lunes
a lágrima viva
martes
ciudades
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| San Telmo nocturno |
“Feliz de ella que estaba dentro de la pieza, que tenía derecho de ciudad en todo lo que tocaba y convivía, pez río abajo, hoja en el árbol, nube en el cielo, imagen en el poema”.
Capítulo 3 - Rayuela
¿de qué otra manera se puede andar por una ciudad si no es dejándose mezclar con sus olores complejos y sus vueltas imprevistas, si al paso no le damos el peso suficiente de nuestros pies en el suelo, que buscan hacerse lugar en este pedazo de mundo del sur? ¿cómo se camina una ciudad si no es levantando la cara para que el sol nos amenace dulcemente para llenar de sombra las ventanas que viven todas a su ritmo, con sus macetas, con sus inquilinos de tristezas diferentes? ¿cómo es eso de no hacer consciente el lugar de los encuentros, los bares viejos llenos de café, la parada del colectivo en las memorias de nuestros años, cómo es aquello de mirar de costado el río y no dejarse ir cuando la postal es una barranca que tiene marcas que dicen que el mar antes estuvo allí? ¿cómo leer en la pared que Lucas le dice a Ana que la extraña y no preguntarse si se habrán vuelto a encontrar en la ciudad paisaje? No concibo otro modo de andar por la ciudad. Otro que no sea ser vulnerable, arriesgarse a decir que uno estuvo aquí. Que el cuerpo lo diga, que lo digan los pies. Que andar sea, también, además, y por sobre todas las cosas, dejarse atravesar por el otoño bello que nos hiere de muerte, para volver a vivir y a morir cuantas veces sea necesario.
miércoles
abrir
jueves
la casa de mi abuela
Mi abuela venderá su casa. Hay un cartel en el frente que la ofrece al que haga la mejor oferta. El cartel tiene un teléfono y es el teléfono de mi abuela. Me quedo pensando en qué significa esa casa y probablemente ese lugar no sea geográfico ni pueda ubicarse por el Google Earth. En esa casa estrené uno de mis primeros llantos, cuando apenas tenía días de llegada. Mi madre me confió en esos brazos, en esos abuelos felices y enrarecidos conmigo.
Recuerdo que, cuando mis viejos se separaron, esa casa era, además, el encuentro con mi papá. Aún si él no estaba, estaban sus cosas: una habitación, una pandereta, un vaso de Boca, un certificado que decía “facultad de ciencias de la educación”, su perfume de adolescente solitario.
Esa casa tiene un living, como todas las casas, pero en ese hay luz, una luz distinta, con una imagen de mí despatarrada mirando telemúsica y ranking 26 mientras que un vaguito (que después terminó cantando en una publicidad de jabón en polvo) anunciaba el puesto número uno y decía que era só pra contrariar.
Hay una vereda también, que debe guardar las marcas de mi bicicleta y algunas pintitas de mi sangre.
Siguiendo hacia adentro, la casa tiene un comedor que fue testigo de mis personajes ridículos, como “la china” o “la embarazada payaso”. En ese comedor me descontrolé jugando al Mario Bros y escribí mi primer diario íntimo cuando cumplí nueve.
En la cocina, que le sigue al comedor, tomé sopa caliente con pancitos adentro. Y le cociné la última comida a mi abuelo, antes de que se me fuera. Hay un grabador en esa cocina, un poco más moderno ahora, con el que escuchábamos Rodrigo a todo volumen cuando se murió y bailamos con mi hermana y la abuela a los saltos y a los gritos, como exorcizándonos de la muerte y provocándola por obscena y mala.
Uno de los lugares más importantes de la casa es el patio, sin dudas. Hay una pared de jazmines que será por los años de los años el recuerdo sensorial más fuerte que tendré. Todos los objetos que habitan ese patio tienen la mano de mi abuelo como marca indeleble: los canteros, la churrasquera techada, la hamaca del galpón que en días hábiles dormía atada sobre un clavito en la pared y una estatuilla de un Jesucristo manco.
