miércoles

Conclusiones del pánico



A Erika, Gise, Carolina, Helena
y tant@s otr@s que pasan o pasaron por este puente.

Luego de que tuviera mi primer ataque de pánico (o de angustia para los discípulos del tío Freud), una catarata de comentarios aparecieron sin que yo lo solicitara y libraban sentencias al estilo “sos muy joven”, “pero, ¿qué es lo que te falta a vos, si no tenés ningún problema?” “vos te hacés problemas por todo” “¿qué problemas puede tener una jovencita bonita e inteligente como vos?” Y siguen…
Mi impotencia se reduplicaba cuando efectivamente caía en la cuenta que todo lo que decían era cierto. Pero tan cierto como todo lo que yo sentía cuando venía la ansiedad. Malísima y angustiosa ecuación.
“Te estoy mirando desde hoy porque no me puedo imaginar qué problema podés tener vos a tu edad” me dijo una señora que entraba a los 50 años, en una terapia de grupo a la que asistí. Su mirada me decía que deseaba más que nada tener mi edad, hacer las cosas diferentes, pegarle una patada al marido y vivir su vida sin que llegar al medio siglo le trajera una depresión galopante producto de una vida frustrada. No voy a decir que todas estas conclusiones tuve yo en ese momento, para nada. Más bien, todo lo contrario. Me culpaba por no disfrutar de la vida que tenía, porque probablemente mis problemas no fueran “problemas en serio” como el de criar un hijo o tener un marido violento.
En la permanente búsqueda de interlocutores di con una serie de blogs, entre ellos Encantada y Caminos del Espejo, que describían, con algunas diferencias, episodios de pánico seguidos por angustia y todo eso laberíntico que comienza en el momento en que empezás a notar (falsamente) que vas a morir. Eran mujeres, profesionales, que vivían solas o en pareja, pero que afrontaban la vida desde sus miradas fuertes y autónomas. Mujeres que amaban, sensibles, con amplio registro del mundo y de sus emociones.
Una compañera de trabajo tuvo hace unos meses un episodio de pánico también, del que le está costando salir, porque, en primera instancia no puede creer que “a ella” le pase, una materia antes de finalizar sus estudios y con una casa y unos perros hermosos por criar.
A todas nos unen trabajos estresantes, que poco a poco fueron lavando todo lo que nos quedaba de energía. A todas nos unen que elegimos nuestros compañeros/as de vida para caminar juntos y no detrás de ell@s.
De a poco entendí que las diferencias etarias no sólo sirven como dato estadístico ni como anécdotas pintorescas a la hora de entablar conversaciones intergeneracionales. Estas mujeres de las que hablo, pasamos los 25 años, nos ponemos al frente como podemos de una casa, de un hogar que es nuestro y elegimos día a día. Y no estamos a la espera del príncipe o princesa azul que venga a rescatarnos y a hacer las veces de padre protector que resuelva el mundo y nos lo dé masticado. Nosotras masticamos el mundo sin intermediarios, nos emocionamos, sabemos que podemos elegir vivir nuestra orientación sexual cualquiera sea, que a muchas mujeres sus maridos las golpean, las abusan, que muchas amigas nuestras han abortado, que podemos enamorarnos de alguien en la distancia, que es posible.
Caminamos la vida con zapatos propios, los hijos son una elección, no una condición natural. Sabemos que Dios puede existir como no. Nos precedió Edipo, Electra, conocemos lo que es la pulsión de muerte, lo que es la represión. Tenemos dictaduras en la historia de nuestras espaldas. El futuro es incierto, no hay allá adelante un trabajo de 30 años en una misma oficina, ni un código postal perpetuo, ni un amor eterno. Vamos abriendo el día a día como una selva que se erige turbia y espesa a nuestros ojos. Nos arriesgamos. El tiempo y el espacio se desdibuja día a día conforme van las comunicaciones mutando y nosotros también.
“El drama de estos tiempos” le llaman al ataque de pánico. Quizá mi madre a sus 27 años no los haya tenido, es cierto. Quizá sea el mal que nos toca. Mi madre terminaba la facultad católica a esa altura y años después, se casaba.
De elegir, no hubiera elegido ni en mil años padecer ataques de pánico. Pero si este registro me va a permitir crecer, lo tomo. Tengo la enorme esperanza de ofrecerles a mis hijos algo más amoroso que una depresión inapalabrable a los 50.


6 comentarios:

  1. obviamente que sigo, después de un rato, con lágrimas en los ojos.
    no sé si he dicho todo en este tiempo, pero he (hemos) dicho bastante.
    gracias por animarte a escribir esto. sos muy valiente. yo nunca llegué a hacerlo. te leo y te celebro y maldigo la distancia (mi corazón ya debería acostumbrarse a la distancia, pero no).
    imaginate que ahora, en el momento en que leés esto, te doy un gran gran gran abrazo.
    te quiero, mar!

    ResponderEliminar
  2. Un puente, así es. Tuve episodios de pánico desde los 18 a los 20. (Hoy tengo 25). También padecí los mismos comentarios de la gente y me hice las mismas preguntas. Se sale, obvio. Se aprende a vivir con ansiedad. Y te juro, es un antes y un después de eso. Uno nunca vuelve a ser la misma persona, crece muchísimo. Muchas fuerzas!

    ResponderEliminar
  3. Eclipse: recibo tu abrazo a través del río, también te quiero y espero poder acortar la distancia alguna vez con una hermosa conversación, unos ricos mates y un abrazo real que le haga frente a todo lo feo del mundo. Cariños!


    M. Jimena: eso es, un puente... así lo elijo vivir. Aunque cueste a veces y parezca un túnel oscuro, yo prefiero llamarlo puente y saber que del otro lado nos espera algo mejor. gracias!

    ResponderEliminar
  4. no dejo comentarios, proque te escribo mails en vez de comentarios.
    Merde!

    Pero, estoy con vos.
    Y con todos los que sufren.
    Con todos los que duelen.
    Y no creo en que haya edades para esto o aquello
    y al mismo tiempo, sí, lo creo.
    Pero para sentir terror, o miedo, no hay edades.
    Como para sentir amor y alegría tampoco las hay.
    Si tuviese un mail,
    te escribiría lo que guardé en un wordpad.

    Un abrazo.

    Nico

    ResponderEliminar
  5. ¿Cómo has podido escribir algo tan bonito? Me has dejado sin palabras... Un beso

    ResponderEliminar
  6. Nico: Gracias por tus comentarios. Cierto que para el miedo no hay edades, por suerte para el amor y la alegría tampoco. Todo se mueve y cambia:).

    Caminos del Espejo: Gracias por inspirarme y acompañar esto desde el otro lado del mar. Tiendo todos los puentes para crear un hermoso vínculo contigo. Abrazo desde acá, con cariño.

    ResponderEliminar

maréese un rato, maréese