro inventariando todos esos minúsculos momentos. Si resignificándolos resulta que me parece felices, entonces lo fueron. Aunque mientras duraban, mientras duraron, mientras duran, yo no lo pueda, ni lo pude ver con esa claridad.

Así que el desayuno de mi abuela en la cama; cuando la señorita Soledad apareció por esa puerta; cuando encontré Inventario de Benedetti tirado en el lavadero de mi tía, y supe que ese era un camino que empezaba; cuando Julieta trajo junto con su nacimiento una guitarra para mí; el preciso momento en que la pileta anaranjada comenzaba a llenarse; cuando sostuve en mis manos mi primera planta de jazmín; cuando mi hermana Ana me regaló un alcancía producto de sus propias manos; las dedicatorias de los libros que me regala mi padre; cuando conocí el mar; un cartel que decía “sorpresa!” sobre mi cama, escondiendo un libro de Alejandra Pizarnik; el clasificado que decía “casa de tres dormitorios”; la foto de mi mamá en una playa de San Clemente; cuando caminé Isla Negra; cuando canto “Zamba de usted” con la Cris; el momento en que conocí a mis hermanos, que venían de otros mundos; el balcón de tu casa a la noche; cuando mi voz se entregó en la última frase de una vidala; cuando bailamos cumbia con Juliana hasta que nos sentimos morir; cuando mi bicicleta acarició la ruta y el viento me dominó el cuerpo; el momento en que nos reímos hasta el dolor en Villa Urquiza; cuando me acompañabas a la plaza a escribir; cuando le cantábamos a la plantas del abuelo para que crecieran; cuando me diste la noticia de que podías pronunciar las erres; cuando nos trajeron las cuchetas y las veíamos flamantes en un flete mágico; cuando mi mamá era el “muñeco asesino” y nos perseguía por la casa; la cortina de Abrapalabra; las coincidencias en la ciudad; el momento en que vi a la pequeña Ana, llena de pulgas acurrucándose nueva y cachorra en un sillón; cuando mi papá me dice “Ma”; la escena en que Kim baila en la nieve que Edward provoca; cuando descubrí a los cronopios y a su creador; el momento único previo a la tormenta; las siestas en la terraza devorando historias; el rato que paso tomando café con leche; cuando mi mamá me dice te quiero en un mensaje de texto; el llanto fingido con Camila; cuando escucho la voz de Jorge Drexler en una canción; cuando cocino y me espera una copa de vino detrás; cuando me llegó tu mensaje cortazariano a la madrugada diciendome que te ibas a colgar un cartel para que te reconociera; cuando mi papá me esperó con flores en la parada del colectivo; cuando mis primas me dejaron poner los patines; cuando mi abuelo me compró una bicicleta amarilla; el momento en que recibí un libro inesperado; cuando la Tata me contó su historia; el mate con menta del abuelo Coco en el galpón; encontrar esa estancia mágica en San Marcos; el piano de Luciana a la noche; los silencios, únicos silencios de los abrazos; la facturita con crema pastelera de la colonia de vacaciones; mi ventana de la casa nueva, llena de lluvia; el té de hierbas que me preparabas; Liliana Herrero sobre el escenario; el camino que hice con el caballo en Potrerillos; cuando el insulto se convirtió en qué me importa; el guiso de lentejas de mi abuela; cuando te escuché cantar; cuando descubrí que mi hermano era zurdo como yo; cuando aprobé matemáticas y supe que mi destino quedaba en la dirección opuesta; cuando encontré ese mail en la bandeja de entrada; cuando las peñas del coro se convierten en noches largas; Chopin llegado en el momento justo; cuando me descalzo; cuando al final del día me encuentro con tu sueño; cuando estrenaron en el cine Romeo y Julieta; cuando aprobé Investigación; cuando supe que además de Eva, pudo haber existido Lilith; esa vez que coincidimos; cuando encontré la película que estaba buscando sin el cartel de “alquilada”; cuando la flaca vino a visitarnos y acuñamos a “Polerín”; cuando brindamos por la casa nueva; cuando el café está listo y me llegan noticias tuyas, son, en dosis o porciones arbitrarias, pequeños reductos por donde la felicidad se asoma y sobrevive.

domingo

Rayuela

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—¿Qué es un absoluto, Horacio?