Todo ese patio se proyecta hoy en mí como escenario principal de la niñez. En el verano había una pileta anaranjada que era para nosotras el paraíso, el punto de llegada de un año de escuela, lo merecido. En el cielo de ese patio se veían más estrellas a la noche que en mi casa. Y el recuerdo que tengo de esa imagen está atravesado por un alambre lleno de brochecitos para la ropa. Eran parte del cielo, porque nunca dejaban de estar allí.
En ese patio había almuerzos, un fuentón lleno de agua para chapalear y dibujitos pintados con témpera o bolitas de plastilina. Había una hamaca paraguaya, improvisada por abuelo, que la ataba a dos columnas con nuditos irreplicables.
Aún puedo sentir el sabor de los maníes tostados que abuela hacía para nosotras, mientras nos ayudaba a armar una carpita de frazadas y sillas para guarecernos de la siesta fría. Ahí: la abuela, mi hermana y yo arropadas y riendo. Nada malo podía pasar.
Había un lugar en la casa que se denominó espontáneamente “el costado”. Es una especie de salón de usos múltiples (ahora existen palabras con onda para nombrarlo) con un tablón largísimo, un tocadiscos, un par de sillones y todos mis cassettes. Ahí abuelo me enseñaba matemáticas y yo no aprendía.
Abajo del tablón me escondí a los cuatro años, una siesta de mayo, a tocar una guitarrita que me habían regalado con el cuento de que la hermanita me la había traído de la panza. Como mi madre estaba ocupada con la nueva, yo lloré mi pena rasgando la guitarrita durante horas, hasta que me salió sangre del pulgar.
El costado fue fondo de foto de todos los cumpleaños de la familia, de varias navidades y de muchos años nuevos. Ahí festejé el cumpleaños al que no fue nadie y yo lloré toda la tarde, mirando la decoración con globos largos y una muñeca en la torta, que compartimos con mi hermana y mi papá mientras mi abuela servía chocolate.
Me cuesta pensar que ese espacio no estará más para nosotros. Para mí. Habrá otros lugares, sin dudas, que ocuparé y celebraré, pero esa casa me tiene a mí ahí dentro. Me sentiré desarraigada de infancia, de juventud. Sentiré que ahí queda mi abuelo, mi origen, el sol del patio. Ahí se quedará mi hermana cuando era pequeña, las rebeldías, la creación. El amor de mi abuela a la mañana y el olor a incienso de las cosas de mi papá.
Lo dejaré ir, como se dejan ir los amores. Será otra cosa ese espacio, lo transformarán, como yo me transformo todos los días. Sería injusto pedirle otra cosa.
lunes
imprevisto
Sea lo que sea que haya sido: si la vida se abre así, inesperada y llena de pájaros, si la vida es, de un momento a otro, la fugacidad de un abrazo cálido y una noche con ínfulas de crepúsculo en mi pieza, yo me quiero quedar en ella.
A por ello
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| Lucía y el sexo- Julio Medem |
Que la fuerza esté contigo
jueves
el gerundio más difícil
domingo
Esperando el cambio de paradigma
martes
El silencio desde donde la música es posible
domingo
Metamorfosis
martes
Lejanas
Espejo
Cómo es esto, la vida pasa y el derrumbe
-Ana-
Fade out
Desvaneciéndote. Así como la arena. Desvaneciéndote de a poco entre paisajes y canciones. Y ahora entiendo un poco qué hacía yo ahí, en los pliegues de tu discurso, obligándome a escabullirme entre el sonido y la teoría. Te apagas ahora como una luz que puedo ver cada vez menos y me alejo y el campo es verde, ondulado y verde y no te veo, casi no te veo, amor. Y si esa luz era intensa y me retaba a quererte ya no importa. Se desvanece y queda pobre, sonsa, tan nimia la luz que me da pena mirarla. Y en la oscuridad, sobre un auto que va hacia el sur, me rindo, un poco ajena, un poco contenta de que quedes ahí tan lejos, como siempre y que no importe.
