martes

Laguna del Pescado: luces de otra dimensión

[Al comienzo de un ciclo, en 2012, un nuevo Tzolkin acunaba esta crónica escrita con pulsar viajero.
Ya percibía entonces que lo circular era lo que predominaba en esta vida, en este mundo de aprendizajes, de sanaciones ancestrales, de curación de la tierra que les dolió a otros.
Termina ese mismo Tzolkin este 25 de julio y empieza otro. Luego de un día fuera del tiempo particular y maestro. Lo circular vuelve a mí como modo de habitar todo lo que me rodea. Podría sorprenderme, pero no. No hay camino posible que me llevara a un lugar distinto. Si me dieran a elegir, elijo siempre el camino de la tierra, aunque sea zigzagueante y confuso. Soy la tierra, no puedo hacer otra cosa]


Para llegar a la Laguna del Pescado desde el centro de Victoria, existen dos caminos: uno, el oficial, pavimentado, que es el que lleva a las termas y todo el mundo conoce y circula y el otro, de tierra, zigzagueante, por el que los taxis no cruzan.

Nosotros llegamos por el popular, pero al llegar allí y dejar nuestras cosas en la posada que nos albergaría los próximos días, advertimos el otro camino, lleno de sinuosidades hechos por la lluvia y el tiempo.

Es un lugar alto, desde donde pueden verse como pinceladas, los intersticios de las islas de ese sector del Paraná. La Laguna está allí enfrente sin embargo pareciera que ahí se termina el mundo, tal como lo conocemos. El horizonte es apenas una bruma, un verde y azul que se mezcla con el cielo hasta que desaparece.

Hay quienes le atribuyen a ese sitio características mágicas. Ovnis, luces, portales. Algo de todo eso circula por el pueblo: Un sacerdote benedictino llamado Gregorio Spiazzi, dedicó alguna parte de su obra literaria, bajo el seudónimo de Martin del Pospós, a la existencia de ese no se qué que tiene la ciudad de Victoria y sus alrededores, más precisamente la Laguna del Pescado.



“La luz es viva, con temblores de cobre, redonda como un globo, y semeja que estuviera suspendida en el aire, a pocas varas del suelo, sobre el fondo opaco de la noche.

A medida que avanzan, diséñase más clara y más nítida. Las pupilas de los barqueros brillan con extraña ansiedad, en la oscuridad, como en la estupefacción de un misterio.

- Tiene color de sangre- asevera Don Tano.

- Tiene color de sangre- corrobora, hosco y amargo, Don Severo.

Hay una pausa, un silencio lúgubre, cual si de repente sintieran todos el vuelo de un pájaro agorero, que pasara rozándoles las sienes”.


Nuestra habitación mira hacia la Laguna del Pescado. Nos quedamos largo rato mirando, suspendidos, ese más allá desconocido. No podemos asegurarlo, pero ese lugar es particular. El viento nos devuelve olor a agua por venir y pareciera que nos llama a lo lejos.


En la posada oímos comentarios acerca de que todo Victoria es un lugar sagrado. “Villa de
La Matanza” se llamó antes de pasar a ser la ciudad que hoy conocemos. El cerro que lleva ese nombre se encuentra al noroeste de la ciudad, y según los lugareños, fue un sitio emblemático donde charrúas, minuanes y chanáes lucharon contra los conquistadores resistiendo la ocupación de sus tierras. Debajo del cerro, se extiende un monte de ombúes, el segundo en el mundo, pues es una excepción de la biología que estos crezcan juntos. “Es un lugar muy poderoso” nos dice uno de los visitantes de la posada “hay que sanar esa tierra de alguna manera”.


Con esas frases nos vamos camino a la Laguna del Pescado. Nos prestaron una bicicleta doble. Arrancamos el paseo filmando todo a nuestro alrededor. Los caranchos, los teros y los aguiluchos completan el paisaje visual y sonoro. Avanzamos camino a la laguna y de a poco el viento comenzó a levantar polvo. Sin embargo, contradictoriamente, una sensación de quietud nos dejó en silencio. Llegamos a una construcción muy vieja, que nos indicaba que el camino se desvía. La tierra empezó a cambiar y comenzamos a notar su fragilidad, los humedales parecían mostrar la inestabilidad de lo que creíamos conocido. Debajo estaba el misterio y nosotros lo sentimos. Nos bajamos de la bicicleta y caminamos hacia el gran ojo de agua que se erigía frente a nosotros. Arriba, el cielo parecía haberse partido en dos: en un lado, el azul despejado de la siesta y por el otro, como emergiendo del agua, un gris que se iba ennegreciendo a medida que avanzábamos.


A lo lejos, algunas personas intentaban pescar en un agua picada y bravía. Nosotros quisimos también, pero las nubes se nos acercaron con violencia y el viento no dejó ninguno de nuestros objetos en pie. Alrededor nuestro había vacas, ovejas, perros, bandadas de garzas que no se inmutaban a nuestro paso, sin embargo, el ambiente era tan prístino, que parecíamos estorbar. Había algo de atávico allí que nos abrumó, una poesía de Salvarezza parecía decirse en el espacio invadido por claveles del aire:



“Una flecha que es invertido rayo,

totora del aire, estela de luz, suspendido flexible sarandí,

también es temblor y latido

sobre el cobrizo herido pecho del cielo.


Y alaridos.

Es la tierra de los charrúas,

un sur que etimológicamente es litoral, turbulencia e iracundia.

Arena, arroyo, zigzag, río, profundidad, montes, esperas y palmares”


Volvimos por otro camino en la bicicleta, aventurándonos. Atrás dejábamos el vórtice de la quietud. Hay quienes dicen que es un portal hacia otros mundos posibles, y las luces que entran y salen de la laguna de noche son parte de ello. Lo cierto es que el camino de regreso a la posada fue eterno: un sinfín de curvas y contra curvas tuvimos que sortear para llegar. Nos paramos en un alto para ver si la divisábamos, la casa estaba allí, al norte.

Luego, en la siguiente lomada había cambiado de dirección y parecía erigirse sobre el sur.

Nunca supimos si fuimos nosotros que circulamos en sentidos encontrados o si la tierra cambiaba su forma y era sólo el peaje viscoso que debíamos atravesar para poder salir de ese vórtice de paz y tormenta en donde habíamos estado. Nunca lo sabremos.


https://www.youtube.com/watch?v=HshB9Yvpazw


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