sábado

Una ciudad de anaqueles

Foto de Seba Arcoba
Entro a la biblioteca buscando un libro. No me acuerdo del nombre, ni del autor. Sólo recuerdo que tenía un cuento que hablaba de un sueño y de una puerta. Y una mujer que salía de su habitación y entraba en el sueño de un tipo. Y viceversa. Creo que era de Asimov, o de Bradbury, pero hablaba de una puerta, seguro. De otras dimensiones. La señorita que atiende me suelta una sonrisa mientras espero que la memoria no me falle de nuevo. Dice que me espera, que piense tranquila, que tengo todos esos anaqueles alrededor para recorrer y encontrar mi libro.

Adentrarse en una biblioteca suele ser algo mágico para los que sentimos cierto afecto por los libros y las historias. Uno siente un poco del frío propio de los edificios públicos, la brisa incesante pero inidentificable de las iglesias. Aunque esto es diferente: quizá por la madera que prevalece o por los libros que la habitan, la biblioteca es anfitriona y sugerente.

Lo primero es el silencio. El sonido es dejado atrás a medida que se avanza por el paisaje cercado por mesas extensas que huelen a cuero o a ropa nueva. Entonces uno se percata de que atravesar las puertas de la biblioteca significa también cambiar de estado: las voces son susurros, los movimientos del cuerpo, laxos y el tiempo se altera acompañando el ritmo de los que leen.
Los volúmenes varían de texturas y colores todo alrededor formando un paisaje multicromático que bien podría ser un crepúsculo. A esta sensación de estar en una ciudad dentro de otra se le suma el aroma a papel, a libro nuevo, a libro viejo por descubrir.
Todos aquí lucen como en suspenso. Pienso en las formas diversas y casi inmediatas que hoy tenemos de acceder a todo lo que está escrito. Me asombro de lo simultáneo, del autor desconocido que “googleo” instantáneamente, de lo hipertextual que es mi vida desde que Internet me acompaña, mientras la muchacha que atiende, en su afán de orientar mi búsqueda y advirtiendo mi gesto irresuelto, me dice “de acá para allá tenés las novelas de autores argentinos, acá las latinoamericanas y todo ese anaquel que ves a la derecha es de biografías”. Recorro visualmente el espacio y me detengo en cada vitrina. Sigo con mi dedo cada lomo numerado advirtiendo la linealidad de este universo donde los libros se dejan clasificar. Uno a uno los anaqueles agrupan y presentan todos los modos de entender el mundo: aquí las novelas febriles, allá los cuentos, la poesía minúscula y la ambiciosa, la ciencia ficción hacia el fondo y los ensayos en el rincón.
Dije antes que el tiempo es otro aquí dentro. Quizá esa inmensidad de libros que rodean es la prueba del infinito. Y del temor a él. Todos esos volúmenes etiquetados y ordenados no son más que la vana pero válida intención de querer guardar el tiempo, de acumularlo y dominarlo de una vez aunque más no sea en nuestras humildes imaginaciones.

Mientras redondeo miles de hipótesis que probablemente no lleguen siquiera a refutarse, el mundo de la biblioteca sigue sucediendo a mi alrededor a su ritmo particular e insólito. Detengo mi atención en la señora de seño fruncido que acaba de entrar y de entablar un diálogo fugaz con la empleada. Parece que no tiene apuro, porque una vez concluida la conversación camina despacio con las manos detrás mientras acusa con la mirada cada uno de los lomos de la vitrina donde los libros de Cortázar se aprietan con los de Céline.

—Ese no sale, señora. Ese es para leer acá.

Y la mujer toma un Rayuela añejo con sus dos manos y se aleja. Lo revisa, lo abre y deja pasar las hojas con rapidez desde el pulgar de su mano. Parece que huele lo que sale del libro mientras se le vuela el flequillo. Aspira mientras el soplo del libro sale. La cara se transforma lentamente en un rostro manso, en sincronía con las hojas que deja pasar una y otra vez. Cierra los ojos y pasan velozmente el capítulo 73, el 1, el 2, el 116, el 3, como si de allí saliera París, el Pont des Arts, La Maga, Oliveira, un hotel de la rue Valette, Four o´clock drag. La señora cierra el libro, acaricia el lomo como se acaricia un pequeño gato, vuelve a colocarlo en su lugar y se va.