-Raquel-
***
Fast forward
-Elena-
***
El insomnio de Inés en Buenos Aires la noche previa a su casamiento en Madrid
mail 1: la metáfora
Quizá busque
mail 2: la amenaza
sábado
Make up III
Debajo de la silla el flujo de gusanos
debajo el odio y las muecas
palabras al oído que tiran el protocolo
palabras como saliva espesa
resoplidos y tensos
los músculos
asesores legales
farsas abajo
debajo de la silla de patas cortas
río de mierda que corre
sudor tibio por encima
y las ventanas empañadas
de aliento
de mentiras
minuto de silencio
y restos de mundo dejado afuera
lectura del acta
persecuta del que me mira escribiendo
y boquea
pedazo de estúpido que mira
que mira
poesía es
date cuenta
lectura del balance
y el mirón se acerca
con los ojos llenos de agua sucia
y me sopla en la espalda
algo que no puedo escuchar
pero que me empuja
con la fuerza de la lluvia
hacia afuera
y me libera
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*
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jueves
hoy es siempre todavía
Hoy es siempre todavía,
toda la vida es ahora
(Antonio Machado)
Este blog no tendría nada para decir, o mejor dicho, yo no tendría nada para decir si no me hubiera dado cuenta (a fuerza de muerte, a fuerza de ausencia) que la historia es hoy, en el mismísimo momento en que velan a un ex presidente y junto con él, a un engranaje de decisiones, o a un modo de acción que hicieron visibles las cosas que sólo existían discursivamente en nuestras charlas íntimas y con pares. Y que yo quiero estar presente con toda mi sangre en esa historia. Porque la muerte sacude, mueve fichas y me recuerda qué tan viva estoy, mientras tanto.
martes
No sólo Montaner es feliz
Así que el desayuno de mi abuela en la cama; cuando la señorita Soledad apareció por esa puerta; cuando encontré Inventario de Benedetti tirado en el lavadero de mi tía, y supe que ese era un camino que empezaba; cuando Julieta trajo junto con su nacimiento una guitarra para mí; el preciso momento en que la pileta anaranjada comenzaba a llenarse; cuando sostuve en mis manos mi primera planta de jazmín; cuando mi hermana Ana me regaló un alcancía producto de sus propias manos; las dedicatorias de los libros que me regala mi padre; cuando conocí el mar; un cartel que decía “sorpresa!” sobre mi cama, escondiendo un libro de Alejandra Pizarnik; el clasificado que decía “casa de tres dormitorios”; la foto de mi mamá en una playa de San Clemente; cuando caminé Isla Negra; cuando canto “Zamba de usted” con la Cris; el momento en que conocí a mis hermanos, que venían de otros mundos; el balcón de tu casa a la noche; cuando mi voz se entregó en la última frase de una vidala; cuando bailamos cumbia con Juliana hasta que nos sentimos morir; cuando mi bicicleta acarició la ruta y el viento me dominó el cuerpo; el momento en que nos reímos hasta el dolor en Villa Urquiza; cuando me acompañabas a la plaza a escribir; cuando le cantábamos a la plantas del abuelo para que crecieran; cuando me diste la noticia de que podías pronunciar las erres; cuando nos trajeron las cuchetas y las veíamos flamantes en un flete mágico; cuando mi mamá era el “muñeco asesino” y nos perseguía por la casa; la cortina de Abrapalabra; las coincidencias en la ciudad; el momento en que vi a la pequeña Ana, llena de pulgas acurrucándose nueva y cachorra en un sillón; cuando mi papá me dice “Ma”; la escena en que Kim baila en la nieve que Edward provoca; cuando descubrí a los cronopios y a su creador; el momento único previo a la tormenta; las