—Mira -dijo Oliveira-, viene a ser ese momento en que algo logra su máxima profundidad, su máximo alcance, su máximo sentido, y deja por completo de ser interesante.
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lunes

no permitas que nadie te enseñe a escribir, no dejes que nadie te de indicaciones, no te desalientes, no preguntes, aprendé solo , fijate que la inmensa mayoría es basura, que no te guste lo que escribís porque le gusta a la que te gusta, si lo que escribís le gusta a la que querés tirá todo eso, dejá lo que no entendés, no tirés nunca lo que te da vergüenza, poné los nombres verdaderos de tus parientes y amigos, si los cambiás vas a ver que ya no existen, y no se puede escribir de lo que no existe, no dejes que nadie te alabe, cuando te digan que es muy bueno lo que escribís empezá con otra cosa, si se te ocurre un poema escribí en prosa, si te viene una novela, escribí un poemita, nunca corrijas textos que sabés que pueden mejorar , corregí lo que no te acordabas que existía, no te olvides que los bailes están cargados, alguien los puso ahí para que vayas y creás que podés contarlos, escribí de lo que va a pasar como si estuviera pasando, inventá una escritura biográfica, no dejés que la realidad destruya tus papeles, cambiá la realidad para que se parezca a lo que escribís. Si cogés que sea para contarlo, no te encames por amor, nunca, si sufrís que sea para darle existencia a un personaje, no dejés que la experiencia te sirva para algo fuera de la literatura, sé un perro, siempre, apostá al caos, el tiempo después ordena todo, lo junta, la gente le pone nombre a todo lo que hiciste, no hagás caso, de nada, no sirve estar triste por lo que pasa, los que te destruyeron te odian, nunca olvides eso, los que te odian te envidian, no hay vuelta, los que te envidian te aman, y no olvides que esa noche de gloria es eterna y sirve para siempre, nunca vas a poder quejarte. ah, me olvidaba, hay que borrar todo esto…


(De: “Marquina”, incluido en “El Estado y él se amaron”. Daniel Durand)

jueves

una de Mairal

LA FAUNA EMBALSAMADA

¿esto es un poema?
¿estar a oscuras sin dormir
puede ser un poema?
¿si no hay nada
puede haber un poema?
¿si digo que respiro en este cubo negro,
no es algo ya? ¿no es demasiado?
¿no es mucho más que esto en realidad?
busco un silencio quieto entre paredes
una sola palabra de penumbra
cualquiera menos noche
porque noche está sólo permitida
a los poetas cósmicos
yo me refiero a este apagón del verbo
la boca ciega en la sombra de este miércoles
yo fui -yo quise ser- poeta natural, poeta cósmico
pero soy un poeta de edificio
poeta de ascensor
y no quiero dormir
quiero estar acostado sin luz en las palabras
por ejemplo:
¿adónde están las manos
de esta pregunta?
¿cómo es un poema en un departamento a oscuras?
yo que llamaba mulata, yegua de tinta a la noche
¿adónde voy a ir?
¿qué voy a hacer con mi fauna embalsamada
a las dos menos cuarto sin imagen
a tientas por el verbo del piso seis sin sueño?
vendo o alquilo mi fiel cosmogonía,
cambio sistema solar
por dos palabras ciertas
que consigan decir toda mi sombra.

Pedro Mairal
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Hay momentos bellos que sabemos que son finitos. Que se terminan al ratito nomás que han empezado. Inexorablemente. Momentos que pueden ser breves o durar los minutos necesarios. Son momentos que subyugan canciones. Momentos frutilla. Momentos aireados. Silentes. Momentos cornisa. Momentos que no pueden más. Momentos silueta, espejo, salitre. Momentos surco. Momentos cacao. Momentos que suman escaleras. Momentos tango. Momentos vértigo, lumínicos. Momentos sanguínenos. Momentos que tapan todos los ojos. Momentos mareo. Y son perfectamente identificables. Momentos que roen el cuerpo. Esos. Los que se viven mientras se está pensando, además y en paralelo en cómo vamos a hacer para olvidarlos.
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lunes