El tiempo es, además, circular en este salón. Las personas llegan, recorren, se marean. Luego algunos se sientan sin intenciones de permanecer a hojear el libro que han venido a buscar o el que les sorprendió haber encontrado, pasan por el mostrador y hacen una firma impaciente para luego salir por la puerta principal libro en mano dándole lugar a los otros que vienen a completar el mismo círculo de búsqueda y placer. Porque es eso: placer. Una especie de impaciencia mística la que genera tomar el libro con las manos una vez que hemos seguido esa línea imaginaria entre los estantes y nos adelantamos leyendo en su contratapa un bocado de la historia, un resumen que alguien decidió poner allí para nuestra expectativa. Y después el prólogo, la brevísima biografía del autor en la solapa, la dedicatoria y luego la primera frase de la historia. No sé si todos echaremos mano del mismo método, pero un libro que comienza con las palabras “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” será, probablemente y cuando menos, un libro inolvidable.

A estas alturas yo pienso que no encontraré la historia que estoy buscando. Que me subyugará este salón, esta ciudad de libros que yo creía obsoleta y moribunda y que sin embargo está repleta de gente en constante movimiento. Que tendré que quedarme con la idea de que lo que busco es en realidad una sensación, un estado que me provocó alguna vez una historia que ni sé si existe. Quizá todos los que estamos en este lugar busquemos algo parecido. A mi alrededor hay seres inmiscuidos en vaya a saber qué aventuras o mundos. De brazos cruzados, de mentón en la mesa, de libro cerrado y suspiro. Hay quienes continúan buscando, como yo, algo que no sabemos siquiera si está allí o si alguien lo escribió alguna vez.
Cada tanto el silencio es interrumpido por el sonido de una puerta que se abre hacia afuera, por los pasos de un niño que apenas llega se arrodilla como una rana en la sección infantiles. Por la voz frágil de una señora que pide el diario de hoy para leer mientras le recuerda a la empleada que vive sola, a pocas cuadras y que dejó el perro atado en la puerta.

— ¿Y? ¿Te gustó? —le dice la empleada a cada lector que devuelve su libro en el mostrador.

Algunos regresan con emociones resueltas -se los ve caminar a tranco largo con el ejemplar en alto como muestra de su buena elección- otros los devuelven incómodos, desencajados, preguntándose por qué el atrevimiento de llevarse a casa un Nietzsche o un Freud.
Detengo finalmente mi recorrido eligiendo una novela uruguaya. Me voy pensando en la sorpresa de este lugar fuera del tiempo. Aquí viene la gente cuando está en la ciudad de afuera, acá en este sinfín de compendios numerados abrigados por la madera. Aquí se busca uno, se detiene, se abruma por la cantidad de palabras escritas que de algún modo han intentado explicar la vida o de embellecerla. “La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma” repito en mi cabeza, como si Borges estuviera allí, asintiendo.

viernes

recuerdo

"En los pliegues del aire hay un camino que nadie ve"










Escribir ahora es invocarte. Tengo esa certeza hace días dando vueltas. Sin embargo, una fuerza me veja el cuerpo y siento haber escrito todo lo que pude ya. Te inventé, pude acercarme apenas con la palabra y armar sólo una ficción de quien eras. De quiénes éramos. Una mezcla de bruma, zamba y azul que apenas pude nombrar alguna vez. Y me enoja no poder llamarte aquí, en esta hoja viva que busca salvarme. Hay una ciudad, una lluvia, unas manos. De eso estoy segura.  Pero no encuentro nada más: todo este silencio está repleto de vos y no puede llenarse de otra cosa. Araño la música, sólo a veces apareces en la brevedad de un acorde. Y ahí me quedo, en el hueco donde resonás, sola y estupefacta. Llego a vos por vías particulares, intransferibles. Y vos recibís el recado de mi cuerpo. Y me lo hacés saber en un breve temblor de otros mundos posibles que recibo por intuición nebulosa. Quizá no sepa ya quién sos. Ni me entere de los puentes que llegan ahora hasta tu cuerpo para estremecerlo de música e ideas. Probablemente no vuelva a saberlo nunca. Tal vez alguna zamba, en algún rincón del país, suene y nos reviva mientras dure y una china baile y él la mire, fascinado, lo que dure la noche.