siestas en la terraza devorando historias; el rato que paso tomando café con leche; cuando mi mamá me dice te quiero en un mensaje de texto; el llanto fingido con Camila; cuando escucho la voz de Jorge Drexler en una canción; cuando cocino y me espera una copa de vino detrás; cuando me llegó tu mensaje cortazariano a la madrugada diciendome que te ibas a colgar un cartel para que te reconociera; cuando mi papá me esperó con flores en la parada del colectivo; cuando mis primas me dejaron poner los patines; cuando mi abuelo me compró una bicicleta amarilla; el momento en que recibí un libro inesperado; cuando la Tata me contó su historia; el mate con menta del abuelo Coco en el galpón; encontrar esa estancia mágica en San Marcos; el piano de Luciana a la noche; los silencios, únicos silencios de los abrazos; la facturita con crema pastelera de la colonia de vacaciones; mi ventana de la casa nueva, llena de lluvia; el té de hierbas que me preparabas; Liliana Herrero sobre el escenario; el camino que hice con el caballo en Potrerillos; cuando el insulto se convirtió en qué me importa; el guiso de lentejas de mi abuela; cuando te escuché cantar; cuando descubrí que mi hermano era zurdo como yo; cuando aprobé matemáticas y supe que mi destino quedaba en la dirección opuesta; cuando encontré ese mail en la bandeja de entrada; cuando las peñas del coro se convierten en noches largas; Chopin llegado en el momento justo; cuando me descalzo; cuando al final del día me encuentro con tu sueño; cuando estrenaron en el cine Romeo y Julieta; cuando aprobé Investigación; cuando supe que además de Eva, pudo haber existido Lilith; esa vez que coincidimos; cuando encontré la película que estaba buscando sin el cartel de “alquilada”; cuando la flaca vino a visitarnos y acuñamos a “Polerín”; cuando brindamos por la casa nueva; cuando el café está listo y me llegan noticias tuyas, son, en dosis o porciones arbitrarias, pequeños reductos por donde la felicidad se asoma y sobrevive.
domingo
Rayuela
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—¿Qué es un absoluto, Horacio?
—Mira -dijo Oliveira-, viene a ser ese momento en que algo logra su máxima profundidad, su máximo alcance, su máximo sentido, y deja por completo de ser interesante.
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lunes
(De: “Marquina”, incluido en “El Estado y él se amaron”. Daniel Durand)
jueves
una de Mairal
¿esto es un poema?
¿estar a oscuras sin dormir
puede ser un poema?
¿si no hay nada
puede haber un poema?
¿si digo que respiro en este cubo negro,
no es algo ya? ¿no es demasiado?
¿no es mucho más que esto en realidad?
busco un silencio quieto entre paredes
una sola palabra de penumbra
cualquiera menos noche
porque noche está sólo permitida
a los poetas cósmicos
yo me refiero a este apagón del verbo
la boca ciega en la sombra de este miércoles
yo fui -yo quise ser- poeta natural, poeta cósmico
pero soy un poeta de edificio
poeta de ascensor
y no quiero dormir
quiero estar acostado sin luz en las palabras
por ejemplo:
¿adónde están las manos
de esta pregunta?
¿cómo es un poema en un departamento a oscuras?
yo que llamaba mulata, yegua de tinta a la noche
¿adónde voy a ir?
¿qué voy a hacer con mi fauna embalsamada
a las dos menos cuarto sin imagen
a tientas por el verbo del piso seis sin sueño?
vendo o alquilo mi fiel cosmogonía,
cambio sistema solar
por dos palabras ciertas
que consigan decir toda mi sombra.
Pedro Mairal
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lunes
Deseo
Una casa.