Deseo


Una casa.
Un pequeño espacio de luz que contenga mis papeles y mis canciones. Quiero una casa con ventanas y macetas. Y unos pájaros en la ventana bien azules y afinados. Y pasillos que me sostengan cuando me maree de alegría o de dolor. Quiero una casa que sea amarilla, o verde, o blanca. Que se deje pintar mientras la transformamos tarareando. Que suspire y yo la escuche. Quiero un susurro de estrellas en mi ventana cuando el insomnio venga, como siempre, a cuidarme el llanto y los sueños. Quiero una taza en esa casa donde haya café y té de frutilla. Donde haya una mano que me la alcance cuando el invierno amenace de frío. Una puerta abierta quiero, para los amigos y las brisas que el verano quiera regalar. Un balcón desde donde pueda verte, o quiera verte, o nada y sólo un vientito con olor a vainilla te recuerde. Quiero un tiempo de siesta en esa casa en otoño. Quiero lugar para mis pantuflas. Y unas copas de vino que puedan ablandar los labios de cualquier huésped. Una cama quiero, que me guarde y me entregue. Unas amigas que abracen cuando la casa sea refugio y trinchera. Y que sea una vieja canción compañera la que musicalice las vísperas de la cena con sopa de fideos de letras. Quiero una casa que mire al sur. Quiero unos libros que vivan de noche y anden por la cocina como fantasmas y abran las puertas y los frascos de galletitas. Y unas historias en esos libros en esa casa llena. Y un amor en la puerta. Y una tristeza. Quiero unos cuadros que nos saquen de viaje. Y unos viajes ciertos que me hagan extrañarla y abandonarla para que crezca y luzca distinta siempre a la vuelta. Un rincón quiero donde leer los libros que todavía no leí. Un sillón donde poder olvidar mientras lloro. Un horizonte con árboles y río, que me recuerden que esta ciudad se enamora. Y una ventana desde donde la lluvia sea sólo jazz y chocolates. Quiero un timbre que me sorprenda. Una casa quiero, que reciba mi cansancio y mis botas y no pregunte. Una mirada quiero en esa habitación. Quiero un mate a la mañana, que transforme el mal humor en medialunas y sea silencio y risas. Una mesa amiga con sillas ocupadas. Una mesa callada que nos recupere del día. Una casa quiero, una mantita en las rodillas y una poesía a medio terminar y que no se deje. Unos pisos que sostengan nuestros bailes alguna madrugada de fin de año. Una vereda quiero, que se ofrezca generosa las noches de verano. Y el sol, desde donde sea que aparezca. No sé si todo esto, o sólo algo será cierto. Pero lo deseo, y eso ya está en el mundo. Y me basta.

viernes

Consultalo con la almohada


—...Si no, tenés ésta, la almohada inteligente, con el interior de espuma de alta memoria y una suave funda de tejido de punto, que copia la forma de la cabeza durante el descanso y vuelve a su forma original una vez que levantás la cabeza... ideal para cervicales rectificadas.



—¿Inteligente, dijo?
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(diálogo tristemente verídico)

domingo

Las ciudades invisibles, Italo Calvino

"Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos"






LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS
En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.
Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de
plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

martes

itinerario de viaje

Que la montaña nos cerque con la elegancia de las alturas marrones
Que las uvas se desarmen a nuestro paso

y terminemos borrachos danzando
alguna de Blades
ay que te apunes, negro, y no encuentres los zapatos
que mi celular diga “no signal” y yo baile
que el sol nos dé de cara y nos ofenda tranquilo
junto al viento violento zonda musical
que nos lleve los bolsos y valijas
(y me deje sola con vos y el mate)
Y a nosotros solos
solos, con el mundo ése del rato en la montaña
y del vino recién pisado

que nos violente la cordillera
con sombreros de nieve
que nos pueda el pueblo que aparece cuando baja,
que “está junto a los cerros y al cielo”
que descubramos cuántas calles nos quedan
desde la terminal hasta el Palacio de la Moneda
(y que vos me señales ése norte falso que tenés)
Y que yo me ría y basta
¿Cuánto falta?
En un día llegamos al mar
Al mar
Al mar
Al mar de Neruda
…al mar!
¿Te diste cuenta?
Que la mujer que pase nos mire
Yo a Neruda lo conocí
Tenía una casita allá
Y la señale
“Hemos perdido aún este crepúsculo.

Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo”
Me lo aprendí para vos
Para ver esta noche en Valparaíso
Sobre esta lona de colores y rayas
Y decir esto mientras me saco la arena de las sandalias
Y las casas de los cerros se prenden sobre el mar

Que en Isla Negra queramos tener una casa
Con niños y fantasmas
Que el mar nos reciba la botella que tenemos escrita hace tiempo
Y nos devuelva años, jazmines y hojas de menta.

s.o.s.


Me deshago. la tristeza llega siempre que estoy sola. cuánto de mí se va en el llanto. cuánto de mí se va. cuánto entiendo el mundo en las épocas felices. y qué poco me río cuando me traiciona. y me dice que es finito, y me esconde el mar.

es ahora cuando quiero ser pequeña. o quedarme en un dibujo de Quint Buchholz hasta que pase

en la botella pongo: “save our souls”

Y cruzo los dedos.

lunes

Despertarte

Despertarte a mitad
de la noche
y ver en el otro lado
de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir,
entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque aunque no firmemos nada,
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz
pensamos que es para toda la vida
y así seguimos.
Botes, que durante la noche,
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.
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Fabián Casas.

martes

Pánico manuscrito


Hoy necesito:
Uno: Sentir que la poesía no está extinta de miedo
Dos: Creer que las letras aún tienen una razón para redimirme

El vacío
que no suena ni muerde
es la música de los que han entrado por estos ojos y viven
Y hoy están tan mudos como yo.
Como mi mano que no escribe.

El río no suena ni me da pistas

(Qué andará pasando por estos lugares, diosmío)

domingo

las partes del todo

A Julio.
Y a los otros virgo que analizan.


Un cronopio pequeñito buscaba la llave
de la puerta de calle en la mesa de luz,
la mesa de luz en el dormitorio,
el dormitorio en la casa, la casa en la calle.
Aquí se detenía el cronopio,
pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta”
Julio Cortázar




Será porque los contrariados
Tienen esa forma de moverse
Qué se yo
Pero reconozco a un virgo a varios centímetros

Relojean
Relojean

Ordenan cada partícula de su afuera
Hacen listas
Buscan sentidos
Los encuentran
En una tapita de gaseosa
En una lombriz
En un pedacito de río en el vaso

Relojean
Combinan caos con hamacas y puentes
Atropelladamente ordenados
Abrumados

Albergan cronopios
almanaques
telefonos perdidos
Como si nada

Relojean
Revolean los ojos porque ya saben
Buscan descorazonadamente lo que ya tienen en la mano
Relojean

Y tienen tantas palabras
Que las tienen que decir
Desmenuzan

Arrancan pastitos y son felices
Clasifican pastitos y son felices

Y pierden cosas por el camino
Virgo bolsillos rotos

Relojean
Y si el cuadro está torcido, qué lindo el cuadro pero


(Quiero decir que te reconocería, Julio,
caminando por la Rue de Vaugirard
Larguirucho virgo ojos de pez

Acá somos varios, verás
Los que tiramos piedritas
Jugamos rayuelas
Y perdemos llaves)

Volver al futuro


Y yo, darte mis explicaciones del caso. Que me entiendas y te enojes tanto.

Que pases horas largas y turbulentas explicándome la paradoja del tiempo, la metafísica, las cosas que no hay que hacer cuando se viaja al pasado, y todos los consejos que el Doc le da a Marty en Volver al Futuro.

—dibujalo, porque no entiendo.

Y que hagas una zeta y cruces, y flechas. Y que no entienda. Y que bostece.

—El error más grande es hablar con uno mismo, interferir con los hechos…

—ahh…

Y que se hierva el agua mientras escucho con atención la curva que forma el tiempo cuando se viaja al pasado.

(El tiempo. Cuánto. Que el reloj se apiade. Que puedas llenar las mañanas de besos tibios por más tiempo. Tiempo. Voy a tejer una bufanda hasta que vuelvas. Voy a tejer una bufanda para que tardes menos en volver. Para matarlo, al tiempo)

Yo no entiendo mucho esto que tanto te gusta. Me olvido que el rayo cayó en la Torre del Reloj, a las 10:04, en 1955. Pero entiendo el tiempo que pasás explicando. Y tus ojos.

Y que te miro. Suspendida.