miércoles

correr

"No te corro ni al colectivo" le dije a Emma, convencida de mi incapacidad de levantar velocidad con mis piernas. Estuve por muchos años convencida de que correr no era para mí. Que mi cuerpo rechazaba "naturalmente" ese estado en movimiento. "Puedo bailar, andar en bici, hacer piruetas en el piso, lo que quieras, pero correr, no". Pasé casi toda mi vida haciendo de esa afirmación una parte constitutiva de mí. Nunca lo había intentado.
Una noche, cuando los síntomas de la ansiedad me reducían a permanecer en mi casa, decidí salir a caminar. Me daba miedo marearme, estar sola, cualquier cosa. Hice una vuelta, dos, tres. Mi cabeza era un laberinto (o un caracol, así lo explico mejor, un caracol que se retorcía hasta llevarme al punto ciego de la angustia) y mi cuerpo sólo lo acompañaba, por costumbre. Levanté la vista, éramos pocos los caminantes. Respiré hondo y casi sin pensar (cosa poco frecuente en esa época, porque todo pasaba por mi mente turbia y tramposa) puse un pie delante, luego el otro, levanté velocidad. Recordé los consejos de alguna profesora lejana "cuidar el impacto en el piso, mirar hacia adelante" y cuando quise recobrar el raciocinio, estaba corriendo. Corriendo, sí. Corriendo. El movimiento era constante, mis latidos se acompasaban al ritmo de mi cuerpo sobre la vereda. Y todo empezó, repentina y sorpresivamente, a ponerse en su lugar. Recordé a Murakami, a Forrest Gump, a Lola. Mis piernas se conectaron directamente con mi alma, todavía rota, y yo sentía que le insuflaban vida. Levanté la velocidad y vi la angustia quedarse detrás. Vi el miedo desvanecerse y me sentía como el viento sur, desarmando nubes al paso. Corriendo podía hacer cualquier cosa, una sensación de omnipotencia me invadió: no había nada que no pudiera transformar o dejar atrás si yo corría. Mi mente se sorprendió, mi cuerpo no. Mi cuerpo me decía que podía romper la inercia y traspasar el velo viscoso de la tristeza, de la muerte (que de a poco nos va oprimiendo el pecho y nos empuja hacia atrás con su mano pesada. O lo que es peor: nos detiene).
Corrí y mi sangre fluyó. Mi cuerpo entero se sincronizó con los árboles, con el aire que tomaba en cada respiración, con la tierra, con el latir imperceptible de un mundo que me había empezado a doler. Corrí rápido, me exorcicé. Y entendí el rompecabezas: un caracol que empezaba a tomar el camino inverso para encontrarse con la arena.

jueves

Y qué si...

Cuando era pequeña, mi mamá solía tomar clases de baile en un gimnasio cerca de mi casa. Una vez la acompañé. Varias mujeres se preparaban para bailar en el salón y mi madre me indicó que podía quedarme mirando la clase y la profesora agregó que si quería pintar o dibujar, podía hacerlo en el cambiador. Yo deseaba con todas mis fuerzas bailar. Sólo quería bailar, sumarme al grupo de las mujeres que se preparaban a moverse al son de la música. Y no dije nada. Me preguntaron varias veces qué prefería hacer y me mordí los labios. Supusieron que quería dibujar y me trajeron varios lápices de colores y algunas hojas. Yo quería bailar, pero esa no era una opción. ¿Cómo iba a pedir bailar yo, tan pequeña, entre todas esas mujeres? La vergüenza de la infancia era poderosa. Y yo sucumbía ante ella muy seguido.
La música comenzó su magia. Y sentí por primera vez al deseo encontrarse violentamente con lo que estaba haciendo. Me tiré al suelo a dibujar. El corazón me latía con fuerza, sentía una contradicción inmensa en mi sangre que mi cabeza de niña no podía aún explicar. Estaba yendo en contra de mis deseos. Apretaba los lápices con fuerza, dibujaba estupideces, intentaba concentrarme. Las manos me transpiraban. Oía cómo del otro lado, la música me llamaba a moverme. Yo quería bailar. Bailar con mi mamá, con sus compañeras. O sola, pero bailar. Sentir el pulsar del ritmo en los pies. Era lo que más me gustaba hacer y no lo podía explicar. ¿por qué no lo dije? ¿Acaso me hubieran retado? ¿se habrían reído? Intenté dibujar un rato más pero las fuerzas encontradas hicieron mella en mi cuerpo. Como un alud subió el llanto a mis ojos y exploté en lágrimas sentidas.
Cuando salimos le conté a mi mamá. Preguntó por qué no se lo había dicho, si hubiera podido bailar sin problemas. Había otro mundo de posibilidades en el que yo bailaba contenta al compás de la música si me hubiera animado a preguntar. Me arrepentí tanto que me dieron ganas de llorar de nuevo.
Esa sensación me ha acompañado a lo largo de mi vida. El deseo irrefrenable de realizar algo y no hacerlo sólo por vergüenza, por no preguntar, por no romper el frágil velo de la comodidad con el primer paso. El cuerpo bulle de contradicción. Nuestra anatomía lo siente, nuestro aliento lo registra. Cada vez que se actualiza esa sensación me vuelve el recuerdo de esa tarde en el gimnasio junto a mi madre. Hay otro mundo detrás de la pregunta inesperada, del mensaje enviado, de la llamada hecha, del pasaje comprado. Hay algo que sucede más allá del “sí, quiero” “sí, voy” o “te hago una pregunta…” como promesa de posibilidad. Es como si uno rasgara esa pequeña membrana que es la realidad con la primera palabra, con el primer movimiento. Es como algo se pusiera en marcha.
Lo que sentí aquella vez no era más que la sangre fluyendo contradictoria por mis venas. Muchas veces me quedé atrás del vestidor sentada en el piso y llorando por no animarme. Muchas otras me quedé con la cursi y cómoda idea del “qué hubiera sido sí”. Hay otra cosa mejor -o diferente- allá afuera. El deseo lo marca, intensamente. Hay que darle Enter. O Esc, depende el caso.

