sábado

la lluvia al mail

Hoy, de esos textos llegados a la bandeja de entrada en el momento justo en que no sabíamos cómo nombrar lo que acababa de pasar. Que sería del mundo sin eso.


Porque llueve
—y hay un ruido como de estanque—
cruzamos las vías y los puentes
y los almidones quedan para otras caras
y el próximo día.
Porque llueve
este será mi beso vertical pasajero
que dirá sin prometer
y nadie pedirá la respuesta tan temida
justamente porque llueve.
Y llueve porque el aire respira su aire
y en el agua van las cosas que olvidaste.
Porque llueve y los frenos no frenan
y el luto espera en esa calle
de lagrimales al borde
y la tinta se posa y viene una imagen
como de abuelas entre lanas y leños prendidos
y las manos dirán lo que la licencia de la lluvia permite.
Porque llueve y no hay amor por estas horas
que no sea una pálida voz dentro del agua
que dice lo que calla,
y salís a mirarte en una taza
con la borra en el fondo esperando; confiando
en que las llaves son tramas y rayas y acaso relojes.
Y llueve y ese barro se nos parece ahora y hoy
que estamos blandos y húmedos
y este pulgar vuelve a ser el sonámbulo que mira y presiente.
Y porque llueve nos revelan las cosas
y gritan las puertas,
y detrás de los vidrios gesticula
una larga procesión de muertos que se ladean, cruzándose
entre trastos y macetas
mientras el agua los trata como la noche y las paredes se aguaron
y son como azúcar empapada y melaza
de un tiempo que arroja soledades de perfumes y laderas.
Y en esa lluvia llorar es caerse
a lo inútil e invisible para escribirlo en presente antes
que una señal del viento o el maldito televisor maldito
te lo arrebate y no habrá llovizna para pedirle licencia
al funcionario; al juez que no se moja; al santo que acomoda su techo
o al jugador que mira con manos secas describir su órbita
con un bisturí sanguinolento.
Y lento llueve para este sueño que cabe en dos gotas
y para dos amantes anudados que la pieza
sólo hoy soportará.
Hoy cuando tiemblan como gelatinas todas las palabras
adosadas a esta piel efímera,
al entorno goteante, a tu lógica
a prueba de agua,
a tu colonia otoñal que baja como aquel beso vertical sin respuesta.
Porque llueve y tres palomas mojadas agobian
el patio de una tristeza monocorde
y hay cartones que chorrean una dignidad oscura
y llueven calamidades que en el fondo no secan aunque atrás
promete un aroma de sales y de cobre que lo trae tu cuerpo
sesgado con curvas amarillas.
Porque llueve y en las veredas hay grietas y yuyos rebeldes
que entran como dedos a un silencio de gamuza,
y aunque el vino que espera sea el mismo
no será el que cuando llueva mueva la lengua pastosa
de la nostalgia; el que evoca bajo una luz
morada y revuelve hojas y cajones y fotografías.
Y se deja llover con fondo de música
agria y dulce y pesada y tan cursi
que sería insoportable si no chorreara
esta insolencia acompasada.
Como cuando llueve y ya es de tarde
y un apagarse paulatino empuja al cigarrillo,
y piensas en agua invertida; en cosas
que regresan al cielo para bajar después
pero otro día. Encontrarlas
en un charco al costado,
pisarlas como baldosa que salpica su inconsciencia
mientras vuelve el agua en las líneas resbaladizas,
en todos los ángulos donde terminamos por caer,
en las zanjas y baldíos,
en algún tren que se aleja en plena noche
rompiendo gotas y vendavales que azotan su avance
de nube negra,
de cuervo en carrera,
de alquitrán enfurecido que descarrila hacia una calle
de luto o de melaza;
la noche sonámbula que arrastra cosas como abuelas o macetas.
Y entonces un pudor cobarde pide sol
gritando desde las puertas: presente que se agolpa y destila,
tinta que se lava,
piel  efímera que chorrea puentes y máscaras y techos  y relojes.

Horacio Lapunzina

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