Un pequeño espacio de luz que contenga mis papeles y mis canciones. Quiero una casa con ventanas y macetas. Y unos pájaros en la ventana bien azules y afinados. Y pasillos que me sostengan cuando me maree de alegría o de dolor. Quiero una casa que sea amarilla, o verde, o blanca. Que se deje pintar mientras la transformamos tarareando. Que suspire y yo la escuche. Quiero un susurro de estrellas en mi ventana cuando el insomnio venga, como siempre, a cuidarme el llanto y los sueños. Quiero una taza en esa casa donde haya café y té de frutilla. Donde haya una mano que me la alcance cuando el invierno amenace de frío. Una puerta abierta quiero, para los amigos y las brisas que el verano quiera regalar. Un balcón desde donde pueda verte, o quiera verte, o nada y sólo un vientito con olor a vainilla te recuerde. Quiero un tiempo de siesta en esa casa en otoño. Quiero lugar para mis pantuflas. Y unas copas de vino que puedan ablandar los labios de cualquier huésped. Una cama quiero, que me guarde y me entregue. Unas amigas que abracen cuando la casa sea refugio y trinchera. Y que sea una vieja canción compañera la que musicalice las vísperas de la cena con sopa de fideos de letras. Quiero una casa que mire al sur. Quiero unos libros que vivan de noche y anden por la cocina como fantasmas y abran las puertas y los frascos de galletitas. Y unas historias en esos libros en esa casa llena. Y un amor en la puerta. Y una tristeza. Quiero unos cuadros que nos saquen de viaje. Y unos viajes ciertos que me hagan extrañarla y abandonarla para que crezca y luzca distinta siempre a la vuelta. Un rincón quiero donde leer los libros que todavía no leí. Un sillón donde poder olvidar mientras lloro. Un horizonte con árboles y río, que me recuerden que esta ciudad se enamora. Y una ventana desde donde la lluvia sea sólo jazz y chocolates. Quiero un timbre que me sorprenda. Una casa quiero, que reciba mi cansancio y mis botas y no pregunte. Una mirada quiero en esa habitación. Quiero un mate a la mañana, que transforme el mal humor en medialunas y sea silencio y risas. Una mesa amiga con sillas ocupadas. Una mesa callada que nos recupere del día. Una casa quiero, una mantita en las rodillas y una poesía a medio terminar y que no se deje. Unos pisos que sostengan nuestros bailes alguna madrugada de fin de año. Una vereda quiero, que se ofrezca generosa las noches de verano. Y el sol, desde donde sea que aparezca. No sé si todo esto, o sólo algo será cierto. Pero lo deseo, y eso ya está en el mundo. Y me basta.
viernes
Consultalo con la almohada

—...Si no, tenés ésta, la almohada inteligente, con el interior de espuma de alta memoria y una suave funda de tejido de punto, que copia la forma de la cabeza durante el descanso y vuelve a su forma original una vez que levantás la cabeza... ideal para cervicales rectificadas.
—¿Inteligente, dijo?
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(diálogo tristemente verídico)
domingo
Las ciudades invisibles, Italo Calvino
LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS
En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.
Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.
martes
itinerario de viaje
Que las uvas se desarmen a nuestro paso
y terminemos borrachos danzando
alguna de Blades
ay que te apunes, negro, y no encuentres los zapatos
que mi celular diga “no signal” y yo baile
que el sol nos dé de cara y nos ofenda tranquilo
junto al viento violento zonda musical
que nos lleve los bolsos y valijas
(y me deje sola con vos y el mate)
Y a nosotros solos
solos, con el mundo ése del rato en la montaña
y del vino recién pisado
que nos violente la cordillera
con sombreros de nieve
que nos pueda el pueblo que aparece cuando baja,
que “está junto a los cerros y al cielo”
que descubramos cuántas calles nos quedan
desde la terminal hasta el Palacio de la Moneda
(y que vos me señales ése norte falso que tenés)
Y que yo me ría y basta
¿Cuánto falta?
En un día llegamos al mar
Al mar
Al mar
Al mar de Neruda
…al mar!
¿Te diste cuenta?
Que la mujer que pase nos mire
Yo a Neruda lo conocí
Tenía una casita allá
Y la señale
“Hemos perdido aún este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo”
Me lo aprendí para vos
Para ver esta noche en Valparaíso
Sobre esta lona de colores y rayas
Y decir esto mientras me saco la arena de las sandalias
Y las casas de los cerros se prenden sobre el mar
Que en Isla Negra queramos tener una casa
Con niños y fantasmas
Que el mar nos reciba la botella que tenemos escrita hace tiempo
Y nos devuelva años, jazmines y hojas de menta.
s.o.s.