domingo

Babas del diablo

«... Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada...»
Henry Miller a Anaïs Nin




si vos sabés que yo sé
es como si un hilo de espuma o de miel
es como si algo que se parece a la saliva
y recorre todo el mundo del catering, 
servilletas,
papeles membretados
rodeara sin culpa mi escritorio
te busca
se pega

 tanto como yo sabés

que el deseo está en mi vaso
en el preciso momento en que lo inclino
y lo miro

ambos sabemos cuántos minutos

tardaríamos en quedar desabrigados
por completo
y cuántos wiskies caben en un verso

Entre mi vientre que se inquieta

y tus ojos hay ahora miles de hilos pegajosos
se envuelven en la pata de la mesa
rodean las sillas
se multiplican
encierran a los que están discutiendo la próxima inversión
los dejan abrazados a sí mismos
y los imposibilitan como crisálidas
salen por completo de nuestros cuerpos
y son carreteles enfurecidos

Podemos vos sabés

yo sé
salir corriendo por la puerta del costado
hacia el zaguán más cercano
saber
que la metamorfosis de la sala será en cualquier momento
y los capullos se convertirán
y aquí no pasó nada

lunes

fondo

"¿Por qué no me dijiste que era peligroso? ¿Por qué no me lo advertiste?
Las mujeres saben de lo que tienen que protegerse porque leen novelas que cuentan cómo hacerlo".
Tess, la de los d’Urberville, Thomas Hardy.

Algo en la garganta que tiene que salir. Tengo un resto de estrellas que son como esquirlas de algo que se rompió pero aún está allí. Corro una parte de mí y lo veo, brillando aún, en el rincón más inhóspito de mi piso. Hay un sonido incompleto que busca llenarse, un recoveco al que no llega ni la más honda de las dagas. No tengo idea qué será eso, pero lo conservo. Vive en mi mundo onírico como visitante imprevisto, es una mirada insondable. Sólo la sensación de un libro nuevo, por leer, puede provocarme la tempestad de estar frente a la fibra de la vida y sentirla correr dentro de mí como si fuera el último minuto del mundo.

miércoles

runa de la confianza absoluta

Esto decía mi 2012 comenzando, lo puse en un papel, lo guardé. Esperé. 


Reconocer que el cuerpo nos lleva a pasar una temporada por acá. Darnos crédito, querernos, confiar. Que es necesaria la oscuridad, que ya pasará. Que allá está la superficie, que saldremos. Que allá arriba hay casas, puentes, ríos. Que acá abajo hay peces de formas extrañas, pero que brillan, también, con luces singulares. Que hay que ir abajo, bien abajo. Que la luz se reduce a una delgada estría en el agua. El mar adentro, el mar abajo. Ya no sirve contemplarlo desde la orilla como ese montón de agua incesante. Ya en el fondo, inquietante. Azul, azul el fondo, azul inesperado el fondo.

marzo, 2012


(Marzo que me traés una runa en blanco. Al mismo tiempo llena y vacía. Que me pedís un acto de valor, una prueba de fe. Saltar hacia mí como quien confía en esa agua arremolinada. El vacío es el final. El vacío es el principio).

doce

hoy que es doce de un año circular, me entrego al arrullo del universo que sabe qué hacer. soy una con todo y con todos. soy viento que en este momento está besando el mar, soy luna blanca sobre una montaña, soy las estrellas que dibujan maravillas sobre un campo boca arriba. soy todas las mujeres que en la oscuridad quieren ver la luz, soy su madre, soy el refresco de una noche debajo de un pinar, soy el ronroneo de mi gata hechicera, soy las manos de una abuela arropando a su nieto, soy el mar de las costas del este, soy una semilla que aguarda confiada bajo la tierra al sol. soy el amor.
 

lunes

where or when


Nosotros vamos a veces a encontrarnos a solas. Y siempre pensamos que el tiempo es poco; que los hoteles deberían tener libros, sillones y mates para compartir. Sabemos que lo que sucede allí adentro es nuestro y que se va con cada uno cuando retomamos nuestras vidas. Queda en nosotros como  recuerdo, como páramo gustoso que no se puede contar por escasez de palabras. Y nos gustaría que la pasión fuera lo único. Pero no nos deja chance: nuestros cuerpos buscan de a ratos el abrazo cómodo que salva. No nos queda otra que sucumbir ante la ternura y encontrarnos vulnerables y sorprendidos. Podemos a veces transpirar, llenar de sexo una noche, morir, volver y morir. Podemos luchar despiertos sobre el deseo que nos tenemos, aspirar hasta el último de los aires posibles y resucitar.  Sé, no lo decimos, que pensamos de a ratos en la vida. En lo que quedó afuera. En lo que espera afuera de ese cuarto bello e inmundo. Donde otros cuerpos rieron y dolieron antes. En el entreacto nos ocupamos de reflexionar, y vienen autores, poetas, actores a justificar el sentimiento. Ninguno lo dice, pero tenemos un pequeño enojo con el mundo. Estamos tantas veces a punto de decirnos frases universales. Tantas veces a punto de entregar el traje. Y nos da miedo, y enseguida pensamos en otra cosa, buscamos la excusa que ninguno se cree.  Y así seguimos, estupefactos, creyendo que nos sucede lo irreversible, pero así es la vida, viste. Entonces sonreímos para evitar el temor. Es como un saber tácito medio angustioso y medio feliz. A veces entreabro mi boca y tomo aire para decirlo. A veces lo hace él y yo me doy cuenta. Y lo dice con los ojos, porque los cierra un poco, como si algo le doliera adentro. Sé que lo que nos tenemos es algo que se parece al cariño o a la guerra. Sé que él sabe tanto o más que yo acerca de esto que sucede. Lo evitamos. Y nos lo perdonamos porque de otra manera sería terrible. Los hoteles quedan un poco desordenados luego de la búsqueda en las sábanas. Entonces la vuelta nuestra es siempre silenciosa. Subimos al autobus y no conversamos tanto. A veces a mí me dan escalofríos y me retuerzo por el recuerdo reciente de su piel. No lo disimulo, pero él no dice nada, ni se sorprende. Nos tocamos la mano apenas. Miramos los semáforos.  Supongo que intentamos bajar los niveles de la ternura, para que no duela tanto porque la noche es larga. En sus ojos queda algo de esa habitación calefaccionada, y me da miedo mirarlo mucho. Entonces nos vamos, nos despedimos con más incertidumbres que antes. Con más temores. No sé  por  qué lo hacemos cada vez, si la despedida es tan triste. Pero la próxima, sabemos, será como si la anterior no hubiera sucedido. Será esperada y planificada. Con las pieles renovadas y el ardor. Y la mueca de lo que no podemos decirnos. Y los intervalos. Y el abrazo áspero. Y la tristeza. Así, hasta que toquemos el  fondo de cada una de nuestras camas. Y nos tengamos que despedir de verdad.