es ahora cuando quiero ser pequeña. o quedarme en un dibujo de Quint Buchholz hasta que pase
en la botella pongo: “save our souls”
Y cruzo los dedos.
lunes
Despertarte
martes
Pánico manuscrito
Hoy necesito:
Uno: Sentir que la poesía no está extinta de miedo
Dos: Creer que las letras aún tienen una razón para redimirme
El vacío
que no suena ni muerde
es la música de los que han entrado por estos ojos y viven
Y hoy están tan mudos como yo.
Como mi mano que no escribe.
El río no suena ni me da pistas
(Qué andará pasando por estos lugares, diosmío)
domingo
las partes del todo
Y a los otros virgo que analizan.
“Un cronopio pequeñito buscaba la llave
Será porque los contrariados
Tienen esa forma de moverse
Qué se yo
Pero reconozco a un virgo a varios centímetros
Relojean
Relojean
Ordenan cada partícula de su afuera
Hacen listas
Buscan sentidos
Los encuentran
En una tapita de gaseosa
En una lombriz
En un pedacito de río en el vaso
Relojean
Combinan caos con hamacas y puentes
Atropelladamente ordenados
Abrumados
Albergan cronopios
almanaques
telefonos perdidos
Como si nada
Relojean
Revolean los ojos porque ya saben
Buscan descorazonadamente lo que ya tienen en la mano
Relojean
Y tienen tantas palabras
Que las tienen que decir
Desmenuzan
Arrancan pastitos y son felices
Clasifican pastitos y son felices
Y pierden cosas por el camino
Virgo bolsillos rotos
Relojean
Y si el cuadro está torcido, qué lindo el cuadro pero
(Quiero decir que te reconocería, Julio,
caminando por la Rue de Vaugirard
Larguirucho virgo ojos de pez
Acá somos varios, verás
Los que tiramos piedritas
Jugamos rayuelas
Y perdemos llaves)
Volver al futuro
Que pases horas largas y turbulentas explicándome la paradoja del tiempo, la metafísica, las cosas que no hay que hacer cuando se viaja al pasado, y todos los consejos que el Doc le da a Marty en Volver al Futuro.
—dibujalo, porque no entiendo.
Y que hagas una zeta y cruces, y flechas. Y que no entienda. Y que bostece.
—El error más grande es hablar con uno mismo, interferir con los hechos…
—ahh…
Y que se hierva el agua mientras escucho con atención la curva que forma el tiempo cuando se viaja al pasado.
(El tiempo. Cuánto. Que el reloj se apiade. Que puedas llenar las mañanas de besos tibios por más tiempo. Tiempo. Voy a tejer una bufanda hasta que vuelvas. Voy a tejer una bufanda para que tardes menos en volver. Para matarlo, al tiempo)
Yo no entiendo mucho esto que tanto te gusta. Me olvido que el rayo cayó en la Torre del Reloj, a las 10:04, en 1955. Pero entiendo el tiempo que pasás explicando. Y tus ojos.
Y que te miro. Suspendida.
Diálogo
Y fui al río, como Juanele. Estuve cara a cara con el espejo. Y le hablé. Y me hablé.
—A esta Paraná de poca monta le sobran cielos
(Siglos de ceibos que no caben donde me voy.
Ciudad de pocas luces, vos que te prendés del pelo, te sigo con la mirada
Paraná.
Castaña.
Mundo minúsculo de calles absurdas, vos que terminás en jacarandaes suicidas que cortan caminos de cara al río.
No puedo sacarte de mi cabello, te dije, Paraná verduzca y malhablada.
Te desbordan azules, ciudad subibaja.
Mi bicicleta los guardó en cajitas de ombú.
Me llevo tu llanto de sauce, tu guarida de media tarde
En esta valija llena de esquinas que suelo ser cuando me voy)
—Cuando pregunten no podré hablar de vos. Diré que sos una diminuta gabardina con aires de ciudad. Y que llorás agudo. Para no morir.
Manifiesto de estación

Insisto en querer caminar junto al ser más cercano y señalar la infinidad de hojas que revisten el piso. Insisto en quedarme sosteniendo con las dos manos una taza en la que puede haber sopa, café o té de menta peperina.
Los silencios del otoño parecen hablar del final del amor; de la tristeza sepia de las calles de Mendoza, de mi ciudad cuando está a punto de llover y corre algo que se parece al viento.
Un espasmo de cielo rojo conmueve cuando no tenemos tarea, ni trabajos por hacer, y nos quedamos a mirar este capítulo ambiguo y castaño que está musicalizado por nocturnos de Chopin. Cuando la tarde cavila y no se decide a ser fría del todo. Cuando el sol se guarda tibio y aunque amarillo y radiante, nos obliga a mirarlo en pantuflas.
Los bares devienen refugios. La cama es una trinchera y el mundo está afuera. Amenaza dulce de otoño. Las letras del verano buscan resguardarse de las nuevas borrascas. Y mis manos las archivan como ropas hasta pronto.
Hace otoño en mis calles y busco compañía. Busco a quien decirle que hace dos días era verano y que las veredas buscan caminantes de siesta.
Tenía que decirlo.
martes
confesión
domingo
Mucho más grave
Muchas veces se ríe. Demasiadas. Trepa alto con las risas de quien respira los verdaderos soplos del mundo. Se cuelga del techo con su risa y cuando baja me abraza. Con los restos y gemidos finales de su carcajada yo me cubro la cara. Y lo miro soltar palabras y pareciera que las canta. Cuando habla deseo ponerme debajo de cada letra que su boca desprende y sentirlas caer sobre el pelo.Una M grande que dice y deja resbalar, una M sonora y simpática que a él se le ocurre gritar. Me gusta que me nombre. Me gusta nombrarlo.
Me sorprende a cada instante saltando, ocultándose en rincones tan míos que no había tenido. Yo lo miro pasearse antes de cada acción y me sube con él. Me Mareo.
Quiero alcanzarlo de a ratos y retenerlo en alguno de mis abrazos, pero la inmensidad no entra en brazos. Desisto.
Vuelve con puñados de sol para el desayuno. Ese mundo que me entrega a cambio del mío me emociona. Lo miro. Lo quiero. Lo miro: tengo ganas de decirle eso de la bahía linda y generosa. Y que no se vaya.
·.
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.
.
(Dibujo de Quint Buchholz)
jueves
Palabras en extinción

Cuando terminé de leer la noticia en el programa, de que iban a eliminar ciertas palabras del diccionario por haber caído en desuso, comenzó a sucederme algo extraño. Una necesidad casi compulsiva y política de manifestarme en contra. Me sentía como Felipito Tacatún, cuando encerraron en una cajita con candado la Plapla que había escrito.
Porque bailaba y “las letras no bailan”.
Yo he visto palabras bailar, he visto palabras insistentes. He visto palabras hostiles que prefieren quedarse adentro y palabras que abandonan el papel cuando se cansan de ser leídas. A mí que no me digan.
Todos sabemos que el significado de las palabras no está en el diccionario. Pero el diccionario es el libro más consultado, después de la Biblia (porque para entender lo que dice la Biblia, hay que usarlo con frecuencia inusitada).
Entonces, las palabras que no estarán en ese diccionario, no existirán.
Quedarán vivas en algunas bocas que las seguirán profiriendo, gritando, susurrando. Hasta que desaparezcan por muerte dudosa o de silencio.
Hay gente que salva ballenas o limpia pingüinos empetrolados. Yo apadriné una palabra en extinción, frente al rechazo de un profesor, que insistía en borrarla de mi hoja.
Guiñarle el ojo izquierdo a las palabras
Restaurar sus huecos de primavera triste
(esos que le dejó el poeta cuando dolían)
Darles asilo cuando la Academia venga a buscarlas
Por obsoletas
Improductivas
Porque bailan y no se puede
Por irreverentes
(Porque el diccionario le teme al infinito. No puede subyugarlo. Le teme)
Parece ser hora de ofrecerles una habitación con vista al mar o a la vereda. Guarecerlas.
Y bailar tregua y bailar catala
Dejar a su disposición
Café escaleras caramelos
Hasta que el universo se amigue con lo que no se mide.