jueves

amar, soltar, cantar




No quedan voces si no cantás
No quedan manos si no las das
Vendrá el otoño y se llevará
Todas las hojas que amarrás




domingo

aquíahora


Le tememos a la felicidad. A su duración, a su porqué, a su fin. Nos cuesta permanecer felices, nos cuesta decirlo, celebrarlo. Por las dudas, no vaya a ser que se termine, que una gran tristeza sobrevenga y nos deje secos, oscuros, arrepentidos.
Hoy por primera vez en muchos meses me animo a ser poesía: andar por la casa descalza, tomar el mate en pequeños sorbos mientras la espuma desaparece, abrir el balcón y dejarme emocionar por la brisa que me trae el olor a jazmín estrella que acaba de florecer. Me animo despacito a mirar a la gata que se enrosca en el almohadón verde y me mira buscando amor, un amor que tengo y le quiero dar. De a poquito me siento en mi cuerpo, me arriesgo a sentirme, a vibrar nuevamente con la música que me habla. De repente pero lentamente la soledad no es un hueco que me reduce, no es un vacío mortecino que me atormenta. De nuevo el silencio se llena de mí y no le temo.
Me arriesgo a ser feliz en este momento pequeño, pero esperado. Estoy sola, viva, emocionada. Recibo el domingo con la Maga que ronronea y marca el pulso del universo. Me asomo un poquito a la plenitud, escucho la música de mis orígenes, respiro, bailo como anoche sobre el escenario. Brillo sobre el mediodía como niña nueva y me animo, paulatinamente, a creer.


miércoles

La Maga



"¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico".

Rayuela, Capítulo1.

Hola!
Un día llegó. Una gatita nueva, a estrenar. Con un lunar en la pata y una nariz rosa como los cachetes de los niños. La Maga es. Se lame mientras me mira desde el azul profundo de sus ojitos. Se acurruca y cabe en una de mis zapatillas. La Maga proyecto, la Maga sueño de una casa que se transforma, que espera el verano para salir al sol. Ella es nueva, nuevita. Tiene treinta días en el mundo y una tarde en casa. Tiene en sus patitas buenos augurios; en su salto, ritmo del sur y evocaciones del mar en sus ojos. Ella es la Maga, enlazadora de mundos. Viene a transformar el mío y el de la Concu. Viene a mostrarnos algo, a enseñarnos cómo es esto del amor y de la mano abierta que recibe la abundancia del universo. En el ronroneo de la Maga habrá algo que descubriremos y nos hará mamás de todo lo que vive.

Un texto que me debía


Los adioses son los que me empuñan la letra, ya lo sé. Los finales son siempre los parte-aguas que me obligan a revisar los pasos y a sentarme a escribir. Un moño, una cerradura, una llave. Un hasta acá. Mi tendencia conservadora se estira y se amolda a niveles absurdos. No puedo con los finales: los tengo que remontar como barriletes de barro. Los finales son cada vez algo nuevo: un nunca haber estado allí, un dolor seco en medio del corazón. Un rechinar en las articulaciones, una falta de aire.
Los finales son un frontón sobre el que me estrello. Y me quedo allí un tiempo, me crecen malezas, duermo incómoda. Hasta que salto a través, como hoy. A fuerza del mundo que se me impone con las decisiones que yo no tomo. 
Luego amanece y al fin entiendo. Aprendo que nunca podré definir eso que dicen “dejar fluir”. No sé hacerlo. Me perdono. Me siento a ver cómo se vacía mi corazón, lo disfruto. Me quedo escuchando el soplido de un vacío que me aturde pero que dice, en el fondo del viento, que es comienzo. Me perdono, me doy cuenta, me entrego. 

martes

Soplá las velitas, Mar

Deseo construir algo que te cobije
hacer a un lado mis roturas, 
mi cansancio
mis costuras
recuperar la candidez de los días en los que era nueva
y amarte con canciones
riberas
amaneceres
inéditos, como mi cuerpo, inédito

desnudarme de prudencia
de otras ciudades, de esta ciudad
-que te recibe y te murmura
al oído que te quiere-

Deseo arrimarle al amor
palitos, ramas, pelusas
que sean puentes, túneles, pasajes
-y ya no diques, murallas, escolleras-
homicidas de los cauces y los oleajes

Deseo despojarme
verme en la pureza excitante de las cosas por hacer
en la poesía fresca del verano
en tus ojos nuevos cuando mirás el sol